– Es una lástima -resopló la mujer-. Aunque supongo que, al menos, podría decirme qué le contó la esposa del señor Faber al agente de la NSA que la ha entrevistado. ¿Sabe si hablaron del Arca? ¿Les dijo algo de la secreta obsesión de su marido por esa reliquia bíblica?
Hale no apreció sombra de ironía en sus preguntas. Es más, sabía que si no respondía de manera convincente, todo podría ir a peor.
– Me temo que su conversación fue más prosaica de lo que se imagina, señorita Watson -dijo al fin.
– ¿Prosaica?
– Mi agente no tuvo tiempo para conversar a fondo con ella. Sufrió un pequeño… -Hale se esforzó por encontrar la palabra menos mala- contratiempo.
– ¿Qué clase de contratiempo?
Los ojos de Jenkins brillaron.
– De momento sólo dispongo de detalles confusos -admitió a regañadientes-. Pero justo antes de reunirme con ustedes recibí una llamada del agente que enviamos a Santiago, el comandante Nicholas Allen, y sus noticias no son buenas.
– No lo entiendo -protestó Ellen.
– Eso es porque ustedes no saben que esta noche el coronel Allen intervino in extremis en un tiroteo que, al parecer, pretendía acabar con la vida de la señora Faber.
– ¿Han intentado matar a Julia Álvarez?
– No se alarmen. Nadie salió herido. El caso es que ella quedó bajo la protección de nuestro hombre y…, bueno…, lo más acertado que puedo decirles es que, mientras conversaban, ambos fueron objeto de un ataque de clase EM. Allen quedó fuera de combate durante una hora y la mujer ha desaparecido. En estos momentos se ha cursado una orden para buscarla.
– ¿Un ataque EM? ¿Electromagnético? -Tom Jenkins no salía de su asombro-. ¿En una zona urbana de España? ¿Está usted seguro? Eso es casi como acusar a los rusos de utilizar armas nucleares de baja potencia para asaltar un supermercado en New Hampshire.
– Entiendo que les parezca raro. El uso de armas electromagnéticas está restringido a campos de pruebas del Departamento de Defensa, pero varios países hostiles conocen sus rudimentos. De hecho, si usted echa un vistazo a Internet se llevará la impresión de que son de dominio público.
– No veo adonde quiere llevarnos, señor Hale -protestó Ellen, sin perderlo de vista.
– La NSA cree que un enemigo de los Estados Unidos está cocinando un guiso no autorizado a nuestras espaldas -farfulló-. Un gran guiso.
– ¿Y violaría algún otro secreto si fuera un poco más específico sobre la identidad de ese enemigo fantasma, señor Hale? -ironizó Watson.
Aquel tipo bajito y desagradable se acarició la calva nervioso.
– Lo que voy a decirles no debe salir de aquí -advirtió, severo-. ¿Me han entendido?
– Claro -sonrió Ellen.
– Se lo explicaré de la forma más sencilla posible, señora. Mi agencia cree que alguien con capacidad para operar armas EM portátiles se interesó por Faber en Turquía y Armenia. El escenario que barajamos es que primero lo quitaron de la circulación. Y ahora han hecho lo mismo con su mujer.
– ¿Y cree que eso tiene alguna relación con las «anomalías del Ararat»? -lo atajó Jenkins.
– No lo sabemos.
La mujer también lo presionó:
– Y, según la NSA, ese enemigo tan bien armado es… ¿el PKK? ¡No me joda!
Richard Hale, sudoroso, señaló entonces las carpetas con el emblema de la CIA que les había dejado sobre la mesa justo antes de empezar la reunión.
– Es todo lo que puedo entregarles por ahora -dijo-. Si echan un vistazo a esa documentación, encontrarán un informe completo sobre las circunstancias que rodearon la desaparición del agente Faber. Aunque parece poco probable que supieran que Faber fue uno de los nuestros, todo apunta a que fue obra del PKK
– ¿Quiere hacernos creer que un grupo de separatistas kurdos, que apenas tienen dinero para comprar balas para sus kalashnikovs, disponen de un arma de alta tecnología?
