Eran las cuatro de la tarde, hora baja, y puesto que era un día laborable a mediados de mes, el Rey no esperaba mucha actividad antes del cierre. Si bien podía entrar alguna que otra gente al acabar el horario de oficinas, lo único que tendría en los bolsillos la mayoría de ellos serían las manos.
En ese momento, al fondo del aparcamiento, vio inclinarse a un hombre sobre el parabrisas de un coche familiar, un Volvo V70 turbo del 2001, 2,4 automático, tapicería de piel, reproductor de cedés, casete y radio, techo solar, setenta mil kilómetros. Lo habían conducido como si fuera de porcelana y no tenía un solo arañazo en la pintura. Los chicos del Rey habían fijado el precio en veinte mil dólares, con amplio margen de regateo. El hombre llevaba una visera y gafas de sol, pero el Rey no pudo deducir gran cosa acerca de él excepto que se lo veía un poco viejo y decrépito. Últimamente al Rey le faliaba la vista, pero en cuanto tenía a un posible cliente en el punto de mira, podía sacar en treinta segundos más conclusiones sobre esa persona de lo que podían llegar a saber la mayoría de los psicólogos en un año de sesiones.
El Rey dejó la taza en el alféizar de la ventana, se arregló la corbata, cogió las llaves del Volvo de la taquilla y salió al aparcamiento. Alguien le preguntó si necesitaba ayuda. Se oyeron carcajadas. El Rey sabía qué hacían; vigilarlo al tiempo que fingían no hacerlo.
– Ese hombre es más viejo que yo -dijo-. Sólo me preocupa que se muera antes de que consiga hacerle firmar los papeles.
Más risas. El Rey vio que el anciano había abierto la puerta del conductor y ocupado el asiento. Eso era buena señal. Convencerlos para que entraran en el maldito coche era lo más difícil, y en cuanto salían a probarlo empezaba a actuar la culpabilidad. El vendedor, un tío simpático, buscaba un hueco en su apretada agenda para dar una vuelta con ellos. Sabía algo de deportes, tal vez le gustaba la misma música después de desplazarse por el dial y encontrar algo que arrancaba una sonrisa al posible cliente. Tras tomarse tantas molestias, ¿qué podía hacer un ser humano decente sino escuchar lo que ese hombre tenía que decir acerca del precioso automóvil? Y para colmo ahí fuera hacía un calor de mil demonios, así que mejor refrescarse en la oficina con una bebida fría en la mano, ¿no? ¿Cómo que tiene que consultarlo antes con su mujer? Este coche le va a encantar: es seguro, está limpio, tiene un sólido valor de reventa. Si sale de aquí sin firmar, ya no lo encontrará después de esa conversación con su señora, que para empezar ni siquiera es necesaria, porque ella le dirá lo que le estoy diciendo yo ahora: es una ganga. Le dará esperanzas y luego, cuando la traiga aquí, descubrirá que esta preciosidad ha desaparecido y estará en peor situación que al principio. ¿Hablar con el banco? Nosotros incluimos un servicio de financiación mejor que el de cualquier banco. No son más que números: nunca acabará devolviendo tanto…
El Rey llegó al Volvo, se agachó y miró por la ventana del conductor.
– Buenas tardes, ¿cómo va…?
Interrumpió la frase a medias. Larry Crane le sonrió, con los dientes amarillentos, el pelo sucio y mugre incrustada en las arrugas.
– Me va estupendamente, Rey, de maravilla.
– ¿Buscas coche, Larry?
– Algo busco, Rey, de eso no te quepa duda, pero todavía no tengo intención de comprar. Aunque seguro que puedes hacerme un favor, como viejos compañeros de armas y demás.
– Puedo ofrecerte un buen trato, claro -respondió el Rey.
– Ya -dijo Larry-. Seguro que puedes ofrecerme un buen trato, y yo puedo ofrecerte uno a ti.
Levantó una de sus descarnadas nalgas del asiento y dejó escapar una ruidosa ventosidad. El Rey asintió con la cabeza, e incluso el falso afecto que había conseguido mostrar se desvaneció rápidamente.
– Ya -dijo-. Ya. No has venido a comprar un coche, Larry. ¿Qué quieres?
Larry Crane se inclinó a un lado y abrió la puerta del acompañante.
– Siéntate conmigo, Rey -dijo-. Si no soportas el olor, puedes bajar las ventanillas. Tengo una proposición que hacerte.
El Rey no se sentó.
– No vas a sacarme un céntimo, Larry. Ya te lo he dicho antes. Eso se acabó.
– No vengo a pedirte dinero. Siéntate, chico. No va a costarte nada escucharme.
El Rey dejó escapar un sonoro suspiro. Miró en dirección a la oficina, lamentando haber dejado el café, y se metió en el Volvo.
– ¿Tienes las llaves de esta mierda? -preguntó Larry.
– Las tengo.
– Entonces vamos los dos a dar un paseo. Tenemos que hablar.
Francia, 1944
Los cistercienses franceses estaban habituados a guardar secretos. Entre 1164 y 1166, el monasterio de Pontigny, en la Borgoña, acogió a Thomas Becket, el prelado inglés exiliado por oponerse a Enrique II, hasta que decidió regresar a su diócesis y murió asesinado en pago a las molestias que había causado. Loc-Dieu, en Martiel, en los Pirineos Centrales, dio refugio a la Mona Lisa durante la segunda guerra mundial, pues su combinación de altas murallas propias de una fortaleza y el esplendor de una mansión campestre era la idónea para el forzado retiro de tal dama. Es cierto que otros monasterios en lugares más recónditos contenían sus propios tesoros: a los cistercienses de Duke Cor, o «Duke Corazón», en el lago Kindar de Escocia, se les confió el corazón embalsamado de John, Lord Balliol, en 1269, y el de su mujer, Lady Devorgilla, que lo siguió a la tumba dos décadas después; y Zlatá Koruna, en la República Checa, guardaba una espina que supuestamente procedía de la corona que ungió la cabeza de Cristo, comprada al rey Luis en persona por Premysl Otakar II. Pero éstas eran reliquias cuyo paradero se conocía, y si bien los monjes las tenían bajo su custodia, en el siglo XX poco preocupaba ya que la divulgación de su existencia pudiera exponer a los monasterios a posibles amenazas.
No, eran los objetos conservados en silencio, ocultos tras los muros de sótanos o dentro de enormes altares, los que ponían en peligro a los monasterios y a quienes vivían en ellos. El conocimiento de su existencia se transmitía de abad en abad, así que eran pocos quienes estaban enterados de lo que se ocultaba bajo la biblioteca de Salem en Alemania, o bajo el ornamental pavimento de la iglesia de Byland en North Riding, Yorkshire.