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Al día siguiente viajó con él hasta el centro penitenciario. Joaquín Ramos entró en el despacho del director de la cárcel como quien entra en su casa: arrogante, elegante e impertinente. Isabel se quedó fuera observando la conversación tras los cristales. El director le escuchaba con atención y comenzó a revisar la documentación que tenía entre las manos. Era un hombre gris, de cabeza cuadrada y gafas de concha; comenzó a dar explicaciones y, por el gesto de las manos, parecía no estar muy de acuerdo con el visitante. Este no se había inmutado, inmóvil en el sillón, fumando un cigarro con indolencia. La diferencia en el atuendo era evidente; mientras Joaquín vestía un elegante traje de color marrón claro con chaleco y corbata, su interlocutor llevaba una chaqueta de paño oscuro de color indefinido sobre una simple camisa blanca. Vio a Joaquín incorporarse hacia la mesa y dar un golpe sobre ella. «Se acabó», pensó Isabel. De pronto los semblantes cambiaron y, tras unos instantes, Joaquín se levantó y los dos hombres se estrecharon las manos al despedirse.

– Ya está hecho. Dentro de dos días quedará libre. Espero que nunca olvides la humillación que me has hecho pasar -dijo enojado con el dedo amenazante.

– Nunca, querido hermano -dijo besándole en la mejilla-. Ya puedes concertar la fecha de mi boda.

La segunda vez que José Peralta oyó el nombre de su delator fue el 20 de marzo de 1939 a la salida de la cárcel, desde donde fue escoltado por la Guardia Civil hasta las afueras de la ciudad. Al llegar al puerto de Alicante, consiguió un salvoconducto y un pasaje para el barco mercante fletado por el agonizante gobierno de la República. Había recuperado su ansiada libertad y se preparaba para un futuro incierto. Paseó por la embarcación atestada de gente que, como él, escapaba de la derrota dejando atrás el pasado, su familia, sus raíces… De repente no pudo evitar una sonrisa al caer en la cuenta de que ignoraba el destino de aquel viaje.

Sintió la brisa del mar apoyado en la popa, contemplando absorto los blancos surcos que el barco dejaba olvidados en las aguas del Mediterráneo. El sol se despedía despacio, iluminando aquel cielo azul turquesa salpicado de caprichosas nubes que le obligaban a ocultarse de forma intermitente.

Vientos del pueblo me llevan,

vientos del pueblo me arrastran,

me esparcen el corazón

y me aventan la garganta.

Recitaba en silencio a su idolatrado Miguel Hernández mientras pensaba en la devastación de la guerra, en la pérdida de los poetas: Antonio Machado acababa de morir exiliado en Francia; Federico García Lorca en Granada, y Miguel Hernández continuaba en prisión. Reflexionaba sobre la estupidez humana, sobre la patria y el honor, sobre la unión y la fuerza, sobre la solidaridad… Tres años atrás aquellas palabras le habían llenado el corazón, pero en ese momento sonaban huecas y vacías de contenido. Habían sido sustituidas por supervivencia, comida, libertad…Todo su idealismo se había esfumado y se esforzaba en emplear sus débiles energías para olvidar aquella barbarie y todo lo que había dejado atrás.

De pronto, una voz femenina a su espalda mencionó su nombre, sacudiendo de un golpe todos aquellos pensamientos.

– ¡José! ¿Eres tú?

Se volvió como un resorte y abrió los ojos para convencerse de que no era una alucinación lo que estaba viendo: ¡Isabel estaba allí, frente a él, en aquel barco!

Isabel apenas pudo reconocer en aquella delgada y demacrada silueta al hombre a quien había amado en silencio durante aquellos difíciles años. Sus ojos estaban hundidos bajo los pómulos y la piel amarillenta era un recuerdo del brillo rosado de antaño; las arrugas surcaban los alrededores de las apagadas pupilas y sus labios habían perdido el color. Se abrazaron envueltos en lágrimas, repitiendo sus nombres. Su amor había superado aquella prueba y estaban juntos para siempre.

