La Leona, que conocía el fuerte carácter de su marido, comprendió que seguir discutiendo no serviría de nada.
—Nuestras fuerzas hostigan al ejército de Beryl. Sin embargo, son tan numerosos que parecemos mosquitos atacando una manada de lobos hambrientos.
—Que los nuestros retrocedan. Ordénales que marchen hacia el sur. Harán falta para proteger a los supervivientes si Qualinost cae.
—Imaginé que ésa sería tu decisión, y ya he dado la orden. A partir de ahora, las tropas de Beryl avanzarán sin obstáculos, saqueando, incendiando y asesinando.
Gilthas sintió que la cálida esperanza que lo había reconfortado desaparecía, dejándolo de nuevo sumido en una fría desesperación.
—No obstante, nos vengaremos de ella. Dijiste que los enanos habían aceptado tu plan. —La Leona, pesarosa de hablar hablado con tanta crudeza, intentó sacarlo del sombrío estado de ánimo que vio reflejado en su semblante.
—Sí, hablé con Tarn Granito Blanco. Nuestra reunión fue fortuita, ya que no había esperado encontrarlo en los túneles. Pensé que tendría que cabalgar hasta Thorbardin para mantener la conversación con él, pero se había hecho cargo personalmente del trabajo, por lo que pudimos solucionar el asunto de inmediato.
—¿Sabe que quizás algunos de los suyos mueran defendiendo a elfos?
—Sabe mejor que yo el precio que pagarán los enanos por ayudarnos, pero están dispuestos a hacer ese sacrificio. «Si la gran Verde engulle Qualinesti, a continuación será Thorbardin lo que despierte su voracidad», me dijo.
—¿Y dónde está el ejército de los enanos? —preguntó La Leona—. Agazapado bajo tierra, preparado para defender Thorbardin. Un ejército de cientos de miles de aguerridos guerreros. Con ellos podríamos rechazar el ataque de Beryl...
—Querida —la interrumpió suavemente Gilthas—, los enanos tienen derecho a defender su patria. ¿Acaso correríamos los elfos en su ayuda si fuesen ellos los atacados? Ya han hecho mucho por nosotros. Han salvado la vida a infinidad de gente, y están dispuestos a sacrificar las suyas por una causa que no les afecta directamente. Lo que merecen son honores, no censuras.
La Leona lo miró iracunda, desafiante, durante un instante, pero luego se encogió de hombros y esbozó una sonrisa atribulada.
—Tienes razón, por supuesto —admitió—. Ves las cosas desde las dos perspectivas, cuando yo sólo las veo desde una. Por esa razón te repito que debes ser tú quien dirija a nuestro pueblo.
—He dicho que hablaremos de esto más adelante —replicó Gilthas en un tono muy frío—. Me pregunto —añadió, cambiando de tema—, si esa jovencita llorará cuando esté sola y despierte por la noche, con sus hermanitos dormidos alrededor, confiando en ella incluso en las horas en que la oscuridad es más profunda.
—No —contestó su esposa—. Ella no llorará porque uno de los niños podría despertarse y al ver sus lágrimas perdería la fe.
Gilthas soltó un hondo suspiro y la estrechó más contra sí.
—Beryl ha cruzado la frontera y ha entrado en nuestra tierra. ¿Cuántos días quedan para que llegue a Qualinost?
—Cuatro —repuso La Leona.
20
La marcha a través de Foscaterra
El pequeño ejército de Mina, un contingente de sólo unos pocos cientos de soldados, estaba formado por el grupo de caballeros que la había seguido desde el espantoso valle de Neraka primero hasta Sanction, posteriormente a Silvanesti y ahora a esa extraña tierra.
Los dragones volaban en medio de una oscuridad tan profunda que Galdar no veía al capitán Samuval, que volaba en otro dragón muy cerca de él. El minotauro ni siquiera distinguía la larga cola o las alas de su dragón en las tinieblas que los envolvían como un sudario. Sólo vislumbraba un reptil y era la extraña criatura que montaba Mina, el dragón de la muerte, porque irradiaba un fantasmal brillo iridiscente, terrible y hermoso por iguaclass="underline" rojo, azul, verde, blanco; rojo azulado o blanco verdoso cuando dos de las almas de los dragones muertos se combinaban, cambiando constantemente hasta que Galdar se sintió mareado y se vio obligado a apartar la vista.
