– No, ahora te llamas Elvis. Elvis es un nombre ideal, ¿no crees? El mejor nombre del mundo. Te habría llamado Elvis cuando naciste, pero aún no lo había oído. Venga, dilo. Elvis. Elvis.
La madre sonrió, expectante. Jimmie meneó la cabeza.
– No me gusta este juego.
– Dilo. Elvis. Es tu nuevo nombre. Qué emocionante, ¿no? Mañana se lo contaremos a todo el mundo.
Jimmie se echó a llorar.
– Me llamo Jimmie.
Su madre sonrió con todo el amor del mundo, tomó su cara con ambas manos y lo besó en la frente con aquellos labios cálidos y húmedos.
– No, te llamas Elvis. A partir de ahora voy a llamarte Elvis, y todos los demás también.
Había estado fuera durante doce días. A veces hacía cosas así, se marchaba sin más, sin decir palabra, porque era su forma de ser. Ella decía que era un espíritu libre como el viento, pero Elvis había escuchado a su abuelo llamarla loca de atar. Desaparecía y su hijo despertaba y se encontraba vacío el piso o la caravana o el lugar en el que estuvieran viviendo aquel mes. El chico conseguía llegar a casa de un vecino, desde donde alguien llamaba a su abuelo o a la hermana mayor de su madre y uno de los dos se lo quedaba hasta que ella volvía. Cada vez que se marchaba, Jimmie se enfadaba consigo mismo por haberla echado. Cada día, mientras su madre estaba lejos, prometía a Dios que si la hacía volver sería mejor chico.
– Serás feliz siendo Elvis. Ya lo verás, Elvis.
Aquella noche su abuelo, un hombre mayor de tez pálida, que olía a naftalina, se puso a agitar el periódico, desesperado.
– No puedes cambiarle el nombre al crío. Tiene seis años, por el amor de Dios. Ya tiene nombre.
– Claro que puedo cambiarle el nombre -replicó su madre con satisfacción-. Para algo es mi hijo.
El niño se puso de pie y después volvió a sentarse en una silla ancha y maltrecha. Su abuelo siempre estaba de mal humor y era muy impaciente.
– Eso es una locura. ¿Qué le pasa a tu cabeza?
La madre de Jimmie se retorcía los dedos de una mano con la otra.
– ¡A mi cabeza no le pasa NADA! ¡ Y no vuelvas a decirlo!
Su abuelo sacudió la mano.
– ¿Qué clase de madre desaparece como tú y pasa días sin decir nada? ¿De dónde sacas estas estupideces como lo del nombre? ¡El niño ya tiene un nombre! Lo que debes buscarte es un trabajo, por el amor de Dios. Estoy harto de pagarte las facturas. Deberías estudiar algo.
Su madre se retorció los dedos con tanta desesperación que a Jimmie le dio la impresión de que iba a arrancárselos.
– ¡A mi cabeza no le pasa NADA, NADA, NADA! ¡El que tiene problemas eres TÚ!
Salió disparada de la casita y Jimmie se fue tras ella, aterrado ante la posibilidad de no volver a verla. Más tarde, ya en su piso, su madre dedicó la tarde a pintar un cuadro en que aparecía un pájaro rojo con una cajita de óleos que había comprado en unos grandes almacenes.
Jimmie quería que estuviera contenta, así que le dijo:
– Es muy bonito, mami.
– Los colores no quedan bien. Nunca consigo dar con los colores. Qué pena, ¿no?.
Jimmie no pegó ojo aquella noche. Tema miedo de que lo abandonase.
Al día siguiente, su madre se comportó como si no hubiera sucedido nada. Lo llevó al colegio, lo hizo acercarse al estrado de la clase y dio la noticia:
– Queremos que todo el mundo sepa que Jimmie tiene nombre nuevo. Quiero que todos le llaméis Elvis. ¿A que es un nombre muy original? Bueno, pues os presento a Elvis Cole.
La señorita Pine, una mujer encantadora que era la maestra de Jimmie, se la quedó mirando con cara extraña. Algunos de los niños se echaron a reír. Carla Weedle, que era tonta, hizo exactamente lo que le habían pedido.
– Hola, Elvis -lo saludó.
Todos los chavales se rieron. Jimmie se mordió la lengua para no echarse a llorar.
– Señora Cole, ¿puedo hablar un momento con usted? -pidió la maestra.
Ese mismo día, a la hora del almuerzo, Mark Toomis, un alumno de segundo que tenía un año más que Jimmie, la cabeza en forma de patata y cuatro hermanos mayores, le dijo en tono de burla:
– ¿Quién te crees que eres, un roquero de esos que van en moto? Pues a mí me pareces un mariquita.
Mark Toomis lo tiró al suelo de un empujón y todo el mundo se carcajeó.
Tres meses antes, su madre había desaparecido en pleno verano. En aquella ocasión, como siempre que se marchaba, Jimmie despertó y no la encontró. Como todas las demás veces, no dejó ninguna nota ni le dijo adónde iba, sino que se marchó sin más. Vivían en un piso que era en realidad un garaje reformado y que estaba en la parte trasera de un caserón, pero a Jimmie le dio miedo preguntarles a los viejos, que vivían en éste si sabían dónde estaba su mamá; había oído los gritos que le pegaban para que les pagara el alquiler. Jimmie aguardó todo el día, con la esperanza de que su madre en realidad no se hubiera ido, pero cuando oscureció echó a correr hacia la casa.
Aquella noche, su tía Lynn, que se pasaba mucho tiempo al teléfono susurrando cosas al abuelo, le dio pastel de melocotón, le dejó ver la televisión y se acurruco a su lado en el sofá. Trabajaba en unos grandes almacenes del centro y salía con un hombre que se llamaba Charles.
– Te quiere, Jimmie -le aseguró la tía Lynn-. Lo que pasa es que tiene problemas.
– Yo intento portarme bien.
– ¡Si eres muy buen chico, Jimmie! No tiene nada que ver contigo.
– Y entonces ¿por qué se va?
La tía Lynn lo abrazó. El contacto de sus pechos le dio sensación de seguridad.
– No lo sé. Se va porque se va. ¿Sabes qué me parece a mí?
– ¿Qué?