Veo a Z. agitarse en el sueño; se pone y se quita de encima la manta ligera como puede (el maldito pie derecho no logra encontrar el hueco entre las sábanas, como si continuamente le hicieran la estúpida broma de los reclutas, «el saco»); los pómulos están rojos en la cara pálida; la respiración, a pesar de las almohadas añadidas, muy agitada.
Regreso aquí desde cada vez más lejos y necesito cada vez más tiempo para despejarme, para hacerme la despierta.
Traigo de esos viajes los regalos que me han hecho: una imagen, un sueño, una palabra.
Hoy la palabra es aquella con la que se reconocen todos los venecianos diseminados por su personal diáspora: «combàter». Que luego quiere decir sencillamente «combatir» y cierra una frase cuyo significado suena más o menos así: «No te preocupes de combatir», «Déjalo, no hay nada importante». El equivalente, si se quiere, del picaresco «chissene» que se dice en dialecto romano, su versión blanda y elegante, el melancólico presagio de una ciudad destinada a convertirse de Dominante en Disneylandia, el arañazo inofensivo de un León que se ha cortado las uñas.
Mis seres queridos vuelven a entrar en el cuarto. Antes, creyendo que seguía durmiendo, habían salido para hablar. ¿De qué? Creo que lo sé. Se preguntaban confundidos qué debían hacer, a quién llamar.
Oh realmente queridos, a los que he comprendido y que me han comprendido tarde, aunque, por suerte, no demasiado tarde. Mi marido, que durante años me acosó con celos de siciliano, ahora me mima como una madre que contenta a su niña caprichosa, pero a la vez no me niega el reconocimiento de mi feminidad. Mi hija, que creía que me consideraba tan sólo una pedante intelectual esnob y pesada, me brinda la certeza de su afecto; yo, que ya había perdido la esperanza de ver que alcanzaba su potencial, vislumbro en ella pequeños tesoros de sensibilidad y de inteligencia, como también, sin duda, de sabiduría.
Su hijo, mi nieto, mi vida prolongada, el hermoso querubín músico, es filósofo por naturaleza, posee virtudes de equilibrio raras en un niño. Conmigo es respetuoso, amable, no se cohíbe por la enfermedad.
Finalmente lo digo sin ironía: soy muy afortunada.
Quiero decir algo bueno sobre los médicos, contra los que muchas veces he despotricado por considerarlos ilusionistas que, por muchas veces que lo intenten, no consiguen sacar el conejo de la chistera.
Una vida en medio del sufrimiento, la suya, un sufrimiento frente al que también se puede reaccionar dejándose crecer un poco de pelo en el estómago.
¿Quién vendrá, esta noche o mañana por la mañana, a certificar la normalidad de lo que pasará? ¿Qué diablos escribirá?
«Colapso cardiovascular» vale para todos los viejecitos, pero se aviene mal con el bombeo de mi sangre: un corazón de anteguerra, de los que ya no se fabrican, hechos para durar, como era norma para zapatos y abrigos. Sería mejor, o seguramente más exacto, poder recurrir al simplote humorismo popular: «Fulano, muerto porque se olvidó de respirar», «Zutano, finado porque estaba harto de ganarse la vida».
Entonces, de repente. Entonces, de repente. Entonces, de repente…
Doña Z. se ha ido con suficiente dignidad.
Al final, para no malgastar su inversión en citas, ha elegido la más clásica, enriqueciéndola con su espíritu burlón. «Por favor, el pollito a Esculapio. Y recordad que le gusta bien hecho.» Naturalmente nadie, salvo yo, ha oído: su cálida voz de antaño se había convertido en un pitido afónico.
Lástima que no llegara a ver las crías de mirlo que nacieron unos días después: tres, orondos y pacíficos, el cuarto, surgido tras cierta vacilación, un milagro. Blanco, candoroso, paradisíaco.
O quizás haya sido lo mejor: así Z. no conoció el final de la historia. Una asamblea de machos negrísimos (las hembras, demasiado emotivas, siempre quedan excluidas) decretó que era muy diferente: que se marchase al exilio, que se las arreglase solo.
En efecto, no se le ha vuelto a ver.
Pasado un tiempo, una pequeña hembra gris, feúcha y sola estuvo muy atareada en torno al hueco del árboclass="underline" lo forró con hojas de plátano arrancadas a trozos con el pico, grabó una aureola de signos misteriosos alrededor de la corteza, semejantes a los que dejan las vendedoras de detergentes cerca del timbre para advertir a sus colegas que en esa casa la acogida es buena o mala.
Ahora bien, ni yo, pese a que soy el narrador omnisciente, sé decir si la mirla estaba preparando un nido nuevo o efectuando una purificación para una tumba.
Cesarina Vighy