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Matthew se puso a ello, y el resultado fue que podían ir a la comisaría a buscar el ordenador en cuanto quisieran. Les atendería un policía llamado Markús Helgason.

En la comisaría, el tal Markús saludó a Þóra en islandés pero luego se dirigió a Matthew y le dijo en un inglés con fuerte acento islandés:

—Nos hemos visto dos veces usted y yo, en el registro domiciliario y luego cuando vino usted a hablar con el comisario, Árni Bjarnason. —El policía sonrió turbado—. No conectaron demasiado bien, de modo que se ha tomado la decisión de que sea yo quien les reciba esta vez. Espero que no tengan ninguna objeción.

Se trataba de un hombre joven, vestido con la camisa azul claro y los pantalones negros del uniforme de la policía. Era de estatura bastante baja, claro que hacía ya tiempo que se habían reducido las exigencias de talla para los policías. Por otra parte, Markús tenía un aspecto de lo más corriente, ni guapo ni feo, de pelo castaño y unos ojos grisáceos que no llamaban demasiado la atención. Sonrió al estrecharles la mano y aquel gesto produjo un cambio radical en la primera impresión que se había hecho Þóra al juzgar su aspecto. Tenía unos preciosos dientes blanquísimos, y ella deseó, en beneficio de él mismo, que siempre tuviera motivos suficientes de alegría. Matthew y Þóra le aseguraron que no tenían objeción alguna a no poder reunirse con el comisario, y el joven policía volvió a tomar la palabra, muy contento.

—Creo que estaría bien que hablásemos un rato. Tenemos entendido que están investigando las circunstancias que rodearon el crimen y, puesto que nuestra investigación no está concluida formalmente, lo más lógico sería que nos sentáramos a charlar un poco. —Vaciló un momento pero luego añadió, con cierto apuro—: Andan buscando el monitor en una caja donde teníamos varios ordenadores que íbamos a devolver. Así que, de todos modos, no tendrán más remedio que esperar un poquito. Podemos sentarnos en mi despacho.

Þóra miró de reojo a Matthew, que con un simple movimiento de hombros dejó ver que no tenía nada en contra de aquella charla. Sabía perfectamente que lo del ordenador y la caja no era más que una excusa… un manco no necesitaría más de tres minutos para realizar una tarea tan difícil como aquélla. Ella no dejó traslucir nada, se limitó a poner sonrisa de foto y dijo que le parecía muy bien. El policía se sintió visiblemente aliviado y les condujo a su despacho. No había objetos personales, con excepción de una jarra de café con el escudo y el nombre del Manchester United. El policía les pidió que se sentaran, pero esperó para hacerlo él hasta que ellos hubieron ocupado sus sitios. Nadie dijo nada en el transcurso de estos preparativos, y el silencio había llegado a hacerse un poco embarazoso cuando por fin estuvieron todos listos para empezar.

—Bueno, ustedes dirán —dijo el policía con un tono artificialmente afable. Þóra y Matthew se limitaron a sonreír, pero de momento no dijeron nada. Ella quería que fuese el policía quien diera comienzo a la conversación, y los labios apretados de Matthew indicaban a las claras que él era de idéntica opinión. El policía se dio cuenta de la situación—. Tenemos entendido que han estado en Litla-Hraun esta mañana para ver a Hugi Þórisson.

—Sí, es cierto —dijo Þóra.

—Perfecto —respondió el policía—. ¿Qué sacaron en limpio? —Miró al uno y a la otra alternativamente, esperando—. Es bastante extraño eso de presentarse como representantes de los deudos como hicieron aquí y a la vez como defensores del sospechoso… lo que tengo entendido que hicieron ustedes esta mañana en la prisión central.

Þóra miró a Matthew, que se volvió a ella con la palma de la mano extendida, para indicarle que debía ser ella quien respondiera.

