Þóra miró a Matthew.
—¿Su madre se portaba mal con él? ¿Es eso? —De pronto ha bía recordado las fotos de un muchacho triste y apartado.
Matthew tardó en responder. Cuando empezó a hablar lo hizo eligiendo las palabras muy cuidadosamente, procurando expresar exactamente lo que quería decir… pues se trataba de comentar asuntos íntimos de sus jefes, a los que respetaba en grado sumo.
—Juro que no lo sé. Pero era como si su madre le evitase. Aunque, eso sí, estoy seguro de que si sus relaciones hubieran sido normales, ella habría remitido la carta a la policía islandesa. Era más que evidente que la carta había alcanzado su punto débil. —Permaneció en silencio por un momento y miró pensativo a Þóra antes de continuar—. Me pidió que te dijera que le gustaría hablar contigo. De madre a madre.
—¿Conmigo? —Þóra se quedó estupefacta—. ¿Para qué? ¿Para excusar algún comportamiento extraño hacia su hijo?
—Eso no lo dijo —respondió Matthew—. Solamente me hizo saber que le gustaría hablar contigo, aunque no especificó de qué. Lo único que buscaba era sentirse mejor.
Þóra no contestó nada. Naturalmente que hablaría con aquella mujer si se lo pedía, pero difícilmente podría consolar a una mujer que había sufrido la pérdida de un hijo.
—No comprendo el objetivo de la carta —dijo para cambiar de tema.
—Yo tampoco —respondió Matthew de inmediato—. Es una aberración tal hacer creer que lo ha enviado Harald en persona, que estoy convencido de que el asesino tiene que estar completamente desequilibrado.
Ella miró fijamente el papel.
—¿Puede ser que quien la escribiera hubiese querido dejar bien claro que Harald estaba muerto y quería acusar a su madre?
—¿Para qué? —preguntó él—. ¿A quién puede beneficiar torturarla de ese modo?
—A Harald, naturalmente, pero estaba muerto—dijo Þóra—. Quizá a su hermana… ¿puede ser que la madre también se portase mal con ella?
—No —respondió Matthew—. No se portaba mal con ella… eso puedo jurarlo. Es la niña de los ojos de su padre y de su madre.
—¿Y a quién beneficiaría, entonces? —preguntó desalentada.
—A Hugi desde luego que no. A menos que haya estado compinchado con alguien.
—Una lástima no haber sabido de la sangre de sus ropas antes de hablar con él esta mañana. —Þóra miró el reloj—. Quizá logre que me permitan hablar con él por teléfono. —Marcó el 118 y le informaron del número de la prisión de Litla-Hraun. El supervisor de guardia la autorizó a hablar con Hugi, con la condición de que la conversación fuera breve. Esperó impaciente durante varios minutos mientras sonaba una versión electrónica de Para Elisa, hasta que se oyó en el auricular la voz jadeante de Hugi.
—Diga.
—Hola, buenas tardes, Hugi. Soy Þóra Guðmundsdóttir, la de esta mañana. No te voy a retener mucho rato. Quería preguntarte por la sangre que se halló en tu ropa. ¿Tienes alguna explicación?
—Esa mierda —suspiró el preso—. Ya me interrogó la policía sobre eso. No tenía ni idea de qué camiseta manchada de sangre estaban hablando, y les expliqué lo de la sangre en mis ropas por lo de esa noche.
—¿Qué pasó? —preguntó ella.
—Harald y yo entramos en el baño a esnifar un poco durante la fiesta. Le salió sangre por la nariz y me cayó a mí encima. Era un váter minúsculo.
—¿Y no pudiste hacer que lo confirmasen los testigos? —preguntó Þóra—. ¿El resto de la gente de la fiesta no se acordaba… de que saliste del baño cubierto de manchas de sangre?
—Hombre, no estaba cubierto de manchas de sangre. Además, todos estaban borrachos y colocados. Nadie se fijó en mí. No creo que nadie se diera cuenta.
