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– Limítese a darme los resultados -ordenó Bollinger-. Y hágalo rápido.

Nueve minutos más tarde, las veintiocho antenas de doscientas treinta toneladas cada una del VLA giraban como una sola hacia el este, apuntando en ángulo al horizonte oriental. Entonces, la red computacional hizo una operación poco común al fijar la región circundante a la Tierra que estaba dejando escapar la señal captada por los satélites de la Agencia Nacional de Seguridad. Para asombro del doctor Gómez, el sistema halló enseguida lo que buscaba. Durante los siguientes diecinueve minutos, y desde el mismo momento en que sintonizaron la frecuencia, una potente señal de mil vatios se coló en su analizador de espectros. Obediente, la computadora la registró. Era una emisión singular. No había duda. Pero el cerebro electrónico hizo algo más: calculó la dirección a la que estaba enfocada.

El técnico ladeó la cabeza.

– No puede ser.

Gómez repitió la operación de nuevo. Orientó las antenas. Calibró el ordenador. Ubicó el rebote residual de la señal en la capa Heaviside de la ionosfera por segunda vez y analizó su rumbo. Pero el resultado siguió siendo el mismo: era una señal potentísima, de origen desconocido y sin apenas pérdida energética. Ya no había margen para la duda. Aquella especie de chorro electromagnético estaba apuntando directamente… al Sol.

– ¿Al Sol? ¿Está usted seguro?

La cara bronceada de Bollinger al recibir la llamada de su ingeniero palideció.

– Le están enviando una señal modulada en la frecuencia del hidrógeno, doctor Bollinger. De eso no hay duda. Y lo más curioso es que el Sol parece responder con una emisión de características similares. Si no supiera que es imposible, diría que están conversando.

Andrew Bollinger sintió un escalofrío.

– ¿Ha logrado averiguar si es una señal secuenciada?

– ¿Se refiere a si puede ser inteligente?

– Sí.

– No, señor. Eso llevará más tiempo.

El director del VLA se quedó un minuto con la mirada perdida en el póster del Sistema Solar que tenía colgado delante de su despacho. Un enorme globo rojo situado a la izquierda llenaba la mitad de la imagen. El artista lo había representado con enormes llamaradas de helio saltando al espacio y lamiendo la superficie de un minúsculo e indefenso Mercurio. «El Sol contiene el noventa y ocho por ciento de la materia del Sistema Solar», rezaba la frase impresa justo debajo. A Bollinger esa afirmación le parecía ahora una amenaza.

Era extraño. Afuera, en el campus del Instituto de Minería y Tecnología de Socorro, estaba a punto de entrar el invierno. Había llovido más que de costumbre aquel otoño y Bollinger, como todos, anhelaba que el Sol se asomara por compasión para retrasar la llegada de los fríos.

De repente, había dejado de desearlo.

Se sentó frente a su ordenador y redactó un correo electrónico para dos destinatarios. «Ojalá me equivoque», pensó. En Colorado Springs, el Escuadrón Meteorológico número 50 de la Fuerza Aérea tenía toda una división dedicada al clima espacial. Y en Greenbelt, Maryland, no muy lejos de la Casa Blanca, el Goddard Space Flight Center también. Si se hubiera producido alguna clase de alteración en el comportamiento del Astro Rey en las últimas horas, cualquiera de ellos la habría detectado ya. Sólo sus científicos podrían tranquilizarlo. La primera y única ocasión en la que él había visto a una piedra «hablar» fue poco antes de la gran tormenta solar de 1989. Aquella que dejó a oscuras Quebec y produjo pérdidas en satélites y redes eléctricas por valor de varios miles de millones de dólares. Incluso el accidente del petrolero Exxon Valdez, que derramó treinta y siete mil toneladas de combustible en Alaska, pudo haberlo provocado un fallo de su sistema de navegación a resultas de las erupciones del Sol. Si, según el presidente, otras piedras estaban «hablando» ahora, no era para tomárselo a broma.

