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– Se ha puesto perdida de polvo. Vamos, salga de ahí -ordenó Antonio Cifuentes, extrañado al observar su quietud.

Pero Elena no le oía: estaba con su hermano, él la montaba en sus hombros y corría con sus amigos cerca de un río. Sentía incluso la frialdad del agua en contacto con sus pies mientras jugaban junto a un gran árbol.

– ¿Elena? ¿Se encuentra bien?

Elena no respondía, ni siquiera había reparado en su llegada.

– ¿Qué le pasa? -le preguntó zarandeándola por los hombros.

Le dirigió entonces una extraña mirada, aún no muy consciente de dónde estaba; después se levantó despacio, en silencio, abstraída…

¡Acababa de descubrir su pasado y no sabía qué hacer con él!

– ¿Qué ha visto ahí dentro que la ha impresionado tanto? -preguntaba el dueño de las tierras mientras le sacudía el polvo y las telarañas de la espalda.

Ella seguía sin responder, aturdida, con la mirada perdida. Salió de la cabaña y montó el animal, cabalgando en silencio. Su mente aún estaba en la vieja cabaña.

– Dígame qué le ha ocurrido -preguntaba Antonio con expectación sin obtener respuesta.

Ella elevó la vista y, al mirar a su izquierda, descubrió otra vieja construcción de madera en forma de ángulo recto.

– ¿Qué es aquello? -preguntó dirigiéndose hacia allí.

– Son las antiguas cuadras, tampoco están ya en uso.

Pero ella no le escuchaba, galopaba hacia aquel establo con auténtica impaciencia, y al llegar a la puerta de entrada desmontó y corrió hacia el interior. Súbitamente se sintió invadida por una gran zozobra en aquella oscuridad. Recorrió despacio el pasillo que comunicaba a derecha e izquierda las cuadras, mientras iba empujando las puertas a su paso y mirando hacia el interior de cada una, como si buscara algo. De repente comenzó a temblar de miedo y corrió de regreso hacia el exterior. Al doblar la esquina tropezó con Antonio, que había salido tras ella movido por la curiosidad. Elena dio un grito de pánico y corrió en sentido contrario para alejarse de él, pero se detuvo al llegar al final y descubrir que no había salida; entonces se apoyó en el muro de madera, jadeando y tratando de controlar su temblor.

– ¿Qué le ocurre? Parece que ha visto a un fantasma -le preguntó muy cerca de ella, intrigado por el pánico que reflejaban sus ojos.

– ¿Sabe si aquí pasó algo hace mucho tiempo? -preguntó con ansiedad.

– ¿Algo? ¿A qué se refiere?

– Algo malo, fuera de lo normal.

– No tengo noticias de sucesos extraños en estos establos. ¿Por qué lo pregunta? ¿Es vidente o algo así?

– No me encuentro bien, tengo un terrible dolor de cabeza; por favor, regresemos -respondió precipitándose hacia el exterior con paso acelerado.

Necesitaba salir de allí para ver la luz de un sol que borrase los temores y fantasmas que la habían recibido en aquel tenebroso lugar. Montó el caballo y cabalgó a galope hacia los nuevos establos, donde volvieron a realizar la misma operación que al principio: Elena se quedó en el coche con las llaves puestas y él condujo los caballos hacia el interior. Durante unos instantes Antonio Cifuentes la observó desde su improvisado puesto de vigilancia, pero Elena aún seguía con la mirada extraviada y sin intención de huir.

Elena le pidió autorización al regresar a la mansión para retirarse a su dormitorio, aduciendo un fuerte dolor de cabeza.

– ¿No va a contarme qué le ha pasado?

– Es jaqueca. A veces siento un intenso y repentino dolor, y necesito estar a oscuras y en silencio durante unas horas.

– Está bien, pero antes acláreme qué le provocó ese malestar. Ha visto algo que la ha impresionado ¿Se trata de algún recuerdo, algún detalle que le contó su hermano?

– Por favor, no empiece de nuevo -suplicó agotada-. No me encuentro bien…

– De acuerdo. Vaya a descansar -claudicó con pesar.

