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Se acabó el cigarrillo, encendió otro con el ascua mortecina y tiró la colilla a la trituradora de basura. El periódico estaba en la mesa, esperando a que Larry volviese de sus tareas para tener algo de lo que quejarse durante el resto del día. Lo cogió y lo hojeó, a sabiendas de que este sencillo acto pondría fuera de sí a su marido. Le gustaba ser el primero en leer el periódico. Detestaba el olor a perfume y mentol en el papel, y se ponía hecho un basilisco por cómo ella lo arrugaba y lo rompía al leerlo; pero si ella no le echaba un vistazo entonces, cuando llegara a sus manos las noticias ya habrían pasado a la historia; es más, apestarían al cuarto de baño de Larry, ya que su marido parecía concentrarse mejor sentado en el váter, obligando a su cuerpo avejentado a realizar una seca y dolorosa evacuación más.

El periódico no traía nada interesante. Nunca traía nada. Sandy no sabía muy bien qué esperaba encontrar en sus páginas cada vez que lo abría. Sólo sabía que al final siempre quedaba decepcionada. Dirigió su atención a la correspondencia. Abrió todas las cartas, incluso las que eran para su marido. Él siempre despotricaba y se lamentaba cuando Sandy hacía eso, pero la mayoría de las veces acababa pasándoselas para que se ocupara ella de todos modos. Simplemente le gustaba hacer ver que aún tenía voz y voto en el asunto. Pero esa mañana Sandy no estaba de humor para sus gilipolleces, así que las abrió sin contemplaciones con la esperanza de encontrar algo que la entretuviera un poco. Casi todo era correo basura, aunque apartó los vales de oferta, por si acaso. Incluía recibos y propaganda de tarjetas de crédito con dudosas ventajas e invitaciones para suscribirse a revistas que nunca se leerían. También había un sobre marrón de aspecto oficial. Lo abrió y leyó la carta que contenía; luego volvió a leerla para asegurarse de que no se le había pasado por alto ningún detalle. La carta llevaba adjuntas dos fotocopias en color de hojas del catálogo de una casa de subastas de Boston.

– Joder -exclamó Sandy-. Joder.

En el papel cayó un poco de ceniza del cigarrillo. Se apresuró a sacudir la hoja. Las gafas de lectura de Larry estaban en la estantería al lado de sus vitaminas y su medicamento para la angina de pecho. Sandy las cogió y las limpió con el paño de cocina. Su marido era incapaz de leer una sola palabra sin sus gafas.

Larry seguía forcejeando con la manguera cuando la sombra de Sandy se proyectó sobre él. Alzó la vista para mirarla.

– Apártate de la luz, maldita sea -protestó él, y vio entonces lo que Sandy había hecho con su periódico; pues ella, de lo alterada que estaba, se lo había metido bajo el brazo de cualquier manera-. Mira cómo has dejado el periódico. Ahora sólo sirve para ponerlo en el fondo de la jaula del pájaro.

– Olvídate del condenado periódico -replicó ella-. Lee esto.

Le entregó la carta.

Larry se irguió, resoplando un poco y subiéndose el pantalón por encima de su escasa barriga.

– No puedo leer sin gafas.

Ella le dio sus gafas y observó con impaciencia mientras él examinaba las lentes y las limpiaba con el borde sucio de la camisa antes de ponérselas.

– ¿Qué es esto? -preguntó-. ¿Qué es tan importante para que hayas dejado el periódico como papel higiénico al traérmelo?

Ella señaló con el dedo el papel en cuestión.

– Joder -dijo Larry.

Y por primera vez en más de una década, Larry y Sandy compartieron un momento de placer.

Larry Crane le ocultaba cosas a su mujer. Siempre había sido así. Al principio de la relación, por ejemplo, Larry no se tomaba la molestia de mencionar las veces que la engañaba, por razones obvias, y después, en su trato con Sandy, tendió a aplicar la máxima de que el menor conocimiento era peligroso. Pero uno de los pocos vicios que le quedaban a Larry, los caballos, se le había ido un poco de las manos, y en la actualidad debía dinero a la clase de personas no precisamente tolerantes con esos asuntos. Dos días antes, cuando Larry pagó una parte lo bastante sustancial de los intereses para conservar los diez dedos intactos otro par de semanas, le habían informado de la postura que adoptarían al respecto. Había llegado al punto en que la casa era el único bien que podía liquidar, porque ni siquiera lo que sacara por el coche cubriría la deuda, y dudaba mucho de que Sandy diese su aprobación a la venta de la casa y a trasladarse a una caseta de perro para pagar sus deudas de juego.