Él sabía que cada vez que el Sol estornuda, lanza al espacio billones de toneladas de plasma. A una velocidad de 1 500 kilómetros por segundo -unos dos millones de millas por hora-, su carga podría tardar de dos a tres días en impactar con la Tierra. Era mejor estar preparado.

«Urgente -tecleó-. ¿Han detectado alguna EMC en las últimas horas?»

Aquellas tres siglas lo sumieron en una profunda inquietud. Eyección de Masa Coronal. La peor de las reacciones que podría sufrir la estrella más cercana a nuestro mundo.

Ya sólo le quedaba esperar.

Capítulo 85

La cabeza iba a estallarme.

Tras siete horas y cuarenta minutos de vuelo -y de soportar el zumbido monocorde de las aspas, los pitidos de aviso cada vez que atravesábamos una zona de vigilancia de radar o las conversaciones mecánicas autorizándonos a entrar en los espacios aéreos de Francia, Italia y Grecia-, me sentía como si me hubiera quedado atrapada en una montaña rusa. Apenas había podido dormir. Estaba cansada de soportar giros, requiebros y turbulencias, y mi resistencia física amenazaba con extinguirse de un momento a otro. Por suerte alcanzamos nuestro objetivo en el extremo nororiental de Turquía antes de que eso sucediera. El aparato aterrizó en algún lugar no identificado casi sin que me diera cuenta de lo que hacía. Yo tenía la espalda destrozada. Mis neuronas no eran capaces de procesar un bit de información más y mi único anhelo era dormir en una cama como Dios manda.

Quizá por eso Artemi Dujok retrocedió sobre sus pasos y me propinó un buen golpe en el hombro para que reaccionara.

– ¡Camine! ¡Ya falta poco! -me alentó.

Ya era noche cerrada en Turquía. Una noche negra, fría y tachonada de estrellas. Habíamos descendido con los motores del Sirkovsky en «modo silenciador» unos minutos antes, a apenas trescientos metros de nuestro objetivo, y ahora, protegidos por el mutismo y la soledad infinita de aquel páramo, nos proponíamos asaltarlo. Yo caminaba como una zombi, a la cola del grupo, arrastrando los pies de mala manera, ajena a las rachas del viento gélido y seco que me cruzaban la cara.

No quería dar un paso más. Y menos hacia ese punto que Dujok había descubierto en su ordenador y que tenía el aspecto de un cráter sin fondo.

Asustaba.

Pese a mi aturdimiento, tenía bien presente el dichoso agujero y cómo apareció en su pantalla, en Noia, cuando trianguló la posición de la adamanta de Martin. Fue él quien me explicó que su nombre geográfico era cráter de Hallaς. Pero saberme ahora tan cerca de sus bordes afilados, a oscuras, y pese a las gafas de visión nocturna y las prendas de abrigo que nos había facilitado el armenio, me llenaba de inquietud. Razones no me faltaban. Esa depresión debía de tener unos cuarenta metros de caída vertical. Era un hoyo perfecto de paredes vitrificadas por el calor. Una trampa sólo accesible a un buen equipo de escalada que yo no veía por ninguna parte. Así pues, ¿cómo demonios íbamos a descender ahí sin dejarnos la piel por el camino?

– Si vamos al cráter, yo no… -susurré a Dujok, preparándome para lo peor.

– No vamos al cráter, señora, sino al edificio que está junto a él. La señal de Martin partió de ahí.

Su aplomo me provocó un escalofrío.

– ¿De… ese edificio?

La nueva perspectiva tampoco me sedujo. A unos cien metros de donde nos encontrábamos, descendiendo por una suave ladera, se levantaba un inmueble fortificado de tamaño considerable que daba la impresión de llevar abandonado algún tiempo. Pese a la falta de luz, en sus paredes se apreciaban erosiones que me parecieron impactos de bala. Yo no era una experta en eso, pero me había encontrado con marcas parecidas durante mis restauraciones. La guerra civil había dejado como un colador a muchas parroquias de Galicia.