Antonio Cifuentes se dirigió al despacho para telefonear al jefe de la Policía, pues la trampa que había tendido a Elena no había dado los resultados previstos.

– Manuel, anule el dispositivo de vigilancia. No ha habido suerte.

– ¿No ha huido? -preguntó el responsable de la Policía.

– No. Está algo desorientada; no creo que se atreva a escapar de nuevo.

– Quizá si la lleva a la ciudad se sienta más segura -recomendó el interlocutor.

– Es posible, voy a forzarla un poco más. Le llamaré cuando prepare otra salida.

– De acuerdo.

El dueño de la hacienda volvió a los barracones abandonados y ordenó llamar al capataz. Sentía curiosidad por saber quién ocupó la cabaña que tanto había impresionado a su prisionera. El empleado no pudo ofrecerle la información requerida, pues llevaba pocos años trabajando en la hacienda, pero regresó con Evelio, un anciano de piel arrugada como un fuelle y bigotes nevados. De figura delgada y desgarbada, vestía a la usanza charra, aunque su espalda ya no se mantenía erguida y los numerosos achaques le impedían montar a caballo, el oficio que había ejercido en los últimos cincuenta años. Antonio repitió la pregunta.

– Déjeme pensar, señor. Yo vivía en aquel de enfrente, y justo abajo, a la derecha, vivía la familia Muñoz, y en el de la izquierda los Cecilia, y ahí… -dijo señalando la cabaña- vivían los González.

– ¿Está seguro?

– Sí… estoy seguro, señor.

– ¿Quiénes vivieron en esa cabaña?

– Pues ya le he dicho, Trinidad y su hijo Agustín.

– ¿No hubo alguien más? ¿Una niña pequeña?

– ¡Ah, déjeme recordar, señor! Trinidad tuvo un bebé durante un tiempo. Una chamaquita de rubios tirabuzones y piel muy blanca. Pero no sé qué fue de ella, un día ya no estaba y nunca pregunté qué había pasado.

– ¿Y en las viejas cuadras? ¿Sabe si ocurrió algo allí?

El anciano le dirigió entonces una mirada de desconfianza, de temor, de alarma…

– Señor, es mejor dejar el pasado como está, no es bueno removerlo… -repuso con gravedad ensombreciendo el rostro.

Antonio se acercó intrigado, mirándole fijamente.

– Hable, cuénteme, qué ha pasado aquí… -ordenó con autoridad.

Elena estaba impresionada. Había encontrado la casa que su abuela nunca supo reconocer. ¿La habría visitado en alguna ocasión y le mintió, o realmente nunca estuvo allí? Ella sí tenía la seguridad de haber vivido en aquella cabaña con su madre, por esa razón eran tan nítidos los recuerdos en sus sueños. Se sentía feliz, había despejado un enigma de su subconsciente, pero… ¿y el establo? lo había reconocido también: era el laberinto de sus pesadillas… ¿Qué había sucedido allí? El sueño se repetía con el mismo argumento: escuchaba golpes, hombres que gritaban, ella corría entre las cuadras sin encontrar la salida hasta que conseguía ocultarse en un rincón; de pronto la invadía el pánico al contemplar cómo la sombra de unas gigantescas manos se acercaba hacia ella para atraparla. ¿Quién era el dueño de aquellas manos? ¿Pasó realmente algo grave en aquel establo o solo era una simple pesadilla? Apenas pudo dormir aquella noche, presa de una gran excitación, escrutando su mente en busca de recuerdos, sonidos, personas que le hicieran recordar algo más. Pensó en su abuela Isabel. Debió contarle toda la verdad sobre su familia, sobre su niñez…

Capítulo10

El sol se despedía con tímidos rayos a través de los visillos; Elena no conseguía habituarse a las largas horas de solitario encierro que pasaban con una lentitud exasperante. Desde el día que habló sobre su familia con Regina Gutiérrez, esta no había vuelto a visitarla, y en aquellos momentos necesitaba más que nunca recabar información sobre ellos. La nueva y «locuaz» sirvienta era una chica joven de larga trenza y cortos modales; los rasgos indígenas se acentuaban en su oscura e indolente mirada y respondía al saludo con un gruñido.