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El conductor obedeció. Era alto y tenía el pelo negro y ralo, un poco demasiado largo para quedarle bien.

– No voy armado -dijo.

Jackie lo empujó contra mi coche y lo cacheó de todos modos. Encontró un billetero y una pistola calibre 38 en una funda ceñida al tobillo.

– ¿Y esto qué es? -preguntó Jackie-. ¿Jabón?

– No está bien decir mentiras -reprendí-. Le crecerá la nariz.

Jackie me lanzó el billetero. Dentro había un carnet de conducir expedido en Massachusetts que identificaba a aquel hombre como Alexis Murnos. Contenía asimismo unas cuantas tarjetas de visita a su nombre de una empresa llamada Dresden Enterprises, con oficina en el Prudential de Boston. Murnos era el jefe de seguridad de la empresa.

– Me han dicho que ha estado haciendo indagaciones sobre mí, señor Murnos. Habría sido mucho más fácil abordarme directamente.

Murnos no contestó.

– Averigua qué ha sido de sus amigos -dije a Jackie.

Jackie se apartó para llamar por el móvil. En su mayor parte la conversación se redujo a «aja» y «sí», excepto por una exclamación de alarma: «¡Dios! ¿Se le ha roto tan fácilmente? Ése debe de tener huesos de pájaro».

– Los Fulci los han metido en la caja de su furgoneta -me informó después de cortar la comunicación-. Son guardias de una agencia de seguridad de Saugus. En opinión de Tony, pronto dejarán de sangrar.

Si la noticia inquietó a Murnos, lo disimuló. Me dio la impresión de que probablemente Murnos hacía mejor su trabajo que los otros dos payasos, pero alguien le había pedido que resolviera demasiadas cosas en muy poco tiempo, y con recursos limitados. Parecía el momento idóneo para herir su orgullo profesional.

– Esto no se le da muy bien, señor Murnos -comenté-. La seguridad de Dresden Enterprises debe dejar bastante que desear.

– Ni siquiera sabemos qué es Dresden Enterprises -añadió Jackie-. Igual éste se dedica a vigilar pollos.

Murnos tomó aire por entre los dientes. Se había sonrojado un poco.

– Y bien -dije-, ¿va a explicarme a qué viene todo esto, tal vez con una taza de café de por medio, o prefiere que lo llevemos junto a sus amigos? Por lo que se ve, van a necesitar que alguien los acompañe a casa, y quizás un poco de atención médica. Tendré que dejarlo con los caballeros que están cuidando de ellos, pero sólo será durante un día o dos, hasta que disponga de más información sobre la empresa para la que usted trabaja. Eso implicará una visita a Dresden Enterprises, seguramente acompañado de un par de personas, lo cual podría ser muy bochornoso para usted desde el punto de vista profesional.

Murnos se planteó las opciones. Eran un tanto restringidas.

– Supongo que lo del café no es mala idea -respondió por fin.

– ¿Ves lo fácil que ha sido? -dije a Jackie.

– Tienes don de gentes -afirmó Jackie-. Ni siquiera ha hecho falta pegarle.

Se le veía un poco decepcionado.

Resultó que Murnos en realidad tenía permiso para darme cierta información y tratar conmigo directamente. Sólo que prefirió husmear un poco hasta haber analizado todos los ángulos. De hecho, reconoció que había acumulado considerable información sobre mí sin salir siquiera de su despacho, y había supuesto que Matheson se pondría en contacto conmigo. En el peor de los casos, como había sucedido, tendría ocasión de verme en acción cuando me buscaban las cosquillas.

– No es verdad que mis colegas se están desangrando en la parte de atrás de una furgoneta, ¿verdad que no? -preguntó.

Ocupábamos una mesa en Big Sky. Olía bien. Detrás de la barra, los encargados del horno limpiaban las bandejas y preparaban café.

Crucé una mirada de culpabilidad con Jackie, que comía un bollo de manzana, el segundo.

– Estoy casi seguro de que sí -contesté.

– Los que se han encargado de ellos no se andan con chiquitas -explicó Jackie-. Además, uno de sus hombres hizo un comentario desconsiderado sobre su furgoneta.

