Tras degustar unas ostras con un golpe de tabasco y una pinta de cerveza de malta, papá y Chili disfrutaban burlándose de la empanada de cerdo, riéndose de que si por casualidad apareciese el mulá -lo que, desde luego, no era un hecho habitual en Sussex Castle- se la restregarían por la barba a ese cabrón y luego le meterían un kebab caliente por su culo de hipócrita. Chili se volvía pendenciero, pero papá era peor: desafiaba a la gente a echar un pulso. Chili tenía que cogerlo y llevárselo a rastras.
– ¡Yo he combatido por vosotros, cabrones, besadme la Orden del Imperio Británico! -gritaba papá, pataleando como una novia al cruzar el umbral.
Chili se llevaba a papá a pasar la tarde a Londres. Sólo Dios sabía el giro que cobraban sus escandalosas diversiones, de las que Shahid quedaba excluido. Pero tenía conocimiento, a través de Tipoo, de que habían hecho una apuesta por un «amor de uniforme». Ganaría el primero que se follara a una monja, una guardia de tráfico o una agente de policía. Había que aportar pruebas, naturalmente, un elemento del uniforme; por eso, la gorra de una guardia de tráfico era el trofeo que ocupaba el lugar de honor en el escritorio de Chili.
Pero al menos cuando estaba con papá Chili se contenía, porque le quería y tenía miedo de hacerle daño. Ahora papá ya no estaba, ¿y qué hacía Chili allí, aquella noche?
Deedee volvió con las copas del otro extremo de la barra. Chili la siguió con la mirada hasta que sus ojos negros como la Guinness se posaron en Shahid. Saludó a su hermano con la copa como si se encontraran todas las noches en el Morlock. Chili estaba a punto de levantarse cuando Strapper le puso la mano en el hombro. Empezaron a hablar, incluso a discutir, las caras próximas una de otra.
Deedee dejó las copas.
– ¿Es ese chico?
– Sí. El que está con Chili.
– ¿Tu hermano?
– Mi hermano.
– Vaya.
– Exacto.
Ella volvió la cabeza y los miró. Algunos, al pasar frente a Strapper, lo saludaban, dándole un toque. Otros le dirigían un movimiento de cabeza. Él no se inmutaba.
– ¿Se conocen?
– No creo.
– ¿Qué te pasa, no esperabas encontrarte esta noche con tu hermano?
– Ni siquiera sabía que frecuentase esta clase de sitios.
– Él podría decir lo mismo de ti. ¿Quieres presentármelo?
– Prefiero que nos marchemos. No quiero verlo.
– Pero ¿por qué?
– Sólo quiero estar contigo.
– Bien.
Estaban terminando la copa cuando Strapper y Chili se levantaron.
– ¡Demasiado tarde, joder! -exclamó Shahid.
Deedee le cogió la mano y empezó a acariciarle los dedos uno por uno.
– No es tan guapo como tú. Y no me lo imagino ruborizándose. Pero tiene las facciones finas, ¿verdad?
– ¿Sí?
– Como un cura.
Chili insistió en rodear a Deedee con los brazos, estrechándola contra sí, besándola en ambas mejillas y mirándola a los ojos.
– Hola, Chili, quienquiera que seas -dijo ella, sonriéndole a su vez.
– ¡Bueno, bueno! ¿Cómo es que traes a mi hermano pequeño a estos antros? Podría oponerme enérgicamente.
– Soy mala compañía.
– ¿Cómo te llamas?
– Deedee Osgood.
– Me gustan las malas compañías, Deedee Osgood. Cuanto peores, mejor, según mi ilustrada opinión. No es que lea mucho. Strapper sí, ¿verdad, chaval? He oído que te dedicas a la enseñanza, nena. Vamos a tomar una copa. ¿Qué bebéis? ¿Deedee? ¿Shahid?
Deedee acercó los vasos.
– Yo, nada -dijo Strapper-. No pruebo el alcohol.
– Strapper está en el rollo de la salud -comentó Chili con una risita, haciendo señas al camarero-. Nunca le he visto tan robusto. Es un anuncio ambulante de Lourdes. Dales una de tus anfetas, Strap. Este chico habla muy bien. ¿Y de cuánta gente se puede decir lo mismo?