«Menuda estupidez», pensó Þóra.
—Pero eso de la camiseta con sangre en tu armario… ¿sabes algo de cómo llegó allí?
—Ni idea. —Se produjo un breve silencio, y entonces añadió—. Imagino que sería la poli quien la puso allí. Yo no maté a Harald ni limpié ninguna sangre con una camiseta. Ni siquiera sé si la camiseta es mía o de quién. Nunca me dejaron verla.
—Son acusaciones serias, Hugi, y te tengo que advertir de que la policía no hace ese tipo de cosas. Tiene que existir alguna otra explicación, si es cierto lo que me estás contando. —Después se despidieron y ella le explicó la conversación a Matthew.
—Bueno, pero tiene una explicación a medias —dijo éste—. Tendremos que comprobar con los demás asistentes a la fiesta si recuerdan algo de la hemorragia nasal.
—Sí —convino Þóra con pocas esperanzas de que aquello pudiera proporcionar resultado alguno—. Pero aunque lo hagan, seguirá faltando una explicación para la camiseta del armario.
«Ping», se oyó un sonido procedente del ordenador, y los dos miraron a la pantalla al mismo tiempo. «Tienes un email» apareció en un recuadro en la esquina inferior derecha. Þóra cogió el ratón e hizo clic en la imagen de un pequeño sobre.
Apareció un mensaje de correo: el remitente era Mal.
Capítulo 19
Hola, difunto Harald
¿Qué está pasando? Me ha llegado un mensaje de alguien que dice ser policía de Islandia, y otra de una especie de picapleitos (Þóra no pudo evitar una sensación de irritación… pese a que en el ejercicio de la abogacía la habían llamado de todo). Según esos gilipollas estás muerto… a lo mejor sí, a lo mejor no. Escríbeme una línea… esto es un poquitín fastidioso.
Saludos
—Bien, bien —dijo Matthew—. Contéstale mientras está aún delante del ordenador.
Þóra se apresuró a pulsar «responder».
—¿Y qué le digo? —preguntó mientras introducía el encabezamiento: Estimado Mal.
—Cualquier cosa —respondió Matthew como loco. Þóra decidió escribir:
Desgraciadamente, lo de la muerte de Harald es cierto. Fue asesinado. Yo soy la picapleitos que intentó escribirte, pero hasta ahora no he podido disponer del ordenador de Harald. Trabajo para la familia Guntlieb: están muy interesados en encontrar al asesino. Ahora hay detenido un joven que según todos los indicios es inocente de este horrible crimen, y tengo la impresión de que tú puedes proporcionarnos información que nos sería de gran ayuda. ¿Sbes qué es lo que Harald creía haber encontrado y quién es ese «idiota del demonio» del que hablaba en el último mensaje que te mandó? Lo mejor sería que me enviases un número de teléfono en el que pueda ponerme en conta contigo.
Matthew leyó nervioso mientras ella escribía, y en cuanto terminó agitó las manos impaciente y ordenó: «Enviar, enviar».
Þóra envió el mensaje y esperaron en silencio durante varios minutos. Por fin apareció el aviso de que había llegado un mensaje, Se miraron expectantes antes de que Þóra lo abriese. Los dos sufrieron idéntica decepción.
Picapleitos: vete al infierno. Llévate también a la familia Guntlieb. Sois una puta mierda. Prefiero morir antes que ayudaros.
Saludos con odio
Þóra resopló. Pues vaya. Miró a Matthew.
—¿Puede ser que esté tomándonos el pelo?
Matthew se encontró con su mirada sin saber si era ella la que se burlaba. Supuso que así era.
—Segurísimo… sin duda enviará otro mensaje con uno de esos signos sonrientes que aparecen en la pantalla, diciendo que ama profundamente a la familia Guntlieb —suspiró—. Vaya fastidio, es obvio que Harald no les hablaba demasiado bien de sus padres a sus amigos. Creo que lo mejor será olvidarnos de este individuo.