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Sentado en el sofá de color marfil, abrió la carpeta y fue hojeándola despacio; comprobó que Elena no había mentido: Trinidad González y Rafael Peralta se casaron el treinta de enero de 1965. Rafael falleció en julio y Elena nació en el mes de noviembre de ese mismo año. La investigación abarcaba la vida de sus abuelos, la residencia en México y el posterior regreso a España, incluso su estado financiero. No había nada anormaclass="underline" eran una familia respetada y querida, gente honrada. Verificó que la cantidad de dinero que ella había traído era realmente el saldo total de las cuentas bancarias. José Peralta había fallecido el año anterior y su mujer también, hacía solo unos meses. Elena no tenía parientes cercanos y no había nada escabroso ni truculento en su pasado: creció con ellos, fue a la universidad, trabajaba como profesora en un instituto… Pero no había datos sobre su boda, ni del marido arquitecto. El domicilio que figuraba era el mismo de sus abuelos, y el informe especificaba claramente que era soltera y que había vivido siempre con ellos. ¡Le había mentido de nuevo!

Elena estaba tumbada a los pies de la cama, de espaldas a la puerta. Oyó el ruido de la cerradura al abrirse, pero no se volvió. Con una mano se sujetaba la cabeza y con la otra escribía en su cuaderno.

– Hola, Elena -dijo el dueño de la casa, acercándose a la cama-. ¿Qué está escribiendo? -preguntó mientras examinaba el cuaderno y se sentaba en la cama frente a ella.

– Solo ejercitaba mis neuronas -contestó mostrándole una página llena de operaciones matemáticas.

– ¿Por qué eligió las matemáticas? No es una materia demasiado atractiva para una mujer.

– ¿Qué materias cree usted que son atractivas para nosotras? ¿La literatura, la historia, o es el cuidado de la casa y los hijos?

– La mujer que esté a mi lado no tendrá que trabajar -respondió con desagrado.

– Por suerte mi marido no piensa así.

– ¿Y qué piensa su marido?

– Que las mujeres debemos tener las mismas posibilidades que los hombres a la hora de encontrar un buen trabajo.

– Parece un hombre razonable.

– Mucho más que usted -respondió altiva.

Antonio Cifuentes alargó la mano para acariciar su cara, marcando el borde de sus labios con el pulgar. Elena permaneció inmóvil, tensa e incómoda. Él se inclinó despacio, deseaba besarla, pero topó con unos ojos fríos que le desafiaban.

– Es una embustera. No tiene marido, y si vuelvo a descubrirla en una nueva mentira, no seré yo quien venga a visitarla la próxima vez -amenazó mientras se levantaba y la dejaba sola. Estaba furioso. Quiso dominarla y era él quien había sido sometido. Aquella mujer era demasiado fría y orgullosa, y su actitud conseguía desarmarle.

Capítulo9

El responsable de la autoridad visitó de nuevo la hacienda para informar del curso de la investigación. No había rastro del asesino, se recibían a diario llamadas de ciudadanos deseosos de conseguir la recompensa, habían registrado cientos de hogares y peinado barrios enteros, tenían infiltrados policías entre las zonas más conflictivas y parranderas de la ciudad, pero no habían conseguido un resultado esclarecedor hasta el momento.

– ¿Qué hay de su linda hermana? ¿Ha conseguido alguna información?

– No, aún no he obtenido nada concreto. Cada vez estoy más convencido de que no hubo contacto entre ellos.

– Envíela a la central, tenemos métodos para hacerla hablar. Allí nos contará todo lo que sabe.

– Prefiero tenerla aquí. Estoy seguro de que podré averiguar si realmente conoce dónde se esconde ese miserable.

– Podríamos utilizarla como cebo -propuso Manuel Flores.

– ¿De qué forma?

– Usted la deja marchar, más bien «escapar»… Si ella se siente segura, buscará a su hermano y nos conducirá a su guarida.

– No es mala idea; ya intentó escapar una vez. Déjeme estudiarlo, Manuel. Le llamaré cuando tenga un plan más definido.

Elena se puso en guardia al oír el familiar sonido de la cerradura. Se había habituado a la rutina de la sirvienta y no era la hora de su visita. Volvió la mirada y sintió un escalofrío al observar la silueta de su guardián dirigiéndose hacia el sillón donde se encontraba.

– Buenas tardes, Elena -saludó con amabilidad.

