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– ¿Has visto a Tager últimamente?

– Nuestros caminos ya rara vez se cruzan, pero he preguntado por ahí. Parece que se ha escondido. Es posible que tenga miedo y haya huido. A lo mejor se enteró de que la chica tenía contactos y que, debido a su desaparición, ciertas personas iban a ver su intervención con malos ojos.

Buncombe me indicó cómo llegar a la oficina de Tager. Incluso se ofreció a acompañarme, pero no acepté. No creía necesitar ayuda para hacer hablar a Tager. En esos momentos, las palabras eran la única moneda de cambio que tenía para comprar su vida.

Eddie Tager era un fiador de tan bajo nivel que vivía y trabajaba en la trastienda de una bodega destruida por un incendio, que había cerrado por reformas en algún momento durante el Watergate y ya no había vuelto a abrir. Encontré el sitio sin muchas dificultades, pero no me atendieron cuando llamé al timbre. Fui por detrás dispuesto a aporrear la puerta trasera. Se entreabrió con el impacto del primer puñetazo.

– ¿Hola? -dije.

Abrí más la puerta y entré. Estaba en la cocina de un pequeño apartamento. Una encimera la separaba de una sala de estar decorada con moqueta marrón, un sofá marrón y un televisor marrón. Incluso el papel pintado de las paredes era de color marrón claro. Había periódicos y revistas desparramados por todas partes. Los más recientes tenían fecha de dos días atrás. Al frente vi un pasillo con una puerta abierta que conducía al despacho. A la derecha había un dormitorio y, al lado, un pequeño cuarto de baño con la cortina de la ducha enmohecida. Eché un vistazo a cada una de las habitaciones y luego fui al despacho. No estaba precisamente impecable, pero al menos se veía un intento de orden. Repasé los casos más recientes, pero no encontré ningún dato relacionado con Alice. Me senté en la silla de Tager y registré los cajones de su escritorio, no vi nada importante. En el cajón superior había una caja con tarjetas de visita, pero no me sonaba ningún nombre.

Unas cuantas cartas se apilaban detrás de la puerta. Era todo correo basura y recibos, incluido uno del proveedor de telefonía móvil de Tager. Abrí el sobre y hojeé la factura hasta que llegué a la fecha de la detención de Alice. Como la mayoría de los fiadores, Tager usaba mucho el móvil en su trabajo. Sólo ese día había hecho treinta o cuarenta llamadas, y la frecuencia de éstas crecía a medida que se acercaba la noche. Volví a meter la factura en el sobre y, cuando estaba a punto de guardármela en el bolsillo para examinarla después más detenidamente, descubrí una mancha oscura en el papel. Me miré los dedos y vi sangre. Me los limpié en el sobre e intenté localizar la procedencia, volviendo sobre mis pasos hasta llegar otra vez a la silla de Tager.

La sangre se coagulaba en el ángulo inferior derecho del escritorio. No había mucha, pero cuando alumbré con la linterna, me pareció ver un poco de pelo mezclado, y había manchas en la moqueta. Aunque el escritorio era grande y pesado, al examinar la zona alrededor de las patas vi marcas en el tejido allí donde el escritorio se había desplazado un poco. Si la sangre era de Tager, alguien le había estampado la cabeza contra el ángulo del escritorio, probablemente cuando ya estaba tendido en el suelo.

Volví a la cocina y mojé mi pañuelo bajo el grifo; a continuación limpié todas las superficies que había tocado. Al acabar, tenía el pañuelo teñido de color rosado. Salí por donde había entrado, tras asegurarme de que nadie rondaba por allí. No hice ninguna llamada en relación con la sangre. Si notificaba el hecho, tendría que explicar qué hacía allí, y después yo mismo necesitaría un fiador. En todo caso, no creía que Tager regresase. Alguien le había pedido que depositara la fianza por Alice, lo que significaba que había sido cómplice en la secuencia de acontecimientos que habían llevado a la muerte de ésta. García no había actuado solo, y ahora daba la impresión de que sus socios estaban ocupándose de los eslabones débiles de la cadena. Di una palmada al recibo del teléfono móvil en mi bolsillo. En esa lista de números esperaba que hubiera otro eslabón que quizás hubiesen pasado por alto.

