Выбрать главу

– ¡Despierte! ¡Despierte! -Antonio Cifuentes la sacudía de atrás hacia delante, sujetando sus manos con las que trataba de protegerse, pero por más que se esforzaba, no conseguía devolverle la consciencia.

– ¡No, por favor! ¡No me haga daño! -seguía gritando Elena.

– ¡Es una pesadilla, solo un sueño! ¡Despierte ya! -le ordenó mientras encendía la luz de la mesilla.

Por fin se quedó quieta, sentada en la cama, temblando como una hoja, con la respiración entrecortada y la mirada perdida. Antonio se acercó e intentó abrazarla, pero ella alzó sus manos para impedírselo. Sus ojos reflejaban pánico.

– Ya pasó todo. Solo ha sido una pesadilla -le dijo en tono tranquilizador-. ¿Se siente mejor?

– Sí -respondió mientras se tendía de nuevo cerrando los ojos y dándole la espalda.

– Está bien, intente dormir. -Antonio acariciaba su hombro tratando de calmarla, ignorando que aquel contacto producía en ella el efecto contrario al de sus intenciones-. Me quedaré aquí hasta que recupere el sueño.

– No es necesario. Ya estoy bien, gracias -dijo sin volverse-. Prefiero estar sola.

– De acuerdo, dejaré la puerta abierta, estaré en la habitación de al lado.

Elena recuperó el sueño con las primeras luces del alba. El rumor de las voces de los trabajadores y el trotar de los caballos contribuyeron a tranquilizarla, aportándole una seguridad que hasta entonces desconocía. Aquellos sonidos no eran nuevos para ella, recordaba haberlos escuchado antes, desde otro lugar, pero el subconsciente se negaba a facilitarle más información; solo podía describir las sensaciones al oírlos desde su cama, las cuales le hicieron reconstruir otro sueño menos violento pero más obsesivo y repetitivo: la imagen de una casa pequeña con una cama grande al fondo y otra en la parte derecha de la puerta de entrada, junto a la pared. Recordaba una tela de grandes flores rojas y una mesa redonda. Elena soñó cientos de veces que accedía a aquella estancia, que pasaba cerca y, tras reconocerla, entraba a hurtadillas. En algunos de sus sueños la encontraba abandonada y sentía una gran decepción; en otras ocasiones, la hallaba totalmente distinta a como ella la recordaba. Era el sueño que más se repitió a lo largo de su niñez; parecía que su mente había dejado algo pendiente allí y sabía que debía de tener algún significado, pues en su memoria quedaron grabados todos los rincones de aquella sala y era capaz de describir detalle por detalle, cuadro a cuadro y mueble a mueble todo lo que había en su interior. Más de una vez se la describió a su abuela, preguntándole si ella habría estado allí de pequeña, pero nunca recibió una respuesta clara.

Antonio visitó por la mañana su dormitorio y se quedó en pie junto a la cama, contemplándola mientras dormía. Elena vestía un pijama de dos piezas de color azul, pero la camiseta apenas cubría su cintura. Estaba recostada de lado con la pierna derecha doblada hacia delante sobre la izquierda y el brazo junto a su rostro. La juventud que desprendía aquella atractiva figura producía en él una confusión extraña, haciéndole gozar con aquella visión. Era una mujer deseable y parecía no ser consciente de la tentación que provocaba. En ningún momento advirtió en ella intención de agradarle; al contrario, percibía en su mirada un miedo atroz hacia él. ¿Realmente era tan delicada como la estaba viendo en ese instante? No estaba seguro de su sinceridad, aunque deseaba creer que realmente había ido a buscar a su familia sin tener noticias de lo ocurrido. Todo lo que había contado parecía cierto. Había ido a la universidad, había vivido con sus abuelos en España, pero… ¿y su hermano? ¿Habría tenido contacto con él? ¿Sabía dónde se escondía? Estaba seguro de que ella nunca lo confesaría voluntariamente. Tenía que averiguar a qué había ido realmente a la finca y qué información guardaba. Había algo extraño que no alcanzaba a descubrir, aunque se propuso ir desenmascarándola poco a poco.

