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La nuez de Hugi subió y bajó antes de que se decidiera a seguir hablando.

—Vale. A veces decía que yo era su mejor amigo; pero era en broma nada más, y sólo lo decía cuando quería comprarme algo. Pero era muy simpático; completamente distinto a todos los demás que conozco.

—¿Y eso? —preguntó Þóra.

—En primer lugar, tenía un montón de dinero, y siempre estaba invitándote a una copa o a cualquier otra cosa. Además tenía un apartamento y un coche de locura. —Pensó un instante antes de seguir—. Pero ése no era el asunto. Era muchísimo más cool que todos los demás. No tenía miedo a nada, siempre se le ocurrían los mejores planes y se llevaba a todo el mundo de calle. Era un tipo frío de los que no quedan, con todos esos trastos en el cuerpo: ni uno de nosotros se atrevía a imitarle. Ni siquiera Dóri, que se moría de ganas. Pero pensaba que le perjudicaría en el futuro, lamentaba un huevo el tatuaje pequeñito que llevaba en el brazo. En cambio, a Harald no podía serle más indiferente el futuro.

—Y al final se vio que no tenía ninguno —dijo Matthew—. ¿Qué hacíais? ¿De qué charlabais?

—No me acuerdo de lo que hablábamos.

—¿Habló alguna vez de sus investigaciones sobre la quema de brujas? —preguntó Þóra esperanzada.

—Brujas —dijo Hugi, con un estremecimiento—. Al principio casi no hablaba de otra cosa. Cuando empecé a salir con ellos, Harald me pidió que formara parte de su asociación de magia.

Matthew le interrumpió bruscamente.

—¿Asociación de magia? ¿Qué asociación de magia?

—Malleus no sé qué. Iba a ser una asociación de personas interesadas en investigar sobre brujas y cosas históricas. —Rehuyó la mirada de Þóra, se ruborizó y dirigió sus palabras a Matthew—. Pero era distinto. No al estilo Harry Potter, creedme. Iba de cuatro cosas: sexo, magia, droga y más sexo. —Sonrió—. Por eso me gustaba participar. A mí no me importaba lo más mínimo la historia ni las brujas ni los signos esos de magia ni los conjuros que soltaban. Lo único que quería era pasármelo bien. Las chicas eran de lo más guay. —Hugi se quedó absorto… poder pasar un buen rato con chicas guays—. Algunas de las historias sobre quema de brujas eran entretenidas, eso sí. Recuerdo una en la que echaban a la hoguera a una mujer embarazada y el niño nacía en medio de las llamas. Unos curas sacaron al niño vivo, pero luego decidieron que podía estar infectado por las brujerías de la madre y lo volvieron a echar al fuego. Harald dijo que era completamente cierto.

Þóra hizo una mueca y la borró al instante.

—¿Quiénes formaban parte de la asociación? ¿Cómo se llamaban esas chicas tan guays?

—El presidente era Harald; y luego Dóri, que era su auténtica mano derecha; Bríet, que hacía Historia en la universidad: era la única que estaba en el asunto completamente en serio, eso pensaba yo; Brjánsi o Brjánn, que también estudiaba Historia; Andri, que estudiaba Química, y Marta Mist, que estaba en no se qué estudios de mujeres. Era insoportable, siempre lloriqueando por no sé qué de las mujeres, y que todo era injusticia hacia ellas. Con esa manía suya casi nos fastidiaba la diversión. Harald le tomaba el pelo que daba gusto, siempre la llamaba Nebel, lo que la ponía de los nervios. Significa «niebla» en alemán. Como el islandés Mist, ¿entiendes? —Þóra hizo un gesto de que comprendía, pero Matthew seguía como petrificado—. Este era el núcleo del grupo, algunas veces venían algunos nuevos pero los que estábamos siempre éramos sólo nosotros. En realidad, yo no me enteraba demasiado de lo que hacían, como ya he dicho no me interesaba nada la magia… sólo lo que venía después.

—Dices que Dóri era su mano derecha; ¿a qué te refieres? —preguntó Þóra.

—Andaban siempre juntos haciendo algo, los dos. Creo que Dóri le ayudaba con traducciones y eso. Y luego era obvio que él sería el sucesor de Harald cuando él se fuera del país. Dóri estaba entusiasmado; estaba coladito por Harald.

—¿Dóri es gay? —preguntó Matthew. Hugi sacudió la cabeza.

