Y así, Beryl empezó a calcular sus ganancias. Sin embargo, no podía librarse de la inquietante sensación de que en algún lugar en las sombras, fuera del círculo, otro jugador esperaba, vigilante.
Abajo, muy, muy abajo, unos ojos vigilaban a Beryl, pero no eran los del jugador de esa partida o, al menos, no se consideraba tal. Él era el dado que tintineaba en el cubilete y era arrojado sobre la mesa para rodar sin rumbo hasta detenerse ignominiosamente en un rincón y que se proclamara al vencedor de la partida.
Gilthas se encontraba en la entrada oculta de uno de los túneles, observando a Beryl. El dragón era enorme, inmenso, monstruoso. Su cuerpo escamoso, hinchado, contrahecho, era tan descomunal que parecía imposible que las alas pudieran levantar la repugnante masa de carne del suelo. Imposible hasta que uno reparaba en la gruesa y pesada musculatura de los hombros y la anchura y la envergadura de las alas. Su sombra se extendía sobre la tierra, ocultando el sol ya atenuado por el humo, convirtiendo el brillante día en una horrenda noche.
Gilthas sintió un escalofrío cuando la sombra de las alas del dragón pasó sobre él, helándolo. Aunque las alas pasaron enseguida, el elfo sintió como si continuara bajo la negra sombra de la muerte.
—¿Ha pasado el peligro, majestad? —preguntó una voz temblorosa.
«¡No, pequeña necia! —quiso gritar Gilthas—. ¡No ha pasado! No hay ningún lugar en este ancho mundo que sea seguro para nosotros. El dragón nos vigila desde el cielo día y noche. Su ejército, que se cuenta por millares, marcha sobre nuestro suelo, matando, quemando. Podemos retrasarlos a costa de unas vidas preciosas, pero no podemos detenerlos. Esta vez no. Huimos, pero ¿adonde huir? ¿Dónde está ese refugio seguro que buscamos? La muerte. La muerte es el único refugio...»
—Majestad —llamó de nuevo la voz.
Gilthas salió de su desesperada reflexión con esfuerzo.
—El peligro sigue —advirtió en tono bajo—, pero el dragón se ha ido, por el momento. ¡Vamos, deprisa! ¡Entrad rápido!
Éste era uno de los muchos túneles construidos por los enanos, que servían para que escaparan los refugiados elfos de la ciudad de Qualinost y otras pequeñas comunidades del norte, zonas que ya habían caído en manos del ejército de Beryl. La entrada del túnel se encontraba sólo a unos tres kilómetros al sur de la ciudad; los enanos habían prolongado los túneles para llegar a la propia urbe, y en ese momento, mientras Gilthas hablaba con esos refugiados que habían sido sorprendidos en la superficie, otros elfos caminaban por el túnel detrás de él.
Los elfos habían empezado a evacuar Qualinost hacía seis días, el mismo en que Gilthas había informado a su pueblo que su país estaba siendo atacado por las fuerzas del dragón Beryl. Les había dicho la verdad, la brutal verdad. La única esperanza que tenían de sobrevivir a esa guerra era dejar atrás lo que más amaban, su tierra. Incluso entonces, aunque lograsen sobrevivir como pueblo, Gilthas no había podido darles seguridad de que sobrevivieran como nación.
Había dado órdenes a los qualinestis. Los niños debían partir. Eran la esperanza de la raza, y había que protegerlos. Irían adultos al cuidado de los niños, ya fuesen madres, padres, abuelos, tías, tíos, primos. A los elfos en condiciones de luchar, los que eran guerreros entrenados, se les pidió que se quedaran para librar la batalla en defensa de Qualinost.
No había prometido a los elfos que escaparían a un refugio seguro porque no podía prometer que encontrarían tal refugio. No diría a su pueblo mentiras piadosas para tranquilizarlo. Los qualinestis habían estado dormidos demasiado tiempo bajo la cómoda manta de las mentiras. Les había dicho la verdad y, con una entereza considerable, lo habían aceptado.