– Hola, señor Cifuentes.

– Pensaba si le gustaría dar un paseo a caballo -dijo mientras se introducía las manos en los bolsillos, en pie, junto a ella.

Elena le observó despacio desde abajo. Vestía ropa de montar: altas botas negras, pantalón ajustado y camisa blanca bajo un chaleco de color gris. Sus ojos emitían una mirada involuntariamente fría y dominante que inspiraba respeto -a ella en particular, miedo-. La oscura barba perfectamente rasurada le nacía desde los pómulos. Advirtió un oscuro vello en el dorso de sus grandes manos que adivinó también en los brazos y en el pecho, por la tímida oscuridad que asomaba por el cuello abierto de la camisa. Reconocía para sus adentros que aquel hombre era muy… hombre. Poseía el atractivo de algunos actores de Hollywood que interpretan personajes de hombres duros pero sensuales al mismo tiempo.

– Me encantaría -respondió levantándose-. Necesito salir de entre estas paredes.

Tras aquella supuesta cordialidad, Elena intuía en él a un ser cínico y cruel, un cazador capaz de quedarse inmóvil mientras su presa se confiaba hasta tenerla en el punto de mira y asestar el golpe definitivo; pero decidió seguirle el juego y aceptar la invitación. Durante aquellos días de encierro se había marcado un plan de actuación: tenía que convencerle del verdadero motivo de su llegada a México, y para ello debía utilizar sus armas de mujer. Era consciente de su belleza y del efecto que causaba en el sexo opuesto, y su intuición le decía que podría conseguir algún beneficio de aquel hombre si se mostraba amable y accesible. Ganar su confianza era el primer objetivo; después… quién sabe… quizá la dejara marchar…

Caminó a su lado y atravesaron el salón, donde una gran chimenea presidía el muro principal flanqueada por lujosos sillones de madera labrada. Elena se detuvo bruscamente para examinar sobre ella un enorme retrato al óleo de un hombre mayor con cabello cano y ojos claros, mirada dura y blanco mostacho. Vestía ropas de charro con sombrero de fieltro de ala ancha y sostenía una fusta en la mano; su pie derecho descansaba sobre una silla de montar bordada en oro sobre cuero marrón.

– ¿Quién es ese hombre? -preguntó sin dejar de mirar el cuadro.

– Mi padre, Andrés Cifuentes.

Elena dirigió la mirada alternativamente al cuadro y a Antonio, como si quisiera comparar la semejanza entre ellos.

– No guardan parecido entre ustedes. ¿Y su madre? ¿También murió?

– Se divorciaron hace muchos años. Ella es norteamericana y vive en su país.

Andrés Cifuentes conoció a su esposa en la ciudad de San Antonio, en el estado de Texas, donde se había desplazado con una partida de toros bravos para participar en un rodeo. Durante la fiesta organizada por los promotores, entre los que se encontraban diversas autoridades de la ciudad, conoció a la hija de un senador por aquel estado, Marjorie, de veintidós años. Él tenía treinta y seis. El noviazgo fue breve, y dos meses después Andrés regresaba al rancho del brazo de una esposa inmadura y ávida de aventuras en el país vecino.

Pero las dificultades llegaron con la misma ligereza que su enamoramiento. Ella odiaba el campo, la quietud y el lento ritmo de la hacienda. Era joven y quería disfrutar de su libertad. Sin embargo, Andrés Cifuentes era un hombre muy apegado a las tradiciones, amaba su tierra y deseaba un heredero para continuar el legado familiar. Pronto surgieron las primeras diferencias. Fue un choque brutal de culturas y edades que ella se negó a asimilar, así que decidió regresar a su país para comenzar de nuevo tras el fracaso de la peripecia mexicana. No obstante, sus deseos chocaron frontalmente con los de su marido, quien le impidió la partida hasta que no recibiera de ella un hijo legítimo. Pasaron meses hasta que al fin quedó embarazada, tras soportar unas frías y forzadas relaciones que aumentaban día a día el desprecio hacia él y todo lo que representaba. No le importó renunciar al hijo que alumbró después de dos largos e intensos días de dolor, un varón de cabello y ojos marrones como ella, a quien abandonó nada más reponerse del parto. Era el precio de su libertad y no dudó en pagarlo. Jamás regresó a aquella hacienda ni mantuvo contacto con su familia.