Выбрать главу

Silvanoshei no tenía apetito, había perdido peso; no podía dormir y se pasaba las noches paseando por la habitación, saltando del lecho a cada ruido que oía pensando que ella acudía a su encuentro. Su largo cabello había perdido el lustre y colgaba lacio y desgreñado. Tenía las uñas en carne viva de mordérselas. Mina estaba curando al pueblo elfo, le estaba devolviendo la vida y, sin embargo, estaba matando a su rey.

Vestido con sus regios ropajes, que le colgaban flojos sobre el enflaquecido cuerpo, Silvanoshei se envolvió en la capa dorada y se dispuso a salir de sus aposentos.

Kiryn, aventurándose al límite, sabiendo que se arriesgaba a una dura recriminación, hizo un último intento de detenerlo.

—Primo —dijo con voz tierna reflejando el afecto que realmente sentía—, no lo hagas. No te rebajes. Intenta olvidarla.

—¡Que la olvide! —exclamó Silvanoshei con una risa ahogada—. ¡Sería como si intentase olvidarme de respirar!

Apartando la mano tendida de su primo, el joven rey salió por la puerta, la capa dorada ondeando tras él.

Kiryn lo siguió, completamente abatido. Los cortesanos inclinaban la cabeza al paso del monarca, muchos tratando de llamar su atención, pero él no les hizo el menor caso. Recorrió el palacio hasta llegar al ala ocupada por Mina y sus caballeros. En contraste con las salas de la corte, que estaban llenas de gente, la zona de la Torre donde Mina había instalado su puesto de mando permanecía vacía y silenciosa. Dos de los caballeros montaban guardia delante de una puerta cerrada. Al ver a Silvanoshei, los caballeros se pusieron firmes, pero no se apartaron. Silvanoshei les dirigió una mirada torva.

—Abrid la puerta —ordenó.

Los caballeros no hicieron ningún movimiento para obedecer.

—Os he dado una orden —instó Silvanoshei, que enrojeció; la sangre agolpada tifió la enfermiza palidez de su semblante como si se lo hubiesen cortado y sangrara.

—Lo siento, majestad —dijo uno de los caballeros—, pero nuestras órdenes son no admitir a nadie.

—¡Yo no soy nadie! —La voz le temblaba—. Soy el rey. Éste es mi palacio. Todas las puertas se me abren. ¡Haced lo que os digo!

—Primo —pidió Kiryn en tono urgente—, ¡vayámonos, por favor!

En ese momento la puerta se abrió, pero no desde fuera, sino desde dentro. El colosal minotauro apareció en el umbral, la cabeza al mismo nivel que el dorado dintel. Tuvo que agacharla para salir.

—¿Qué es este escándalo? —demandó con su voz retumbante—. Estáis molestando a la comandante.

—Su majestad pide audiencia con Mina, Galdar —dijo uno de los caballeros.

—¡Yo no pido! —instó, furioso, Silvanoshei. Asestó una mirada fulminante al minotauro que obstruía la puerta—. Apártate. Hablaré con Mina. ¡No podéis encerrarla para que no me vea!

Kiryn observaba atentamente al minotauro y vio que sus labios se curvaban en lo que podía ser el inicio de una sonrisa despectiva, pero en el último momento el hombre-toro cambió la expresión a otra de sombría seriedad. Tras inclinar la astada cabeza, se apartó a un lado.

—Mina —dijo, girando sobre sus talones—, su majestad, el rey de Silvanesti, ha venido a verte.

Silvanoshei entró rápidamente en la habitación.

—¡Mina! —exclamó, con el corazón en la voz, en los labios, en las manos extendidas, en los ojos—. Mina, ¿por qué no has venido a verme?

La muchacha estaba sentada detrás de un escritorio cubierto con lo que parecían rollos de mapas. Uno de ellos estaba extendido sobre el tablero, los extremos sujetos con una espada en un lado y una maza —la conocida como estrella de la mañana— sobre el otro. Kiryn había visto a Mina por última vez el día de la batalla contra Cyan Bloodbane; la había visto vestida con la tosca túnica de una prisionera, conducida a su ejecución.