La travesía fue difícil. La escasez de comida era compensada con la abundancia de solidaridad y sincera confraternidad. Todos tenían una historia que contar, algún familiar a quien recordar, una lágrima que derramar. Tras interminables jornadas de navegación, un brillante sol les recibió a la llegada al país azteca. El puerto de Veracruz se había engalanado para saludar a los exiliados españoles, y José e Isabel observaron con regocijo los balcones decorados con pancartas dándoles la bienvenida y ofreciéndoles su hospitalidad. Lloraron de emoción al recordar su penosa huida, y durante el tiempo que vivieron en aquel país no pasó un solo día en que no recordaran su tierra. Los inicios no fueron fáciles, lejos de su patria, de su familia, sin raíces; pero estaban juntos para siempre. México es una tierra acogedora y dio muestras una vez más de su solidaridad con los españoles que se habían visto obligados a exiliarse. Con la venta de las joyas que Isabel heredó de su madre y que logró camuflar en su equipaje, adquirieron una bonita casa al sur de la Ciudad de México, donde José trasnochaba en su pequeño taller poniendo en práctica su habilidad con la piel curtida. Isabel pensaba que aquel exilio duraría pocos años y regresarían pronto. Había perdonado la traición de su hermano y añoraba a su familia; pero José aún no había olvidado.

– Solo con imaginar la cara de ese miserable al descubrir que su querida hermana se ha fugado, me compensa todo el rencor que siento hacia él -decía una tarde.

– No es bueno odiar, José; es mejor olvidar los resentimientos. Miremos hacia delante y soltemos el lastre de una vez -respondió Isabel mientras tejía un bonito vestido de vivos colores.

Él trabajaba el cuero con gran destreza y comenzó a confeccionar sandalias y bolsos. Más tarde aprendió a elaborar bridas y arreos para los caballos y, con paciencia y la inestimable ayuda de Isabel, se inició en el arte de fabricar sillas de montar, aplicando su pericia en repujar la piel. Ella sabía coser y también trabajó duro confeccionando para la venta los típicos y coloridos trajes del país. Con los años, su fama de excelente artesano se propagó entre las fincas de la región, y la extraordinaria calidad de las monturas y la filigrana del grabado le proporcionaron un gran prestigio entre los grandes terratenientes, quienes le encomendaban trabajos exclusivos con un toque de distinción.

Pero la naturaleza no fue generosa con ellos, y tras varios abortos, Isabel dio a luz un varón rubio de grandes ojos claros como su padre que destacaba en aquel pueblo habitado en su mayoría por indígenas de cabello negro y piel morena. Rafael Peralta Ramos creció fuerte y sano, y desde pequeño heredó de José la afición por el trabajo del cuero; se convirtió en un zagal alto y atractivo como él, aunque de Isabel heredó también la determinación y la fuerza de voluntad. Fue de gran ayuda para el matrimonio, quien con tesón y empeño se adaptó a la vida en México, perdidas ya las esperanzas que mantuvo durante los primeros años de regresar a su país. Poco a poco el negocio fue prosperando y se mudaron a una casa más grande, donde instalaron el gran taller en la planta baja y una acogedora vivienda en la superior. Cuando Rafael cumplió los veinte años, José decidió delegar en él la tarea de presentación y distribución de los productos a los clientes, mientras él se dedicaba en exclusiva a la manufactura en el taller.

En una de las visitas a la hacienda Santa Isabel, Rafael conoció a Trinidad y se quedó prendado de aquella belleza morena de mirada dulce. Trinidad González había nacido en un pueblo del norte, cerca de la frontera con Estados Unidos. Su padre murió cuando apenas era un bebé y su madre volvió a casarse con un indio borracho y pendenciero que continuamente la acosaba y le propinaba palizas. Antes de cumplir los trece años escapó de aquel infierno y se dirigió a la capital en busca de una nueva vida; primero bregó como una esclava en casa de unos señores de rancio abolengo a cambio de una comida al día, pero al cumplir los quince decidió que ya estaba cansada de los maltratos e insultos a los que la sometían; empacó una noche sus escasas pertenencias en una tela anudada y salió a recorrer pueblos y ranchos, hallando el definitivo cobijo en la hacienda Santa Isabel, donde trabajó duro desde el amanecer por el módico sueldo de dos raciones diarias de comida y un barracón de madera donde descansar su desfallecido cuerpo. Trinidad era joven, y su belleza no pasó desapercibida en la finca. Los obreros se divertían acosando a las criadas, y al poco tiempo de su llegada quedó embarazada. Cuando nació Agustín le puso sus propios apellidos, y a partir de entonces dejaron de molestarla y crió a su hijo en soledad, el cual se inició en el duro trabajo de la hacienda nada más comenzar a caminar erguido.