Capítulo8

– Don Antonio, su ex esposa está al teléfono. Quiere hablar urgentemente con usted. -La eficiente secretaria hablaba por el intercomunicador mientras él firmaba documentos en la mesa del despacho.

– Dígale que hoy no podré atenderla, cítela para la próxima semana.

– Muy bien, señor. También ha llegado el director financiero.

– Hágale pasar -ordenó.

En los últimos días no conseguía concentrarse a fondo. Se levantó del cómodo sillón y se dirigió al ventanal para contemplar el exterior. Desde la altura del despacho, situado en la última planta del rascacielos, abarcaba la ciudad hasta perder la vista; a su izquierda contemplaba el majestuoso monumento del Ángel de la Independencia, recubierto de oro sobre una columna corintia de treinta y cinco metros de altura, el símbolo representativo de la Ciudad de México; varios rascacielos se levantaban con insolencia junto al suyo en el corazón financiero, donde los grandes bancos y centrales de empresas extranjeras se habían instalado alrededor de la impresionante torre de cristal de color verde perteneciente a su holding.

– Traigo excelentes noticias -lanzó a modo de saludo el directivo.

– Entra y siéntate, Luis. Dime cuáles son esas buenas nuevas.

Luis Barajas había conseguido el puesto por méritos propios. Se licenció en ciencias económicas en Estados Unidos y unía a una gran agilidad de reflejos una extensa preparación. Acababa de rebasar la treintena, era eficiente y exigente en el trabajo. Su rostro era rectangular y el cráneo surcado por una recta línea dividía el cabello en dos cuadrados: el derecho, con una deferencia sobre la frente a modo de flequillo, y el izquierdo, más pequeño pero igual de simétrico. Sus pobladas cejas protegían con fiereza unos ojos pequeños y vivaces. Vestía traje oscuro de buena calidad y sus ademanes eran resueltos y seguros.

– El valor de las acciones de la cadena Veracruz Hoteles se ha multiplicado por veinte. El mercado ha reaccionado al saber que usted es el nuevo propietario, y han salido despavoridos a comprar. Los inversores confían en su gestión -dijo con entusiasmo al presidente, a quien admiraba sinceramente por su intuición natural para olfatear un buen negocio desde lejos.

– Eso parece, así que no debemos defraudarles. Vamos a acometer reformas en todos los hoteles para adecuarlos a la máxima categoría. Serán el sello de identidad de nuestro holding.

– Es una excelente decisión -respondió el colaborador-. ¿Cuándo empezamos?

– Reúne a los departamentos y coordina todas las actuaciones. Quiero el proyecto y el informe de costes sobre mi mesa lo antes posible.

– Iniciaré inmediatamente los trabajos -se despidió con energía.

La secretaria volvió a interrumpir sus solitarios pensamientos.

– Señor, ha llegado el responsable de seguridad.

– Hágale pasar.

– Buenos días, señor Cifuentes. Tengo la información que me solicitó sobre la señorita Peralta.

– ¿Ha habido suerte con los certificados?

– Sí, señor. Lamento mi tardanza, pero ha sido muy laborioso encontrarlos porque no conocíamos el lugar ni la fecha en que se emitieron. Pero al fin dimos con ellos.

– Buen trabajo. Gracias -dijo recibiendo un voluminoso dossier-. Victoria, cancele todas las citas y retrase un par de horas la reunión con el presidente del Banco Iberoamericano -ordenó por el interfono al quedarse solo.

El presidente del holding ACM se desplazó al apartamento contiguo al despacho que compartía la planta con la sala de reuniones. La lujosa vivienda ocupaba más de la mitad de la superficie total y estaba dotada de toda clase de comodidades. En ocasiones Antonio Cifuentes se quedaba a dormir en él, cuando las maratonianas sesiones de negocios y múltiples obligaciones le forzaban a trabajar hasta altas horas, evitando así la molestia de trasladarse a su palacete situado en la colonia Polanco. También durante su matrimonio residió a menudo allí, donde se reunía con sus amantes, lejos del alcance de curiosos.