Le estaba agradecido a Jackie por todo lo que había hecho, pero había llegado el momento de librarse de él. Le pedí que fuera a buscar a los Fulci y se asegurara de que no infligieran más daño a nadie. Les compró una bolsa de bollos y se marchó.

– Tiene usted unos amigos interesantes -comentó Murnos cuando Jackie se fue.

– Le aseguro que no conoce a los más divertidos. Si tiene algo que contarme, éste es el momento.

Murnos tomó un sorbo de café.

– Trabajo para el señor Joachim Stuckler. Es el presidente de Dresden Enterprises. El señor Stuckler invierte en capital riesgo, especialmente en software y multimedia.

– Entonces es rico, ¿no?

– Sí, creo que se lo podría definir así.

– Si es rico, ¿por qué contrata mano de obra barata?

– Eso ha sido culpa mía. Necesitaba un par de hombres que me ayudasen, y ya había recurrido antes a esos dos. No esperaba que se llevaran una paliza por las molestias que se han tomado. Tampoco esperaba verme arrinconado en un aparcamiento y despojado de mi arma por alguien que después se ha ofrecido a invitarme a un café con bollos.

– Ha tenido usted un mal día.

– Sí, desde luego. El señor Stuckler es también un destacado coleccionista. Tiene dinero para darse ciertos caprichos.

– ¿Qué colecciona?

– Arte, antigüedades. Material arcano.

Adiviné adónde iba a parar aquello.

– ¿Como, por ejemplo, cajitas de plata del siglo quince?

Murnos se encogió de hombros.

– Sabe que es usted quien encontró los restos en el apartamento. Cree que el caso que usted investiga puede tener cierta incidencia en algo que a él le interesa. Le gustaría entrevistarse con usted para hablar más acerca del asunto. Si no está usted muy ocupado, el señor Stuckler le agradecería unas horas de su tiempo. Lógicamente, le pagará por las molestias.

– Lógicamente, sólo que no estoy de humor para un viaje a Boston, la verdad.

Murnos volvió a encogerse de hombros.

– Usted buscaba a una mujer -dijo con naturalidad-. Quizás el señor Stuckler pueda proporcionarle ciertos datos acerca de los responsables de su desaparición.

Miré a los camareros detrás de la barra. Sentí deseos de asestarle un puñetazo a Murnos, de golpearle hasta que me dijera todo lo que sabía. Él percibió ese deseo en mi rostro.

– Créame, señor Parker, es poco lo que sé sobre este asunto, pero sí me consta que el señor Stuckler no tuvo nada que ver con lo que le pasó a esa mujer. Simplemente se enteró de que fue usted quien mató a Homero García y quien descubrió los restos humanos en su apartamento. También está enterado del hallazgo de la cámara en el sótano del edificio. Hice ciertas indagaciones para él y averigüé que lo que a usted le interesaba era la mujer. El señor Stuckler compartirá de buena gana con usted la información que posee.

– ¿Y a cambio?

– Quizás usted pueda llenar algunas lagunas en la información de la que él dispone. Y aunque no pueda, el señor Stuckler accederá a hablar con usted y le contará todo lo que, a su juicio, pueda serle de utilidad. Así las cosas, en cualquier caso saldrá ganando, señor Parker.

Murnos era consciente de que a mí no me cabía otra opción, pero tuvo la gentileza de no jactarse. Acepté reunirme con su jefe al cabo de un par de días. Murnos llamó por el móvil para concertar la cita con un ayudante de Stuckler y luego me preguntó si podía marcharse. Me pareció todo un detalle por su parte preguntarlo, hasta que caí en la cuenta de que sólo pretendía recuperar su arma. Lo acompañé afuera, vacié el cargador tirando las balas a una alcantarilla y le devolví la pistola.

– Debería conseguir otra pistola -aconsejé-. Ésa no le presta un gran servicio en el tobillo.

Murnos flexionó la mano derecha, y de pronto me hallé ante el cañón de una Smith & Wesson Sigma 380, de diez centímetros de largo y medio kilo de peso.