Выбрать главу

Se acercó despacio y se colocó a su lado.

– Señorita, no desee nada de lo que hay expuesto, no lo necesita. Es usted tan bonita que haría sombra a la mismísima Bella Dorita.

La joven no apartó la vista del cristal, pero José atrapó su sonrisa reflejada en él. Tenía un aire angelical, con mejillas sonrosadas y pelo castaño peinado hacia atrás formando una graciosa onda en la frente. Se notaba desde lejos su distinción, muy alejada de las chicas del barrio donde él vivía, en las afueras de la capital aragonesa.

– ¿Puedo conocer su nombre? -preguntó volviendo la cabeza.

– Perdone, pero no hablo con desconocidos -replicó ella con fingido desdén.

– Ahora ya no lo somos. Mi nombre es José, y si usted me da el suyo, me gustaría invitarla a un helado.

Ella le miró de reojo y lamentó haber sido educada en tan estrechas costumbres. Dijo que no con la cabeza, dio media vuelta y le dejó solo en la acera.

– Mañana estaré aquí a las seis, señorita. Ojalá me honre con su compañía -le dijo a su espalda mientras la veía alejarse sin esperanzas de volver a verla.

Pero se equivocó, y al día siguiente regresó a la misma acera, y al otro también, pues se había quedado prendada de aquel atrevido joven.

La pequeña Isabelita vino al mundo en plena madurez de sus padres y perdió a su madre cuando era muy pequeña, convirtiéndose en el juguete preferido de toda la familia; era la menor de cuatro hermanos y pertenecía a una de las más rancias e influyentes familias de la ciudad. El mayor de sus hermanos militaba en la Falange y las otras dos hermanas ya estaban casadas; recibió una exquisita educación y todos tenían grandes planes para ella, pero no contaron con aquel atractivo mozo que le había robado el corazón. Los encuentros clandestinos comenzaron a levantar sospechas y fue entonces cuando su hermano Joaquín descubrió la causa de su mal disimulada alegría, prohibiéndole las salidas sin la compañía de su carabina.

Isabelita celebraba su mayoría de edad el día que estalló el alzamiento contra la Segunda República. La noche anterior se observaron multitud de estrellas fugaces y la gente de los pueblos presintió que la guerra estaba cerca, pues las estrellas corrían de un lado a otro en el cielo, sobrecogidas y alborotadas como los animales a la espera de una tormenta. Aquel 18 de julio de 1936 amaneció ruidoso, y había más tráfico del habitual por los alrededores del ayuntamiento y de los cuarteles; pero la gente desconocía el motivo porque las noticias llegaban tarde y eran pocos los privilegiados que tenían una radio en casa. Se oían disparos por las calles de jóvenes milicianos que apuntaban con pistolas a los balcones y disparaban al aire desde los coches. El doctor Ramos reunió aquel día a toda la familia en torno a su mesa.

– Hijos míos, estoy escuchando las noticias en la radio desde ayer. ¡Estamos en guerra!

– Pero ¿contra quién? -preguntó Isabel.

– Es una guerra civil. Los militares se han alzado contra el gobierno de la República. A partir de ahora vigilad con quién os relacionáis y de qué habláis.

– ¡No hay nada que temer! -exclamó con pasión el hermano mayor-. Esta guerra era necesaria.

– ¡Ninguna guerra es necesaria! -le reprendió su cuñado.

– Esta sí. La República está llevando a este país al desastre, es necesario poner punto final a este descontrol.

– Sea como sea, vigilad vuestras palabras. Son tiempos revueltos y no debemos señalarnos ante ningún bando -sentenció el patriarca.

Joaquín dirigió la mirada hacia su hermana pequeña.

– Ya lo has oído, Isabel, cuidado con quién te relacionas.

Comenzaron las movilizaciones en ambos bandos, las denuncias anónimas y las detenciones clandestinas. José y todos los afiliados al sindicato fueron despedidos de la fábrica, cuyo dueño era un reconocido simpatizante del nuevo régimen en ciernes. Muchos de sus compañeros huyeron para enrolarse en el ejército republicano, pero José no creía en el éxito de aquella sublevación.

Una madrugada, un grupo de hombres uniformados irrumpieron violentamente en su casa y le llevaron detenido junto a su padre. Al día siguiente la señora Peralta recibió la noticia de la ejecución de su marido tras el muro del cementerio. Presintiendo su inminente arresto, abandonó la ciudad para refugiarse en un pequeño pueblo de Cataluña, donde murió años más tarde sin llegar a conocer la suerte que había corrido José, su único hijo.

José conoció el hambre, la miseria, las vejaciones y la mezquindad humana; escuchó por primera vez el nombre de Joaquín Ramos en la cárcel de Ávila, cuando le leyeron la sentencia de muerte que este había firmado contra él. Pero el día previsto para la ejecución amaneció cubierto de nieve y los camiones que debían trasladar a los reos no pudieron circular. Cuando el temporal amainó, un contingente de militares fue desplazado al cuartel de Toledo y todas las ejecuciones fueron aplazadas hasta nueva orden. José burló la muerte en más de una ocasión durante su periplo por diferentes prisiones españolas. En la soledad de la celda, era la imagen de su adorada Isabel la que le ayudaba a resistir aquella atrocidad. Sin embargo tenía conciencia de que no había futuro para ellos, pues aunque la guerra llegase a finalizar, aunque consiguiera su deseada libertad… ¿qué clase de vida podría ofrecerle? Seguramente ella se habría olvidado de él y se torturaba imaginándola rodeada de pretendientes en la gran casa de la esquina.

Sin embargo, una brillante mañana, un oficial de la prisión depositó en sus manos una cesta con comida, en cuyo fondo encontró una carta. Era de Isabel. Durante aquellos años de incertidumbre había conseguido averiguar su paradero a través del marido de una amiga, abogado de profesión. Recurrió también al familiar de una de sus criadas, que trabajaba como funcionario en aquella cárcel, y gracias a su colaboración José empezó a recibir alimentos y noticias. A partir de ese momento el ánimo comenzó a restablecerse con aquellas cartas semanales que le hablaban de amor, de esperanza, de libertad…

Isabelita apenas había sufrido privaciones durante los años de guerra fratricida. Su hermano llegó a ostentar un poderoso cargo político y muchas familias le recordarían durante años debido a las duras represalias sufridas por sus denuncias, a veces injustificadas, llevadas a cabo en ocasiones por simple antipatía. Sin embargo, se le escaparon a Joaquín Ramos los movimientos camuflados de la benjamina de la casa, quien a escondidas logró contactar con su perseguido sindicalista.

En los primeros meses de 1939, los puertos del levante español fueron el punto de huida para los republicanos que habían quedado atrapados ante la llegada de las tropas nacionales. La guerra estaba a punto de terminar, e Isabel tuvo conocimiento de la expedición de miles de pasaportes y salvoconductos para milicianos que debían partir hacia el exilio si no querían ser encarcelados. Era la hora de actuar. Joaquín había concertado su matrimonio con un coronel del ejército gran amigo de la familia, aunque ella le había impuesto una condición:

– Deja en libertad a José Peralta y me casaré con quien tú quieras.

– ¿Aún sigues enamorada de ese rojo zarrapastroso? -preguntó indignado.

– Está en la cárcel de Castellón -dijo ignorando su pregunta-. Sácale de allí y seré una esposa y madre ejemplar.