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—¿Pero qué es esto? —preguntó, mirando extrañada a Matthiew. Señaló unas cartas viejas que aparecieron al abrir la funda; unas cartas antiguas, para ser más exactos, pues a juzgar por su aspecto y su escritura, eran mucho más antiguas que su envoltura.

Matthew miró desconcertado la funda.

—¿Estaba eso en el montón de cosas de la caja?

—Sí —respondió Þóra mientras iba levantando la parte superior de las cartas con la yema del dedo, para comprobar cuántas eran. Dio un respingo tremendo cuando Matthew vociferó algo incomprensible y le arrebató la funda.

—¿Estás loca? —exclamó muy alterado, cerró la carpeta y puso un elástico además de las cintas. Lo hizo con bastantes dificultades, porque el volante le entorpecía los movimientos y por el escaso espacio disponible en el asiento delantero.

Þóra no sabía a qué venía aquello y se limitó a seguir en silencio las manipulaciones. Cuando él tuvo bien cerrada la funda, la depositó cuidadosamente en el asiento trasero. Luego se despojó del abrigo y lo colocó encima de la funda de modo que la carpeta quedará bien cubierta sin asomar por debajo.

—¿No convendría mover el coche? —preguntó Þóra para romper el silencio. Él se levantó a medias del asiento y se asomó fuera para mirar la calle.

Agarró el volante con las dos manos y resopló.

—Perdona el arrebato. No me esperaba para nada ver aquí estos documentos, en una simple caja de cartón de la policía. —Llegó a la calle y siguieron.

—¿Y qué son esas cosas, si me está permitido preguntar? —inquirió Þóra.

—Son unas cartas antiquísimas, pertenecientes a la colección del abuelo de Harald, algunas de sus piezas más valiosas. En realidad, no son ni siquiera tasables, y es absolutamente incomprensible que Harald se las trajera a Islandia. Estoy convencido de que la compañía aseguradora sigue convencida de que están en la caja fuerte del banco, como estaba estipulado. —Matthew colocó el espejo retrovisor para no perder de vista aquel valioso cargamento—. Las escribió un aristócrata de Innsbruck en el año 1485. Las misivas tratan de la campaña de Heinrich Kramer contra las brujas de la ciudad, antes de que las cazas de brujas estuvieran tan generalizadas como llegarían a estarlo más tarde.

—¿Y quién era ese Heinrich Kramer? —Þóra tuvo la sensación de conocer aquel nombre, pero no podía recordar exactamente quién era.

—Uno de los autores del Martillo de las brujas, que era una especie de manual para la caza de brujas —respondió Matthew—. Era magistrado jefe del tribunal de la inquisición en los territorios que, hoy en día, pertenecen a Alemania en su mayor parte; sin duda una persona poco recomendable, que, entre otras cosas, tenía especial aversión a las mujeres. Además de ocuparse de las imaginarias hechiceras, dedicó sus esfuerzos a la lucha contra judíos y herejes, y en realidad contra casi todos los grupos de gente que no estaban en condiciones de defenderse.

Þóra recordó el compendio que encontró en la red.

—Sí, es cierto. —Y entonces añadió, intrigada—: ¿Estas cartas tratan de él?

—Sí—respondió M.uiliew—. Fue a Innsbruck. Ese individuo. Pero no venció. En realidad, se marchó… puso en marcha una investigación caracterizada por la violencia y por un uso desenfrenado de la tortura, y las sospechosas, unas cincuenta y siete mujeres, no obtuvieron los beneficios de la defensa legal, que nunca se concedía durante la instrucción, la llevasen los clérigos o las autoridades laicas. Kramer llegó hasta tal punto de rigurosidad cuando tenía que vérselas con las actividades sexuales de aquellas supuestas brujas, que el obispo se escandalizó y acabó expulsándole de la ciudad. Las mujeres que había tenido encarceladas fueron liberadas inmediatamente después, pero para entonces se hallaban ya en un estado incalificable, a causa de las constantes torturas. Las cartas hablan de su maltrato a la esposa del escritor de las cartas. Como es fácil imaginar, no es una lectura muy divertida.

—¿Y a quién estaban dirigidas en realidad? —preguntó Þóra.