Siempre podía recurrir a Mark Hall, claro, pero ése era un recurso que ya había explotado hacía un par de años, y sólo la desesperación absoluta lo llevaría a acudir de nuevo a él. En cualquier caso, Larry se metería en un juego peligroso si empleaba la carta del chantaje con el viejo Rey Hall, porque Hall siempre podía descubrir el pastel y Larry Crane no sentía el menor deseo de pasar el resto de su vida en la celda de una cárcel. Suponía que Hall lo sabía. El viejo Hallie podía ser muchas cosas, pero desde luego no era tonto.

Así, mientras Larry Crane forcejeaba con la manguera, preguntándose si no podría emplearla para estrangular a Sandy y así sacar algún provecho de ella, deshaciéndose del cuerpo y reclamando el seguro, la dama en cuestión proyectó de pronto su sombra sobre él. Larry supo en ese momento que tenía casi las mismas posibilidades de matar con éxito a su esposa que de hacerse cargo de la mansión Playboy los días en que Hugh Hefner estuviera de capa caída. Era grande y fuerte, y para colmo mala. Si intentaba siquiera levantarle la mano, lo partiría en dos como si fuera uno de esos bastoncitos que ella usaba en sus cócteles baratos.

Pero mientras leía y releía la carta, se dio cuenta de que tal vez no tendría que recurrir a medidas tan desesperadas. Larry había visto algo parecido al objeto descrito en las fotocopias, pero nunca había sospechado que pudiese tener algún valor, y ahora esa nota de prensa informaba de que podía proporcionar decenas de miles de dólares, tal vez más. Pero ese «podía» era una salvedad importante. Lo que se buscaba no estaba exactamente en poder de Larry Crane. Su propietario era un tal Marcus E. Hall, el Rey del Automóvil.

Si bien la cara del Rey del Automóvil seguía siendo la de Mark Hall, el viejo apenas era ya una figura decorativa. Sus hijos, Craig y Mark, habían asumido la dirección práctica del negocio familiar hacía casi una década. Su hija Jeanie tenía una participación del veinte por ciento en la empresa, una cifra que respondía al hecho de que eran Craig y Mark quienes se ocupaban de todo el trabajo mientras que Jeanie esperaba cruzada de brazos la llegada del cheque. Sin embargo, Jeanie no lo veía así, y había dado bastante guerra por ello en los últimos cinco años. El rey adivinaba detrás la mano de su marido, Richard. Dick, como se complacían en llamarlo sus hijos tanto delante de él como a sus espaldas, y siempre con cierta malevolencia, era abogado, y si había una especie de roedor capaz de usar la excusa del dinero para abrirse paso royendo hasta el corazón de una familia y agotar toda su bondad, ésa era la de los abogados. El Rey sospechaba que en cuanto muriese, Dick empezaría a presentar papeles en los tribunales y a exigir una porción mayor del negocio remontándose a los tiempos en que la mismísima Virgen María estaba de duelo. Los propios asesores del Rey habían afirmado que lo tenía todo atado y bien atado, pero ésos eran también abogados, que le decían a su cliente lo que pensaban que quería oír. Tras su muerte, el paso por los tribunales sería inevitable, de eso al Rey no le cabía la menor duda, y su querido concesionario, y su igualmente querida familia, se desintegrarían a causa de ello.

De pie delante de su oficina del aparcamiento principal en la Interestatal 17, bebía café de una taza grande con una corona de oro estampada. Todavía le gustaba ir por allí al menos un par de días por semana, y los demás vendedores no se quejaban porque lo que él ganaba en comisiones iba a parar al bote. A fin de mes, se extraía el nombre de un vendedor de un sombrero entre rondas de cerveza en el Artie's Shack, y todo el dinero era para él, o para ella, ya que ahora trabajaban dos mujeres en los aparcamientos del Rey, y vendían un montón de coches a esa clase de hombres que tenían la polla y la cartera conectadas con un cable. El ganador pagaba la cerveza y la comida, y todos tan contentos.