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O en Fontfroide.

En Fontfroide hubo monjes desde 1093, si bien la primera comunidad propiamente dicha, compuesta casi con toda seguridad por antiguos ermitaños de la orden benedictina, se estableció en 1118. La propia abadía de Fontfroide apareció en 1148 o 1149, y pronto se convirtió en una fortaleza de primera línea en la lucha contra la herejía. Cuando el papa Inocencio III decidió perseguir a los maniqueos, sus legados eran dos monjes de Fontfroide, uno de los cuales, Pierre de Castelnau, murió asesinado más tarde. Un antiguo abad de Fontfroide encabezó la sangrienta cruzada contra los albigenses, y el monasterio tomó claro partido contra las fuerzas cátaras de Montsegur y Queribus, toleradas por los liberales de Aragón. Tal vez no sorprendiera a nadie que Fontfroide obtuviera con el tiempo el mayor de todos los premios, y así fue como la abadía vio recompensada por fin su constancia cuando el antiguo abad, Jacques Fournier, se convirtió en el papa Benedicto XII.

Fontfroide rebosaba riquezas, su prosperidad se basaba en las veinticinco granjas y los rebaños de más de veinte mil cabezas que poseía, pero el número de monjes se redujo paulatinamente y, durante la Revolución francesa, la ciudad de Narbona convirtió Fontfroide en un asilo. En cierto modo, eso fue la salvación de Fontfroide, ya que permitió conservar la abadía cuando tantas otras cayeron en estado de ruina, y una comunidad cisterciense prosperó allí una vez más entre 1858 y 1901, cuando el Estado puso en venta la abadía de Fontfroide y un par de franceses del Languedoc, amantes del arte, la compró y conservó.

Pero durante todo ese tiempo, incluso en los periodos en que ningún monje honraba los claustros con su presencia, Fontfroide permaneció bajo la atenta mirada de los cistercienses. Allí estuvieron disfrazados de seglares cuando era un asilo, cuidando de los enfermos y de los heridos; y volvieron al recinto cuando los ricos benefactores, Gustave Fayet y su esposa, Madeleine d'Andoque, la compraron para evitar su traslado, ladrillo a ladrillo, a Estados Unidos. Hay una pequeña iglesia aproximadamente a un kilómetro y medio de Fontfroide, una ofrenda a Dios mucho más humilde que su enorme vecina. Se llama iglesia de la Vigilia, y desde allí los cistercienses velaban por Fontfroide y sus secretos. Durante casi quinientos años sus tesoros habían permanecido intactos, hasta que la segunda guerra mundial entró en su fase final, los alemanes iniciaron la retirada y llegaron los soldados estadounidenses.

– No -dijo el Rey-. Ajá. Yo también he recibido una de esas cartas y la tiré a la basura.

Mark Hall sabía que los tiempos habían cambiado, aun cuando Larry Crane no lo supiera. Durante los meses posteriores a la guerra, el mundo seguía sumido en el caos, y un hombre podía cometer muchas fechorías y salir impune por poco que se lo propusiera. Ahora ya no era así. Había permanecido atento a los periódicos, y seguido el caso de los Meador con especial interés e inquietud. Joe Tom Meador, al servicio del ejército de Estados Unidos durante la segunda guerra mundial, había robado manuscritos y relicarios de una cueva en las afueras de Quedlinburg, en Alemania central, donde la catedral de la ciudad los había puesto a buen recaudo durante la conflagración. Joe Tom envió por correo los tesoros a su madre en mayo de 1945; y cuando regresó al país, le dio por enseñárselos a las mujeres a cambio de favores sexuales. Joe Tom murió en 1980, y sus hermanos Jack y Jane decidieron vender los tesoros, haciendo un inútil esfuerzo por camuflar sus orígenes. El botín se valoró en unos doscientos millones de dólares, pero los Meador recibieron del Estado alemán sólo tres, ya eso hubo que descontar las minutas de los abogados. Por otra parte, al vender esos objetos, atrajeron el interés de la fiscal del este de Texas, Carol Johnson, la cual inició una investigación internacional en 1990. Seis años más tarde, Jack, Jane y su abogado, John Torigan, fueron acusados de conspiración ilegal para la venta de tesoros robados, cargos que les representaron una pena de diez años de prisión y multas de hasta doscientos cincuenta mil dólares. Para Mark Hall, el hecho de que saliesen del paso pagando sólo ciento treinta y cinco mil dólares a Hacienda era lo de menos. A su juicio, lo inteligente era llevarse a la tumba lo que Larry y él habían hecho en Francia durante la guerra, pero ahora Larry Crane, necio y codicioso, había decidido arrastrarlos a una situación potencialmente perjudicial. A Hall ya le había preocupado la llegada misma de la carta. Significaba que alguien estaba atando cabos y extrayendo conclusiones. Si guardaban silencio y se negaban a picar el anzuelo, quizás Hall consiguiera irse a la tumba sin gastar la herencia de sus hijos en abogados.

Estaban aparcados en el camino de acceso a la casa del Rey. Su mujer había ido a visitar a Jeanie, así que su coche era el único. Larry apoyó una mano temblorosa en el brazo del Rey. Éste intentó apartársela, pero Larry reaccionó cerrando la mano y agarrándolo con fuerza.

– Echémosle una ojeada, sólo propongo eso. Basta con que lo comparemos con la fotografía para asegurarnos de que hablamos de lo mismo. Esta gente ofrece mucho dinero.

– Yo ya tengo dinero.

Por primera vez Larry Crane perdió los estribos.

– Pues yo no tengo un puto centavo, eso te lo aseguro -exclamó-. Estoy con la mierda hasta el cuello, Rey, y ando metido en un buen lío.

– ¿En qué clase de lío puede meterse un viejo chocho como tú?

– Ya sabes que siempre me ha gustado el juego.

– Vaya por Dios. Sabía que eras la clase de idiota que se creía más listo que los demás idiotas, pero en las carreras de caballos sólo deberían apostar quienes pueden permitirse perder. Por lo último que supe, tú no estabas entre los primeros de esa lista.

Crane aguantó el insulto encajando el golpe. Deseó arremeter contra el Rey, estamparle la cabeza contra el salpicadero de madera de pino natural de aquel cacharro escandinavo, pero eso no le serviría para acceder al dinero.