Había cambiado desde entonces. Aquel día llevaba afeitada la cabeza hasta dejar únicamente una pelusilla roja sobre el cuero cabelludo; ahora el pelo le había crecido un poco, era espeso y rizoso, de un color encendido como la luz del sol que penetraba por los cristales de la ventana que había detrás de ella. Vestía la negra túnica de un Caballero de Neraka sobre una cota de malla, también negra. Los ojos ambarinos que contemplaban a Silvanoshei eran fríos, ensimismados, reteniendo las indicaciones del mapa, calzadas y ciudades, colinas y montañas, ríos y valles. En ellos no estaba el joven rey.

—Silvanoshei —dijo Mina al cabo de unos instantes, durante los cuales calzadas y ciudades atrapadas en el dorado ámbar fueron reemplazadas paulatinamente por la imagen del joven elfo—. Pido disculpas por no ir a presentar mis respetos antes, majestad, pero he estado muy ocupada.

Atrapado en el ámbar, Silvanoshei forcejeó.

—¡Mina! ¡Presentar tus respetos! ¿Cómo puedes usar ese término conmigo? Te amo, Mina. Pensé que... Pensé que tú también me amabas.

—Y te amo, Silvanoshei —contestó suavemente la muchacha, con el mismo tono de alguien que hablara con un niño quejoso—. El Único te ama.

La resistencia del joven rey no le valió de nada; el ámbar lo absorbió, se endureció, lo inmovilizó.

—¡Mina! —gritó atormentado y se abalanzó hacia ella.

El minotauro se puso de un salto delante de la joven y desenvainó la espada.

—¡Silvan! —gritó, alarmado, Kiryn, que consiguió agarrarlo.

Las fuerzas abandonaron a Silvanoshei. La impresión era demasiado intensa. Se tambaleó y se desplomó en el suelo, agarrando el brazo de su primo, a punto de arrastrarlo en su caída.

—Su majestad no se encuentra bien. Llevadlo a sus aposentos. —Ordenó Mina, cuya voz se suavizó con un dejo de lástima al añadir:— Dile que rezaré por él.

Con ayuda de los sirvientes, Kiryn consiguió transportar a Silvanoshei a sus habitaciones. Fueron por corredores y escaleras secretas, pues no convenía que los cortesanos viesen a su monarca en condiciones tan lamentables.

Una vez en sus aposentos, Silvanoshei se tumbó en la cama y rehusó hablar con nadie. Kiryn se quedó con él, cada vez más preocupado, hasta casi ponerse también enfermo. Esperó hasta que, finalmente, comprobó con alivio que su primo dormía, superado su dolor por el agotamiento.

Imaginando que Silvanoshei dormiría durante horas, Kiryn fue a descansar también. Indicó a los sirvientes que su majestad se encontraba indispuesto y dio órdenes de que no fuera molestado. Los sirvientes corrieron las cortinas de los ventanales, dejando la habitación a oscuras, salieron de puntillas y cerraron la puerta con suavidad. Unos músicos se sentaron en la antesala y tocaron música suave para sosegar su reposo.

Silvanoshei durmió profundamente, como si estuviese drogado, y cuando despertó al cabo de unas cuantas horas se sentía atontado. Permaneció tumbado mirando las sombras, escuchando la voz de Mina. «Pido disculpas por no ir a presentar mis respetos antes, majestad, pero he estado muy ocupada...» «Rezaré por él...» Sus palabras eran afiladas cuchillas que le infligían una nueva herida cada vez que él las repetía. Y las repitió una y otra vez. Los aguzados puñales se clavaron en su corazón, en su orgullo. Sabía que ella lo había amado antes, pero ahora nadie creería tal cosa. Todos pensaban que lo había utilizado y lo compadecían, igual que se compadecía él.

Encorajinado, agitado, apartó las sábanas de seda y el cobertor de plumas bordado y abandonó el lecho. Su cabeza estaba febril con los mil planes que acudían a su mente. Planes para reconquistarla, para humillarla; planes nobles para realizar cosas grandiosas a despecho de ella; planes degradantes de arrojarse a sus pies y suplicarle que volviera a amarlo. Descubrió que ninguno de ellos extendía un bálsamo calmante sobre las terribles heridas. Ninguno de ellos aliviaba el terrible dolor.