Pero de nuevo su mirada era atraída hacia el dragón de la muerte, maravillada, sobrecogida. Se preguntó cómo tenía Mina valor para volar en una criatura que parecía tan insustancial como la niebla del amanecer, porque el minotauro podía ver a través del dragón la oscuridad que había más allá. Aparentemente, Mina no sentía ningún reparo, y su fe era justificada porque el dragón la transportó, sana y salva, a través del cielo de Ansalon y la depositó suave y reverentemente en el suelo.
Los demás reptiles aterrizaron en una vasta llanura y esperaron a que sus jinetes desmontaran para levantar de nuevo el vuelo.
—Acudid a mi llamada —les dijo Mina—, porque os necesitaré.
Los dragones —gigantescos Rojos y ágiles Azules, taimados Negros, solitarios Blancos y astutos Verdes— inclinaron las cabezas, extendieron las alas y doblaron los cuellos orgullosos ante ella. El dragón de la muerte la sobrevoló en círculo una vez y después desapareció como si la oscuridad lo hubiese absorbido. Los demás reptiles batieron las alas y se alejaron volando en distintas direcciones. Su marcha creó una ventolera que por poco no derribó a los hombres. Una vez que los dragones se hubieron marchado, se quedaron a pie, sin caballos, en una tierra extraña, sin tener la más ligera idea de dónde se encontraban.
Fue entonces cuando Mina se lo comunicó.
—Foscaterra —dijo simplemente.
Antaño, esa región había sido el feudo de un Caballero de Solamnia llamado Soth. Los dioses le habían dado la oportunidad de detener el Cataclismo, pero lord Soth había fracasado y acarreó sobre sí mismo y sus tierras una maldición. Desde la época del Cataclismo, otras almas condenadas, tanto vivas como muertas, habían encontrado en Foscaterra un refugio y habían ido allí para morar entre sus profundas sombras. Informados de que la región se había convertido en la guarida de los que huían de la ley, los Caballeros de Solamnia, que gobernaban esa tierra, habían llevado a cabo varios intentos de limpiar la zona. Sus esfuerzos fueron inútiles, y a no tardar los solámnicos renunciaron a entrar en los bosques, dejándolos en manos de Soth, el caballero maldito. Foscaterra era una tierra de nadie, en la que no entraba ningún ser vivo si podía evitarlo.
Tenía fama de ser un lugar maligno, incluso entre los Caballeros de Neraka, pues los muertos no guardaban lealtad a ningún gobierno de los vivos. Los caballeros y soldados de Mina formaron en filas y marcharon tras ella sin pronunciar una sola queja. Ahora tenían tal confianza en la muchacha, su fe en ella —y en el Único— era tan firme, que no cuestionaron su decisión.
Entraron en Foscaterra impunemente. No hubo encuentros hostiles con enemigos, ni vivos ni muertos. Marcharon bajo los enormes cipreses que ya eran viejos en la época en que se forjó la Gema Gris. No vieron ninguna criatura viva, ni ardillas ni pájaros ni ratones ni venados ni osos. Tampoco vieron muertos, pues ninguno poseía magia y, en consecuencia, no despertaron su interés. Pero soldados y caballeros percibían a los espíritus a su alrededor, del mismo modo que uno percibe que está siendo vigilado por ojos ocultos. Tras varios días de marcha a través del espeluznante bosque, a los hombres que sin vacilar habían seguido a Mina al interior de Foscaterra les empezaron a entrar dudas.
El pelaje de la nuca de Galdar se erizaba, y el minotauro no dejaba de girar la cabeza para ver si alguien se acercaba sigilosamente a él. El capitán Samuval se quejó —en voz baja y sólo cuando Mina no podía oírlo— de que le estaban dando «pasmos». Al preguntarle qué enfermedad era ésa, sólo pudo explicar que los pies y las manos se le quedaban tan helados que ningún fuego podía calentarlos y que tenía retortijones. El seco chasquido de una rama al romperse hacía que los hombres echaran cuerpo a tierra y se quedaran tendidos, tiritando de pavor, hasta que alguien les decía lo que había causado el ruido. Rojos de vergüenza, se levantaban y seguían adelante.