– Pues lo que he dicho.
Chad sacudió la cabeza con aire de incredulidad.
Pronto resultó que las cosas ya habían ido muy lejos. Mientras se cruzaban unos con otros con los enseres de la familia, Shahid comentó el asunto con Tahira, Sadiq y Tariq. Todos estaban de acuerdo. Riaz había comunicado a Chad que se congratulaban de la medida del ayatolá, y Chad había transmitido la noticia al grupo.
Chad y Shahid se encontraron en el piso vacío.
– Eso no es todo -dijo Chad, lanzándole una mirada severa-. Hay más pruebas contra él. Nadie puede dudarlo ya.
Shahid supuso que era a eso a lo que Hat se había referido antes.
– ¿Qué pruebas?
– No voy a decírtelo ahora; hay mucho que hacer -repuso Chad, saboreando el secreto.
Para entonces, el resto del grupo, que había terminado aquella fase de la mudanza, se había reunido en torno a él.
– Ah, ¿de qué se trata? -preguntó Tahira.
Chad disfrutaba de aquel momento, pero no podía decir más; sin embargo, tenía que ofrecerles algo.
– Lo único que puedo decir, sólo para orientar vuestra curiosidad, es que hemos recibido una señal milagrosa.
– ¡Una señal! -aplaudió Tahira-. ¿Qué suerte tenemos? ¿De qué clase?
– Una flecha.
– ¿Una flecha? -repitió Shahid.
– Sí, una flecha que apunta directamente al autor.
– ¿Qué tipo de flecha? -quiso saber Hat.
– ¡No seas idiota! ¡Cuántos tipos de flecha hay, joder! -exclamó Chad que, a punto de insultar a Hat, se contuvo ante la sonrisa de advertencia de Tahira-. Sólo diré una cosa. Es una flecha en forma de fruto.
Se quedaron pensándolo.
– Será un plátano -concluyó Hat.
– No, no es un plátano. ¡Te voy a dar un guantazo que te va a volver la cara del revés!
Cerraron la camioneta, condujeron unos tres kilómetros y, dirigidos por la aliviada mujer, lo desembalaron todo en un piso casi idéntico de un barrio bengalí. Luego, cuando se cansaron, Chad les mandó subir a la camioneta vacía. En vez de conducirlos a casa, los llevó a las afueras del norte de Londres.
Tras recorrer unos kilómetros en un tenso silencio, Chad anunció:
– Esto es estrictamente confidencial, pero creo que ya puedo revelaros que la flecha es una berenjena de huevo.
– ¿Cómo?
– Escucha y calla.
– ¿Qué es una berenjena de huevo? -inquirió Hat-. ¿Cómo se puede plantar un huevo?
– Échate la cremallera, Farhat -le ordenó Tahira.
– ¿En qué se parece una berenjena a una flecha? -preguntó Shahid.
– ¡Pandilla de estúpidos! -gritó Chad, quitando las manos del volante y llevándoselas de golpe a las orejas.
La camioneta se desvió al centro de la carretera y ellos le gritaron que de vez en cuando mirase por el parabrisas.
– ¡Entonces, escuchadme! ¡No creéis problemas a vuestro hermano!
Les contó que, al partir una berenjena, un devoto matrimonio del lugar descubrió que Dios había grabado palabras sagradas en la esponjosa pulpa. Mulana Darapuria había confirmado que la berenjena era un símbolo sagrado.
– Y la hemos expuesto -concluyó Chad.
– ¿Dónde?
Chad señaló hacia adelante.
– Estoy autorizado para comunicaros que nos estamos acercando al sitio donde se expone la berenjena.
Chad añadió que Riaz había organizado una cuadrilla de hermanos que, en colaboración con algunos entusiastas de la localidad que ya se encontraban en sus puestos, vigilaban la puerta de la casa para garantizar el orden entre la muchedumbre y para evitar que la prensa asumiera una actitud sensacionalista sobre el mensaje divino, que se estaba borrando rápidamente. Como en el piso donde habían montado guardia, se organizarían turnos.
Shahid vio que Riaz los estaba esperando con otros hermanos y hermanas de la universidad que vivían en la zona. El grupo de Chad entró en fila en la casita del extrarradio. En la habitación de la entrada, guiñando los ojos, Shahid observó la reseca pulpa de la berenjena. Hat, Tariq y Tahira estaban a su lado.