La reflexión de Jenkins lo acorraló un poco más.
– No deberíamos subestimarlos.
– ¿Qué quiere decir exactamente?
– Quizá detrás del PKK se esconda alguien muy superior táctica y tecnológicamente.
– ¿Quizá? ¿Lo suponen o tienen alguna prueba?
– Échenle un vistazo al informe -insistió-. Encontrarán un detalle que…, hum…, podría apoyar esa idea. Martin Faber fue secuestrado durante un monumental atasco de tráfico en la carretera que une Bazargan, en Armenia, con el asentamiento fronterizo de Gürbulak. Es un área montañosa de difícil acceso, salpicada de pequeñas aldeas, con la frontera cerrada oficialmente desde 1994 y que posee una densidad de población minúscula. -¿Y?
– Nuestras fuentes subrayan que el día de su desaparición, sin causa aparente, un apagón total dejó sin energía a toda esa área.
– ¿Un apagón total? -Los ojos azules del asesor presidencial relampaguearon a la luz del encendedor.
– No se trató de un simple corte del fluido eléctrico -matizó Hale-. El atasco de tráfico se produjo porque algo detuvo los motores de todos los vehículos en un radio de treinta kilómetros. Y lo mismo sucedió con repetidores de telefonía móvil que cuentan incluso con baterías suplementarias para emergencias. Y lo que es aún más raro: también afectó a las telecomunicaciones vía satélite, las radios de policía, bomberos, hospitales y hasta la torre de control del aeródromo de Igdir, en territorio turco. Fue como si se hubiera abierto un paraguas electromagnético sobre un área de cincuenta kilómetros cuadrados que impidió el paso de todo suministro energético durante varias horas.
– Quiere decir algo parecido al «Efecto Rachel» -murmuró Ellen al oído de Hale-. Ha oído hablar de eso, ¿verdad?
Richard Hale se quedó estupefacto. Aquella gente sabía más de lo que había estimado.
– ¿Conoce el Efecto Rachel? -masculló.
El término remitía a una vieja historia de la segunda guerra mundial. Se suponía que precisamente él debería estar más al corriente de ese episodio que ninguno de sus colegas. Hale había publicado años atrás un artículo sobre el tema en una revista de inteligencia. Según recordaba, en junio de 1936 Rachel Mussolini, esposa del dictador italiano, tenía previsto pasar unos días en Ostia, cerca de Roma, cuando su vehículo oficial se quedó sin potencia en medio de un colapso circulatorio de proporciones épicas. Su marido se lo había advertido medio en serio medio en broma poco antes de que dejara el palacio de gobierno: «No me extrañaría que te llevaras una gran sorpresa durante tu excursión de hoy, querida.» Y la tuvo. Ninguno de los esfuerzos del chófer por revivir el coche sirvió de nada. El parón duró casi una hora y afectó a todos los vehículos que circulaban en ese momento cerca de ella, hasta que en una sincronización inexplicable todos los motores se pusieron en marcha a la vez. Un informe posterior de II Duce atribuyó el fenómeno a ciertos experimentos que en ese momento realizaba Guillermo Marconi en la zona. Y es que, al parecer, mientras el padre de la radio investigaba frecuencias de emisión de largo alcance había tropezado con una suerte de «rayo de la muerte» que Mussolini primero y la Administración Truman después quisieron monopolizar para uso militar. Se trataba de un simple ancho de banda capaz de interferir en cualquier motor de explosión, civil o militar, terrestre, aéreo o náutico. Entre los aliados se llegó a pensar que aquel «rayo» fue también el responsable de la muerte de cientos de animales de pequeño y mediano tamaño alrededor de la granja de Marconi. Animales cuyo oído más sensible que el humano recibió la señal, los desorientó y los mató de un derrame cerebral. De hecho, ese efecto colateral habría impresionado tanto a Marconi que detuvo en seco todas sus pruebas.
– El Efecto Rachel… -asintió Hale-. Hace años que nadie lo menciona, señora. Pero, ahora que lo dice, lo de Santiago de Compostela y el apagón de Bazargan podrían tener un origen parecido.