—Todas las cartas están dirigidas al obispo de Brixen, Georg II Gosler. El mismo obispo que acabó por expulsar de la ciudad a Kramer. Desconozco si las misivas tuvieron algún papel en ello.

—¿Cómo se hizo con ellas el abuelo de Harald?

Matthew se encogió de hombros.

—En la Alemania de posguerra se puso en venta toda clase de cosas. La familia Guntlieb se las organizó de tal modo que el banco no sufrió pérdidas por la devaluación que trajo consigo la guerra y que arruinó a casi todo el mundo. No es un banco corriente: la gente normal no tiene cuentas en él, nunca las ha tenido. Por muchos motivos, hay que agradecer al abuelo de Harald que los principales socios no se quedaran en la ruina en aquellos años. Fue suficientemente despierto para darse cuenta del cariz que estaban tomando las cosas… y por eso pudo poner a salvo los fondos sin que se los arrebataran. Así se encontró en una magnífica situación para hacerse con diversas cosas cuando empezaron a cambiar las circunstancias.

—¿Pero de quién eran las cartas para que pudiese venderlas? Las cartas del siglo XV no son cosas que la gente conserve durante tantísimos años para luego darles un puntapié en cuanto humean las ruinas a su alrededor.

Matthew se encogió de hombros.

—No tengo ni idea. Estas cartas no están catalogadas en ningún sitio, ni se dispone de fuente alguna sobre ellas… de modo que podrían ser falsificaciones. Muy buenas falsificaciones, si se diera el caso. El abuelo de Harald no podía explicar la compra en detalle. Las iniciales de la funda son suyas: Niklas Harald Guntlieb, de modo que no dicen nada sobre su anterior dueño. En realidad, sospecho que fueron robadas a la Iglesia en algún momento. —Matthew conducía por Snorrabraut y puso el intermitente para cambiar de carril. Se dirigían a Bergstaðastræti, habían acordado que lo mejor sería llevar allí el ordenador. Para eso tenían que girar a la derecha, pero estaban en el carril izquierdo. Nadie le cedía el paso a Matthew; parecía como si los otros conductores hubieran decidido impedir por todos los medios aquel cambio de dirección y quisieran obligarle a continuar hasta Fossvogur—. ¿Pero qué queréis? —farfulló, dirigiéndose a los otros conductores.

—Cambia de carril, sin más —dijo Þóra, acostumbrada a esa forma de conducir. —Sus propios coches les interesan más que adonde quieras ir tú.

Matthew se lanzó y se llevó un gran susto por el tremendo bocinazo de un automóvil que se vio obligado a esquivar.

—Jamás me acostumbraré a conducir aquí —dijo asombrado.

Þóra se limitó a sonreír.

—Pero ¿qué se decía en las cartas… qué le pasó a la mujer?

—La torturaron —respondió Matthew—. De forma atroz.

—No me hago a la idea de que se pueda torturar de ninguna otra forma —dijo Þóra, que esperaba una explicación más detallada—. ¿Qué le hicieron?

—El autor de la carta contaba que las manos y un pie habían quedado inutilizados al oprimirlos en una bota de hierro. Además le cortaron las dos orejas. Sin duda hubo más cosas, pero que no llegaron al papel. Cortes y cosas de ésas. —Matthew apartó la vista de la calle por un instante y la dirigió a Þóra—. Recuerdo que la conclusión del autor en una de las últimas cartas era algo de este estilo: «Ved que el mal no se halla en los despojos de mi amada, una mujer joven e inocente. Habita en aquellos que pretenden acusarla».

—Dios mío santísimo —exclamó Þóra, que no pudo evitar un estremecimiento—. Sí que lo recuerdas bien.

—Uno no olvida tan fácilmente lo que sale allí —respondió él con voz seca—. Naturalmente que eso no es lo único que se cuenta en las cartas. Hay toda clase de argumentos para conseguir su liberación, desde razones legales hasta lo que se puede llamar amenazas puras y simples. El hombre se encontraba en una situación espantosa: amaba a su esposa más que a su propia vida, pues se trataba de una muchacha bellísima, si damos crédito a lo que se dice en las cartas. No llevaban mucho tiempo casados.