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El día 25 de agosto de 1944 capitulaban los alemanes en París; los días 24 y 25 Rumania, Bulgaria y Finlandia rompían su alianza con Hitler y, poco después, solicitaban el armisticio; los aliados se apoderaban de toda Francia y penetraban en Alemania y en los Países Bajos, donde sufrieron el descalabro de Arnhem, que frenó el avance en el oeste, concediendo un respiro a Hitler. Un respiro muy leve, porque las tropas alemanas perdían los Balcanes y Grecia, mientras los soviéticos penetraban en Checoslovaquia y Hungría y los aliados franqueaban las defensas alemanas de la «Línea Sigfrido». En el Pacífico, los norteamericanos desembarcaban en las Filipinas y los británicos ganaban terreno en Birmania… pero Hitler ya no prestaba atención al frente del Pacífico: consideraba que los japoneses eran unos aliados egoístas y desleales, cuya política hacia la Unión Soviética había perjudicado sensiblemente a Alemania.

El clima derrotista llegaba al propio cuartel general de Hitler, una de cuyas secretarias anotó en su diario:

«Era enervante contemplar cómo el hombre, que de un plumazo podía terminar con tantos sufrimientos y miserias, yacía postrado en su lecho, observándonos cansinamente mientras todo se hundía a nuestro alrededor.»

Pero Hitler, enfermo y envejecido, seguía fantaseando con sus victorias y ordenaba reclutar a cuantos pudieran empuñar las armas, incluidos hombres de más de cincuenta años y niños de quince y dieciséis, alistados en la Volkssturm y en las Juventudes Hitlerianas. De esta manera, a comienzos de diciembre de 1944, contaba con un ejército de más de cuatro millones de soldados, aunque de calidad muy inferior a los que tuvo entre 1941-1943, con adiestramiento superficial y peor armados, pues su cobertura aérea era insignificante en esta época.

Con estas nuevas tropas y gracias al descenso de la actividad aliada en todos los frentes, Hitler volvió a reunir fuerzas importantes y decidió jugarse su última carta. Sus generales veían en aquellas reservas el instrumento ideal para asestar un mazazo a alguno de los ejércitos soviéticos que se habían situado en peligrosos salientes ya en tierras alemanas o, quizá, el martillo con el que castigar a los aliados occidentales cuando tratasen de cruzar el Rin. Hitler no creía en una cosa ni en otra, pues sabía que aquellas fuerzas se desgastarían con suma rapidez en uno u otro frente, logrando, en el mejor de los casos, retrasar un mes la derrota definitiva. Su propuesta era mucho más osada e imaginativa: volvería a intentar su suerte en las Ardenas; rompería el débil frente aliado protegido por el frío invernal y las habituales nieblas que cubren esa región en diciembre, y luego giraría hacia el mar, copando a un millón de soldados aliados en los Países Bajos. Tamaña victoria quizá le permitiera negociar una paz por separado con los anglo-norteamericanos y, luego, volcar todos sus efectivos sobre las tropas soviéticas, cuyos excesos contra la población civil eran consonantes con los cometidos por los alemanes en sus ofensivas de los años anteriores. Hitler soñaba despierto, pero en algo sí tenía razón: su victoria en las Ardenas, como mínimo, dejaría fuera de combate a los aliados durante un semestre.

El ataque alemán comenzó en la madrugada del 16 de diciembre y constituyó una completa sorpresa para los norteamericanos que, acometidos por fuerzas muy superiores, cedieron en casi todos los sectores; pero pronto quedaron al descubierto los muchos puntos débiles que tenía aquel «todo o nada» que se había jugado Hitler: faltaba combustible, municiones, reservas y adiestramiento y se había supuesto que las tropas norteamericanas resistirían menos, que huirían presas del pánico. Como ello no ocurrió, la ofensiva fue embotándose poco a poco hasta paralizarse casi por completo el 23 de diciembre, fecha en que se despejaron las nieblas y se levantaron las nubes, permitiendo la actuación de los aviones aliados. En ese momento se terminaron las pequeñas posibilidades de éxito que habían tenido los alemanes. A medio camino de sus objetivos, recibieron tan tremendo castigo desde el aire que les obligó a replegarse al concluir el año. Los aliados hubieron de lamentar 77.000 bajas y la pérdida de 733 carros de combate y 592 aviones; los alemanes, por su parte, sufrieron 82.000 bajas y perdieron 324 carros de combate y 320 aviones. La tremenda diferencia radicaba en que los aliados repondrían sus pérdidas en un mes; para la Wehrmacht, era el «canto del cisne».

AL FRENTE EN TRANVÍA

El agotamiento alemán quedó claro en pocos días. El 12 de enero de 1945 comenzó el gran ataque soviético en el puente de Varanov, Polonia, dando la señal de avance a cinco grupos de ejército, con unos tres millones de hombres desplegados a lo largo de 1.200 km, desde Lituania hasta Hungría. La Wehrmacht hubo de combatir en una inferioridad de 1 a 2 en infantería, de 1 a 3 en carros de combate, de 1 a 5 en artillería y de 1 a 12 en aviación. El resultado podía preverse: el 6 de febrero los soviéticos habían ocupado toda Polonia, Prusia Oriental, parte de Pomerania y se hallaban a 50 km de Berlín. Aquel veloz avance originó uno de los éxodos civiles más terribles de la Historia. Ocho millones de personas, según el historiador militar Eddy Bauer, se lanzaron a las carreteras, con temperaturas que incluso alcanzaron los 25° bajo cero, causando un formidable atasco que terminó por atrapar al ejército en retirada. Millón y medio de personas nunca alcanzaron la ribera oeste del río Oder-Neisse, quedando tiradas en las heladas cunetas, víctimas del frío, de la metralla soviética o arrollados por la inmensa marea humana que huía presa del pánico. Más de 300.000 soldados alemanes perecieron en aquellos días, librando desesperados combates defensivos y más de 500.000 fueron hechos prisioneros y deportados a Siberia, de donde apenas retornaría la décima parte. El responsable de aquella catástrofe fue Hitler. Guderian, que había sustituido a Zeitzler al frente del Estado Mayor, pidió al Führer que ordenase la retirada de los efectivos alemanes en Curlandia y Noruega, cerca de 800.000 hombres bien armados, para defender las fronteras de Alemania. Hitler enloqueció ante tal propuesta, asegurando que las cifras de los efectivos soviéticos eran sencillamente una falsedad inventada por el servicio de información alemán y que la demanda de Guderian era un disparate, pues se perderían las armas pesadas de aquellos ejércitos. De nada valieron las argumentaciones del general; sencillamente, Hitler se obstinaba en mantener sus esperanzas de victoria y aquellas retiradas eran la renuncia a su loco sueño.