– O firman todos, o ninguno recibirá un euro -dijo, como si ellos tuvieran la culpa de algo.
Y es que el misterioso tritón que los había ensartado como a una sardina era el mástil fotónico de alto secreto de un monstruo de ciento quince metros de largo con nombre propio. Un submarino nuclear de la novísima clase Virginia, bautizado como USS Texas, y al que el Departamento de Defensa de Estados Unidos había dado la orden de acercarse a las costas de Vigo, en aguas de la OTAN, para una maniobra de rescate de la que ni siquiera su almirante llegaría nunca a tener los detalles exactos.
Cuando todo ocurrió, en el interior del Texas las luces rojas de alarma saltaron nada más rozar al Sirena de Latín. Pero ya era tarde.
– Es inexplicable, señor -se hacía cruces el responsable del sonar tridimensional de a bordo-. Ningún sensor ha detectado nada. Debemos de haber sufrido algún tipo de contramedidas electrónicas.
– ¿Y afectará eso a nuestra operación en tierra?
La pregunta del capitán estaba cargada de urgencia.
– No, señor. El desembarco puede hacerse ahora mismo si quiere. Ni el sistema de comunicación ni las compuertas se han visto afectadas.
– Excelente -suspiró-. Ordénelo.
Ocho minutos después de aquella conversación, la tripulación del Sirena de Latín flotaba a la deriva sobre los restos de su barco mientras contemplaba atónita cómo parte de la cubierta del USS Texas se abría con un zumbido sordo, dejando al descubierto una lancha motorizada a la que saltaron seis hombres armados con fusiles de combate compactos M4A1, lanzagranadas, cascos y viseras electrónicas.
Ninguno se detuvo a echarles un vistazo compasivo. Abordaron su vehículo rápido y se perdieron a toda prisa rumbo a la costa española dejando atrás imprecaciones e insultos en un idioma que no entendían.
Capítulo 63
Artemi Dujok abandonó por un momento la nave de Santa María a Nova para dar algunas instrucciones a los hombres que hacían guardia en el exterior. No me hizo falta entender su idioma para imaginar qué les estaba ordenando: que recogieran sus armas, avisaran al helicóptero y prepararan nuestro regreso. El trabajo en Noia había concluido.
Por fortuna, la operación había sido limpia, fructífera y breve. No habíamos causado daño alguno al recinto histórico -salvo el forzamiento de dos cerraduras perfectamente reparables- y había quedado patente que cargar con aquellas armas había sido un exceso por su parte. Sobre todo, teniendo en cuenta el fatal diagnóstico que Dujok dio para el único «enemigo» que podría habernos interceptado: el coronel Allen.
Sé que parecerá extraño, pero en ese instante me sentí en paz por primera vez en horas. Estaba agotada por la tensión. Las carreras, los nervios y no saber nada de Martin habían consumido casi todas mis fuerzas. Y ahora que el panorama comenzaba a clarear, mi mente empezaba a suministrarme las primeras endorfinas de complacencia.
En medio de esa súbita felicidad, oír a Dujok definirse como maestro de Martin me recordó algo que ocurrió años atrás. En Londres. Justo en aquel tiempo excitante que siguió a nuestro matrimonio y que estuvo lleno de tantas confidencias. Una de las pocas que Martin me confió sobre su pasado estuvo relacionada, precisamente, con algo que le ocurrió en una explanada del norte de Turquía, no muy lejana al lugar al que pronto nos dirigiríamos. El suceso tuvo lugar el día en el que conoció a su sheikh particular, una palabra de origen árabe que quiere decir «tutor» o «sabio», y que sólo ahora empezaba a comprender.