—Digamos que las circunstancias son extrañas e inhabituales y que nosotros nos comportamos, simplemente, en consonancia con ese hecho. Sin embargo, lo que está claro es que trabajamos para la familia de Harald, aunque resulta que los intereses de Hugi Þórisson son coincidentes con los de la familia. —Hizo una pequeña pausa para permitir al policía expresar alguna objeción, lo que éste no hizo, de modo que continuó—. No estamos del todo convencidos de que sea culpable. Si algo hemos sacado de nuestra conversación con él esta mañana, ha sido una mayor certidumbre en nuestra opinión.

El policía enarcó las cejas, extrañado.

—Tengo que confesar que no comprendo bien por qué están tan seguros. Todo lo que se ha podido averiguar en nuestra investigación apunta precisamente a lo contrario.

—Vemos demasiadas preguntas que están aún sin contestación —respondió Þóra.

El policía asintió, parecía de acuerdo.

—Eso es totalmente cierto; pero, como les digo, nuestra investigación no ha concluido. Claro, que me resultaría totalmente inesperado que saliera a la luz cualquier cosa que diera al traste con la convicción de que fue Hugi Þórisson quien asesinó a Harald. —Extendió un dedo de una mano y fue enumerando mientras cogía uno a uno los dedos de la otra mano, que tenía abierta—. En primer lugar, estuvo con el difunto justo antes de perpetrarse el asesinato. En segundo, se encontró sangre de Harald en las ropas que llevaba el sospechoso la noche de autos. En tercer lugar, encontramos una camiseta, oculta en un armario de su casa, que se había utilizado para limpiar una cantidad considerable de sangre… que resultó ser asimismo del difunto. En cuarto lugar, era miembro de esa asociación de magia creada por el difunto, y por ello tenía conocimiento de los signos mágicos, como el grabado en el cuerpo. Y por último, estaba suficientemente obnubilado por las drogas aquella noche como para poder sacarle los ojos a un cadáver. Créanme: nadie hace esas cosas si está en su sano juicio. Se dedicaba a la venta de droga y seguramente esperaba convertirse en importador al por mayor. El muerto tenía dinero de sobra para permitirle montar el negocio, y de su cuenta corriente desapareció una bonita suma poco antes de perpetrarse el crimen. Sin dejar rastro. Eso no sucede en condiciones normales. Siempre es posible rastrear el dinero de una u otra forma. —El policía se miró las manos. Había extendido ya todos los dedos de la mano izquierda con ayuda de la derecha—. Puedo responder a su objeción… por regla general hacen falta menos pruebas para acusar a alguien. Lo único que nos falta es una confesión, pero hay que reconocer que en circunstancias como éstas sería bastante fácil de conseguir.

Þóra intentó parecer inmutable. Aquello de la sangre en la ropa de Hugi la había cogido completamente por sorpresa. No había encontrado referencia alguna a tal cosa en los informes de la policía ni en los otros documentos del caso a los que había tenido acceso. Se apresuró a tomar la palabra, para que el policía no percibiera su desasosiego.

—¿No es para preocuparse que no haya consentido en confesar el crimen?

El policía la miró con franqueza.

—No, en absoluto. ¿Sabe por qué? —Continuó en cuanto ella dio muestras de que no iba a contestarle—. No recuerda nada. Se emperra en ello con la esperanza de no haberlo hecho. ¿Por qué iba a confesar un delito del que no guarda recuerdo alguno por mucho que intente recordar? Sólo pregunto.

—¿Cómo explican el traslado del cadáver a la universidad? —preguntó Matthew—. El camello este no creo que tuviera acceso a las dependencias. Era día festivo y probablemente todo estaría cerrado.

—Robó las llaves de Harald. Muy sencillo. Encontramos un llavero en el cuerpo… en él estaba, entre otras, la llave, o, más exactamente, la llave de seguridad, porque tienen alarma antirrobos. Viendo el sistema fue fácil comprobar que la llave se había utilizado para entrar muy poco después del crimen.

Matthew carraspeó.

—¿Qué quiere decir con «muy poco después del crimen»? ¿No podría haber sido «muy poco antes del crimen»? Las cronologías no son tan exactas en casos como éste.