Se había sentido orgulloso de su gente en ese instante y en los penosos momentos que siguieron. Parejas que se separaban, uno de ellos para ir con los niños y el otro quedándose para luchar. Los que se quedaban besaban amorosamente a sus hijos, los abrazaban, les exhortaban a ser buenos y obedientes. Del mismo modo que Gilthas no dijo mentiras a sus súbditos, estos tampoco mintieron a sus hijos. Los que quedaron atrás no prometieron que volverían a ver a sus seres queridos. Les pidieron sólo una cosa: recordar. Recordar siempre.
A un gesto de Gilthas, los elfos que habían permanecido escondidos salieron de las sombras de los árboles, cuyas frondosas copas les habían dado protección de los escudriñadores ojos de Beryl. El bosque se había quedado silencioso con la aparición del dragón, acalladas las voces de los animales terrestres, los cantos de las aves. Todo ser vivo permaneció agazapado, tembloroso, hasta que Beryl pasó. Los elfos cogieron a sus hijos de la mano, ayudaron a los mayores y a los débiles y descendieron por la cuesta de un estrecho barranco. La entrada del túnel estaba en el fondo del barranco, disimulada por un cobertizo de ramas de árbol.
—¡Aprisa! —apremió Gilthas al tiempo que hacía un gesto y vigilaba por si el dragón regresaba—. ¡Daos prisa!
Los elfos se introdujeron presurosos junto a él en la oscuridad del túnel, donde los recibieron los enanos, que les indicaron la dirección que debían seguir. Uno de los enanos, que gesticulaba y decía en el idioma elfo «A la izquierda, a la izquierda, seguid por la izquierda, cuidado con ese charco de ahí», era Tarn Granito Blanco, rey de los enanos. Vestía como cualquier trabajador de su raza, tenía la barba pringada de polvo y las botas cubiertas de barro y piedra desmenuzada. Los elfos no imaginaron su elevada posición social.
Los recién llegados parecieron aliviados al principio, cuando alcanzaron la seguridad del oscuro túnel, y se metieron en él de muy buen grado. Sin embargo, al encontrarse ante la fila de enanos, que señalaban y gesticulaban para que penetraran a mayor profundidad bajo tierra, el alivio se tornó inquietud. Los elfos no se sentían felices en el subsuelo, no les gustaban los sitios confinados, sino ver el cielo y los frondosos árboles sobre sus cabezas y respirar el aire fresco. Bajo tierra, se sentían asfixiados y encerrados. Los túneles olían a oscuridad, a humus y a los gigantescos gusanos, los urkhans, que avanzaban horadando las rocas. Algunos elfos dudaron, mirando de nuevo hacia el exterior, donde el sol resplandecía. Un elfo mayor, a quien Gilthas reconoció como uno de los miembros del Thalas-Enthia, el senado qualinesti, se dio media vuelta y empezó a caminar hacia la salida.
—No puedo hacerlo, majestad —se disculpó el senador, que respiraba con dificultad y se había puesto pálido—. ¡Me estoy ahogando! ¡Moriré ahí abajo!
Gilthas iba a contestar, pero Tarn Granito Blanco se adelantó, cerrándole el paso al senador.
—Mi buen señor —dijo el enano, encarándose al senador—, sí, está oscuro ahí abajo; sí, huele mal, y, sí, el aire no es muy fresco. Mas, plantearos esto, mi buen señor. —Tarn alzó el índice—. ¿Cuan oscura estará la tripa de un dragón? ¿Cuan mal olerá eso?
El senador miró de nuevo hacia el túnel y se las arregló para esbozar una leve sonrisa.
—Tenéis razón, señor. No había considerado el asunto desde ese particular punto de vista. He de admitir que es convincente.
El senador miró el túnel, miró fuera, respiró hondo el aire fresco. Luego, extendió una mano y tocó la de Gilthas —una muestra de respeto— y, tras hacer una reverencia al enano, agachó la cabeza y se metió en el túnel conteniendo la respiración, como si pudiera contener el aliento durante los kilómetros que tendría que recorrer bajo tierra. Gilthas sonrió.
—Apuesto que ya habéis dicho esas mismas palabras antes, thane.
—Muchas veces —contestó el enano al tiempo que se atusaba la barba y sonreía—. Muchas. Y si no lo he hecho yo, lo han hecho los otros. —Señaló a sus ayudantes—. Recurrimos al mismo argumento. Nunca falla. —Sacudió la cabeza—. Elfos viviendo bajo tierra. Quién lo hubiese dicho, ¿eh, majestad?