Ya era tarde y había oscurecido. Decidí que no podía hacer nada más hasta la mañana siguiente, cuando repasaría los números de la factura del móvil de Tager. Volví a la habitación de mi hotel y llamé a Rachel. Su madre cogió el teléfono y me dijo que Rachel ya se había acostado. Sam había dormido mal la noche anterior y se había pasado la mayor parte del día llorando hasta que, agotada por fin, había sucumbido al sueño. Rachel se había dormido inmediatamente después. Le dije a Joan que no la molestase, pero que le hiciese saber que había llamado.

– Está preocupada por ti -dijo Joan.

– Estoy bien -respondí-. No dejes de decírselo.

Prometí que intentaría regresar a Maine al día siguiente a última hora; luego colgué y fui a cenar a un tailandés al lado del hotel, para no quedarme solo en la habitación con el temor de que mi relación estuviese desintegrándoseme en las manos. Me limité a los platos vegetarianos. Después de mi visita al despacho de Tager, el sabor a cobre de la sangre derramada había vuelto a mi boca con saña.

Sentado en la silla de su despacho, Charles Neddo tenía la mesa cubierta de ilustraciones, todas ellas procedentes de libros escritos después de 1870, y en su mayoría representaban variaciones de El ángel negro. Nunca había entendido por qué no existían imágenes anteriores a esa fecha. No, eso no era así. Más bien, los dibujos y pinturas empezaron a ser más uniformes en el último cuarto del siglo XIX, menos especulativos y con ciertos rasgos comunes en las líneas, sobre todo los inspirados en los artistas de Bohemia. Las representaciones de siglos anteriores eran mucho más diversas, de modo que sin una referencia escrita de la fuente, imaginada o no, habría sido imposible saber que se trataba de imágenes del mismo tema.

Sonaba música de fondo, una colección de piezas para piano de Satie. A Neddo le gustaba esa melancolía. Se quitó las gafas, se reclinó en el asiento y se desperezó. Los puños arrugados de su camisa se deslizaron por sus delgados brazos y dejaron a la vista una pequeña cicatriz por encima de la muñeca izquierda, como si una marca hubiese sido disimulada de manera inexperta hacía relativamente poco tiempo. Le escocía un poco, y Neddo se acarició la cicatriz con la mano izquierda, siguiendo con la yema de los dedos las líneas del rezón marcado a fuego en su piel en otro tiempo. Uno podía alejarse, pensó, y esconderse entre antigüedades sin valor, pero las viejas obsesiones permanecían. ¿Por qué, si no, se había rodeado de huesos?

Volvió a sus dibujos, consciente ya de la creciente sensación de entusiasmo y expectación. La visita del detective privado le había revelado muchas cosas, y horas antes esa misma noche había recibido otra visita inesperada. Los dos monjes estaban nerviosos e impacientes, y Neddo entendía que su presencia en la ciudad era una señal de que los acontecimientos se precipitaban, y de que pronto se llegaría a alguna resolución. Neddo les contó todo lo que sabía, y después el de mayor edad lo absolvió de sus pecados.

Dejó de oírse la música de Satie y el despacho se sumió en el silencio mientras Neddo guardaba los papeles. Creía saber qué había estado creando García, y por qué. Se hallaban cerca, y en ese instante, más que nunca, Neddo tomaba conciencia del conflicto desatado dentro de él. Había tardado muchos años en escapar de su influencia, pero, igual que un alcohólico, temía no librarse realmente de la tentación de caer. Se llevó la mano izquierda al crucifijo que le colgaba del cuello, y notó que la cicatriz de la muñeca empezaba a escocerle.