Aquella amistad se inició la única vez que Martín fue llevado en contra de su voluntad a un paraje inhóspito, y el mismo día en el que perdió a un compañero de viaje. Su colega -decía- era un tipo duro, resistente, que se volatilizó delante de sus ojos, en medio de una tormenta de montaña. «Ya sabes -me dijo-, una de esas borrascas bruscas que sólo se producen en altura y que siempre traen desgracias.» De hecho, si su colega murió entonces o no siempre fue una incógnita para él. «Aquella tempestad, chérie, no fue normal.» Martin dijo que se les presentó sin avisar; tenía el aspecto de una pared gris, casi sólida, que emergió de las profundidades de la tierra y que ascendió hasta situarse junto a ellos. Mi marido me la describió con el horror dibujado en el rostro. Habían pasado muchos años desde el incidente, pero todavía tenía pesadillas con aquel mar de polvo y piedras que se izó contra ellos. Temblaba con sólo evocarlo. Ese día, me explicó, por primera vez el mundo se volvió incomprensible para él. Extraño. «Como en las tormentas magnéticas de las películas de ciencia ficción», dijo.
Entonces soltó su «secreto».
Me contó que en medio de aquel caos, unos brazos rígidos, de acero, lo elevaron por las axilas y lo zarandearon sin miramientos. No había visto máquinas en los alrededores ni nada que justificara algo así. E insistió en que aquello no fue un sueño o una alucinación. Que llegó a vislumbrar incluso al propietario de aquellas extremidades. Las guiaba un rostro inhumano, geométrico, de ojos rojos y sin expresión, que de algún modo lo estaba incitando a luchar.
«Como Jacob y el ángel, ¿recuerdas?», añadió. Pero a Martin no le quedaban fuerzas para resistir. Desorientado y entumecido, reptó hasta el borde de un precipicio intentando huir de su atacante. No lo consiguió. Y en vez de escapar de la tormenta y de aquella especie de monstruo mecánico, se arrastró hacia él por error. Cuando quiso corregir su decisión ya era demasiado tarde: se había metido en una suerte de cueva eléctrica. Flotaba en medio de ninguna parte entre chispas y relámpagos que zigzagueaban a su alrededor.
El relato de Martin se detuvo ahí. Creo que le asustaba tener que dar más detalles. O tal vez no los recordaba. De hecho, las pocas veces que le saqué el tema después de su primera confesión, siempre se aferraba a una misma idea. Que salvó la vida gracias al factor omnipresente en su vida: John Dee. Ni que decir tiene que estaba obsesionado con él. Y lo entiendo, por lo que ahora referiré.
En la guarida del monstruo, acaso en su vientre, un pequeño detalle le hizo pensar en el mago de Mortlake. Antes de caer inconsciente, Martin fue arrastrado por aquel torbellino hasta un saliente de roca al que se aferró con todas sus fuerzas. Y grabado en él, creyó adivinar un símbolo que enseguida le resultó familiar: T Descubrir aquella cifra de Dee en una roca tan cerca del Ararat lo ayudó a recordar un ensalmo aprendido de su tía Sheila. Uno de los empleados por el mago para conjurar tormentas.
Martin lo había repetido tantas veces que, aunque exhausto, logró reunir la fuerza necesaria para pronunciarlo de nuevo:
«Dooaip Qaal, zacar, od zamram obelisong» -vociferó con toda su alma.
Sus palabras fueron arrastradas por el viento y sofocadas como si nunca hubieran salido de su boca. Entonces, cuando estaba a punto de repetirlas de nuevo, algo cambió.
Fue como si las chispas que lo rodeaban dudaran un segundo de su propósito.
«Dooaip Qaal, zacar, od zamram obelisong!» -repitió animado.
Y lo hizo una vez más.
Tras la tercera repetición, sus palabras provocaron una reacción perceptible. Fue como si aquella especie de «ábrete, Sésamo» hubiera accionado un interruptor y todo cesara como lo hacen las pesadillas. Salvo que en esta ocasión todo había sido real. Su cuerpo estaba herido, presentaba quemaduras de diversa consideración y apenas le quedaban fuerzas para respirar. Cuando vio que el campo eléctrico que lo había apresado ya no estaba, se desplomó.