– A tomar por saco. Pedid lo que queráis, tíos -invitó Strapper. Tenía los ojos hundidos: parecían recibir la luz, pero no la reflejaban. En comparación con unas horas antes, se mostraba circunspecto y reservado-. Domino el panorama como desde una torre.
– Eso es exactamente lo que queremos -repuso Deedee-. Subir a la Torre Eiffel.
– Eiffeliza en seguida a esta mujer maravillosamente atractiva, Strap -dijo Chili-. Se merece lo mejor y ahora mismo, zángano.
Strapper se apresuró a recoger las drogas del lugar donde las había escondido, detrás del zócalo, con objeto de resultar tan inocente como siempre si se producía una redada.
– Es buen chico -comentó Chili, rechazando con un gesto el dinero de Deedee y diciendo a Strapper-: Luego te pagaré.
Shahid rodeó a Deedee con los brazos, apartándola de la barra.
– Ahora quiero bailar.
Bailaron lento, muy juntos, aunque la música era movida y los ocupantes del pub brincaban al unísono, gritando y agitando los puños en el aire.
– Qué bien bailas -le dijo ella-. ¿Cómo te sientes?
– Mucho mejor, porque estoy contigo.
– A veces eres muy encantador, y no siempre lo simulas.
– Es cierto. Ya lo creo.
– ¿Qué es esto? -Se restregó contra él-. ¿Se te está poniendo gorda?
– Desde luego que sí.
– Podemos pasar la noche juntos.
– ¿Por qué no?
– ¡Ah, cariño, hay un pequeño inconveniente!
– Deedee.
– Se armaría un lío tremendo si los estudiantes que viven en casa se enterasen de que un alumno me está matando a polvos. Las relaciones sexuales con las profesoras no entran en el programa de estudios. Y Brownlow me sigue deprimiendo casi todas las noches con su detestable presencia, aunque repite que se va a mudar. -Le tomó de la mano y echó a andar-. Vamos.
– ¿Adónde?
– No se te puede dejar en ese estado.
Cayeron besándose contra la puerta de los servicios. En alguna ocasión había envidiado a los homosexuales que podían retirarse a cualquier cubículo, sacarse mutuamente la picha y correrse en un abrir y cerrar de ojos sin tener que estrecharse primero la mano.
Deedee le desabrochó el pantalón y le asió la polla con su cálida mano. Luego se echó saliva en la palma y empezó a acariciarle, sopesándole y apretándole los huevos con los dedos.
– Más fuerte.
– ¿No te duele así?
Ella siguió. Shahid se abandonó. Deedee se interrumpió para preguntarle:
– ¿Qué dirían tus amigos?
Él soltó una carcajada, le bajó la cremallera de los vaqueros y le metió la mano por la bragueta.
– No te pares, Deedee.
– No me excites, entonces. ¿Dirían que eres un hipócrita?
Él le sacó los dedos del pantalón y se los llevó a los labios.
– ¿Qué?
En el cubículo de al lado bajaron la tapa del retrete.
– ¿No es eso lo que eres, técnicamente hablando?
– Técnicamente hablando, hazme una paja.
– Oye, esto se me da muy bien cuando quiero. Pero dime lo que piensas hacer con ellos.
– Pues…
El ocupante del cubículo adyacente se puso a hablar por un teléfono portátil.
– ¿Qué?
– Voy a dejarlos.
– ¿Sí? Ojalá que sea verdad lo que dices.
– Pero he estado muy triste y asustado. Todo va mal.
Ella se había retirado un poco para escucharle. Shahid tenía los pantalones en torno los tobillos, caídos sobre el húmedo suelo; los calzoncillos en las rodillas y los brazos cruzados. Un hedor a vómito los envolvía.
Deedee soltó una carcajada.
– Me gusta verte así.
– Gracias.
– Pero si estás temblando.
– Por favor, Deedee. Nunca me ha gustado que me digan lo que tengo que hacer. ¡Las cosas tengo que resolverlas yo solo! No soporto que me atosiguen.
– Déjalos con Dios y que ellos te dejen conmigo. Di esto: soy ateo, blasfemo y pervertido. Dilo de rodillas en un retrete público. ¿Nunca se te ha ocurrido algo así?