– Puedo leerlo -anunció Tahira-. Dios me ha concedido la visión.
– ¿Lo ves tú, Hat? -preguntó Shahid.
Dio la impresión de que Hat asentía.
Shahid salió fuera a tomar el aire y se apoyó en un muro frente a la casa. Resolvió no entrar de nuevo y volver a su habitación. Se dirigía a la parada del autobús cuando se encontró con Riaz, que daba vueltas ansiosamente, con los párpados enrojecidos por la tensión. Pareció alegrarse de ver a Shahid.
Shahid se dio cuenta de que era muy raro ver a Riaz solo; incluso cuando trabajaba en su escritorio siempre había alguien con él.
– Assalam aleikum -le saludó.
– Salam, hermano.
Observaron en silencio al gentío. Shahid pensó en lo que quería decirle, ahora que tenía oportunidad.
El excitado pero paciente público hacía cola de cuatro en fondo a lo largo de la cerca de varias casas adosadas e idénticas. No hacía calor, y muchos iban bien abrigados. Podían estar haciendo cola para ver una película india, pero entonces no habría habido tantos ancianos con aspecto de salir únicamente para visitar a los parientes, asistir a un entierro o presenciar un milagro. Había un ambiente festivo, además, y se saludaban a gritos, paseaban, chismorreaban.
Un anciano a quien Shahid conocía del consultorio de Riaz dejó la cola y se acercó a ellos, quejándose de que los ricos de la localidad -propietarios de restaurantes, importadores, dueños de prósperas tiendas de aparatos eléctricos y de artículos deportivos-habían llegado a la Casa del Milagro conducidos por sus chóferes. O habían aparcado en doble fila dirigiéndose tranquilamente a la casa y saltándose la cola.
– Fijaos, mirad.
Una pareja estaba haciendo lo que acababa de describir. El hombre, rechoncho, llevaba una camisa blanca como de seda y unos pantalones negros, muy ajustados. Tenía gafas refractantes, una cadena en el cuello, un anillo en la oreja y una gruesa pulsera, todo de oro. Un manojo de llaves se balanceaba de su cinturón de piel de cocodrilo. Con el pelo peinado en una densa masa sobre la cabeza, teñido de alheña, parecía que le hubieran colocado una hogaza de pan en el cráneo a guisa de corona. La mujer, de tez más clara que el hombre, llevaba una ajustada camiseta rosa, vaqueros blancos y zapatos blancos de tacón. Sin joyas, porque no podía competir con el marido.
Shahid afirmó que los suyos y él harían lo posible para evitar ese comportamiento.
– ¿Lo matarías por escribir un libro? -preguntó súbitamente a Riaz.
Riaz tenía poca presencia física. Shahid se lo imaginó en el colegio, en un rincón del patio de recreo, con la cara entre las manos, tratando de esquivar los golpes de los abusones.
– Sin remisión. Es lo menos que le haría. ¿Sugieres que no es justo?
– Me revuelve un poco las tripas.
– ¿Y por qué?
– Es un hecho muy violento.
– A veces hay violencia, sí, cuando se comete una maldad.
– Pero ¿no predicamos el amor, hermano?
Riaz le puso la mano en la espalda; se alejaron de la casa.
– ¿Eres anarquista?
Shahid titubeó.
– No creo.
– ¿Y entonces? Para integrar los diversos elementos, en la sociedad tiene que haber orden. Todos estamos indignados.
– Lo sé, pero…
– ¿Es que no estás con tu gente? Míralos, vienen de aldeas, son medio analfabetos y aquí no los quieren. Continuamente sufren la pobreza y el insulto. ¿Acaso no tenemos que darles voz en este país donde presuntamente impera la libertad de expresión? ¿No somos, al fin y al cabo, los afortunados?
– ¿Afortunados, hermano?
– Somos personas de cierta instrucción. No estamos esclavizados, día y noche, en una tienda o una fábrica. Pero eso significa que tenemos otras tareas, ¿no? No podemos olvidarnos de nuestra gente y vivir sólo para nosotros.
– No.
– Y si lo hiciéramos, ¿no significaría eso que habríamos asimilado por completo la moral occidental, que es absolutamente individualista?