—No, qué va, en absoluto. Sólo que los ojos se le hacían chiribitas o eso. Dóri viene de una familia pobre, como yo, vamos. Harald le soltaba dinero a puñados, regalos caros y eso, y Dóri lo admiraba un montón. Se notaba que a Harald le encantaba aquello. Aunque en realidad no siempre trataba tan bien a Dóri; se empeñaba en humillarlo delante de nosotros. Pero siempre se las arreglaba luego para solucionar el asunto y que Dóri no lo mandase a la mierda. Era una relación bastante increíble.

—¿Cómo te sentaba que Dóri hiciese todo eso, que estuviese tan encandilado con Harald, porque has dicho que era amigo tuyo de la infancia? ¿No estabas celoso? —preguntó Þóra. Hugi sonrió.

—No, qué va. Seguíamos siendo amigos. Harald estaba en Islandia sólo temporalmente y yo sabía que todo eso pasaría. En realidad, si acaso, me resultaba divertido ver a Dóri haciendo de admirador perdido. Hasta entonces siempre había sido yo quien le admiraba a él; aquello era todo un cambio, como verle detrás de mí todo el rato, y eso. Y no es que Dóri no arremetiese contra mí de vez en cuando, igual que Harald contra él, por mi pinta o mis costumbres. —El gesto de Hugi se nubló de pronto, preocupado—. Yo no lo maté para recuperar a mi amigo. No fue así.

—No, quizá no —dijo Matthew—. Pero dime una cosa. Si no le mataste tú, ¿quién lo hizo? Debes de tener alguna sospecha. Sabes que no puede ser ni suicidio ni accidente.

Los ojos de Hugi volvieron a fijarse en el suelo.

—No lo sé. Si lo supiera, claro que lo diría. No quiero seguir aquí.

—¿Crees que tu amigo Dóri puede haberle matado? —preguntó Þóra—. ¿Le estás protegiendo?

El joven negó con la cabeza.

—Dóri nunca mataría a nadie. Y a Harald menos que a nadie. Ya os he dicho que lo admiraba.

—Sí, pero también dijiste que Harald le había fastidiado muchas veces, que le había humillado delante de vosotros. A lo mejor se enfadó y no supo dominarse. Esas cosas pasan —dijo Þóra.

Hugi levantó los ojos, con más determinación que antes.

—No. Dóri no es así. Está estudiando para médico. Quiere ayudar a las personas, no matarlas.

—Mi querido Hugi, creo que estoy obligado a decirte que, a lo largo de los siglos, ha habido médicos que han matado a gente. Todas las profesiones tienen su manzana podrida —dijo Matthew medio en broma—. Pero si no fue Dóri… entonces, ¿quién fue?

—Quizá Marta Mist —murmuró el chico sin convicción. Ciertamente, esa chica no era demasiado popular—. A lo mejor es que Harald la llamó Nebel demasiadas veces.

—Ya, Marta Mist —dijo Matthew—. Es una sospecha magnífica, si no fuera porque tiene una coartada perfecta. Como todos los demás de ese grupo vuestro de magia. Excepción hecha de Dóri. Su coartada es la más débil. Es totalmente imaginable que pudiera salir un momento de ese Kaffibrennslan… que matara a Harald y volviera a seguir bebiendo sin que nadie se diera cuenta.

—¿Y sentarse en el mismo sitio? ¿En el Kaffibrennslan un sábado por la noche? No creo —respondió Hugi; ahora el tono burlón era suyo.

—¿Y no se te ocurre nadie más? —preguntó Þóra.

Hugi llenó de aire las mejillas y lo fue soltando despacio.

—Quizá alguien de la universidad. No lo sé. O alguien de Alemania. —Tuvo cuidado de no mirar a Matthew mientras lo decía, como si pensase que Matthew amaba locamente a su país—. Sé que Harald tenía algo entre manos esa noche. Me lo dijo, quería comprarme droga para celebrar el día, o algo así.

—¿O algo así? —preguntó Matthew con brusquedad—. Tendrás que ser más claro. ¿Qué dijo exactamente?

El joven puso gesto pensativo.

—¿Exactamente? No recuerdo nada exactamente, pero iba de algo que había conseguido encontrar por fin. Gritó algo en alemán y levantó el puño. Y luego me dio un abrazo y me apretó a lo bestia y dijo que necesitaba unas buenas pirulas, porque se sentía cojonudamente y quería montárselo bien.