– ¿En qué estás pensando? -le preguntó Antonio en un intento de que ella regresase a la realidad.
– No sé en qué situación legal me encuentro.
– Eres sospechosa de encubrimiento, pero aún no se han dictado cargos contra ti, excepto la prohibición de abandonar el país mientras la investigación siga abierta.
– Jamás he vivido una experiencia tan humillante. Me siento como una delincuente. -Hablaba mientras removía la comida con el tenedor-. He bajado otro peldaño más en mi degradación personal. Cuando me introdujeron en aquel coche y me colocaron las esposas, todo se desplomó a mi alrededor, quería morirme allí mismo… -Intentó contener las lágrimas que se deslizaban por su rostro.
– No volverás a pasar por nada parecido -dijo conciliador tomando su mano por encima de la mesa-. Me encargaré de que no vuelvan a molestarte.
– Ya es tarde -respondió deshaciéndose bruscamente de sus imaginarias garras-. ¿Vas a limpiar ahora tu conciencia? Me has tratado como a una cualquiera y me has encerrado durante días como si fuera una esclava ¿Crees que voy a aceptar todo esto con una sonrisa? -gritó deshecha en lágrimas levantándose de la mesa.
– Vamos, cálmate.
– Necesito estar sola -dijo volviéndose-. Estoy muy cansada.
Antonio la condujo en silencio al piso superior. El pasillo, con el techo cubierto por un artesonado de madera, estaba enmarcado por blancas columnas de mármol unidas por una balaustrada de la misma piedra que imitaba a una celosía de formas geométricas. Caminaron hacia una de las puertas de acceso a un amplio dormitorio. Antonio la abrió y la invitó a entrar.
– Buenas noches -dijo Elena sin mirarle, cerrando la puerta tras ella.
Antonio estaba intranquilo y se introdujo en el dormitorio contiguo; esperó allí hasta que el sonido se extinguió y decidió a entrar a través de una puerta común situada en el interior. La estancia estaba a oscuras, iluminada con la débil luz que penetraba desde la puerta. Elena estaba tendida en la cama e instintivamente se volvió de espaldas al reparar en su presencia.
– ¿Te sientes mejor? -le preguntó en un tono amable.
– Sí. Gracias -respondió sin volverse.
– Estoy en la habitación de al lado. Buenas noches.
– Hasta mañana.
Durante unos largos minutos Antonio escuchó su desconsolado llanto tras la puerta contigua y se quedó allí, a oscuras, inmóvil, reprimiendo los deseos de acudir junto a ella para acunarla entre sus brazos. Tras una larga pausa regresó el silencio; se acercó al umbral y entreabrió la puerta para comprobar que su respiración era pausada y tranquila y se había rendido al fin al sueño. Elena no le oyó caminar hacia la cama y sentarse en un sillón frente a ella durante un largo rato, contemplando su fascinante cuerpo fuera de las sábanas. La irrupción de aquella mujer estaba alterando su vida y trataba de dominar los sentimientos que le consumían, reprimiendo el deseo de abrazarla y gritarle que la amaba, que la protegería siempre, que nunca le haría daño… Pero el desprecio que ella le profesaba era evidente y sabía que debía esperar un tiempo.
Elena despertó en penumbra y abrió las ventanas. Una radiante luz saludó sus pupilas, regresándola a la dura realidad vivida en las pasadas jornadas. Estaba en otra casa y recordó que la noche de su llegada a la hacienda él le dijo que vivía en la ciudad. Aquel amplio dormitorio tenía varias puertas que separaban los ambientes: a la derecha de la entrada se situaba la enorme cama con el cabecero de madera labrada, y en el muro contrario, un gran sofá y dos sillones forrados en seda de tonos azulados hacían juego con la colcha y las cortinas. Decidió estudiar la puerta situada al lado de la cama por la que Antonio accedió la noche anterior y comprobó que era otra alcoba gemela a la suya; la cama se apoyaba en el mismo muro y la distribución era parecida, aunque el sofá había sido sustituido por una mesa de despacho y estaba cubierta por documentos y carpetas.
Tras una relajante ducha, una sirvienta llamó a la puerta y entró en la habitación portando una gran bandeja de mimbre cargada de ropa. Elena la examinó y advirtió que eran modelos exclusivos procedentes de famosos diseñadores europeos. Después bajó a la planta principal, donde otra sirvienta uniformada la recibió y la acompañó hasta el comedor. La residencia estaba silenciosa, parecía estar vacía.
– ¿El señor está en la casa? -preguntó con timidez.
– No, señora. Don Antonio suele regresar a la hora de la cena.
Con la luz del día descubrió el alegre jardín que rodeaba el palacete y al que se accedía desde todas las habitaciones. Después del desayuno decidió recorrer la casa y entró en otra enorme sala pintada en azul añil, profusamente decorada con muebles coloniales antiguos. Visitó un amplio despacho repleto de estanterías y libros, con sillones y mesas bajas sobre las cuales se exponían fotos del dueño de la casa junto a personas relevantes que ella no conocía. Había un teléfono sobre la mesa. Se acercó a ella… y de un golpe lo agarró con la mano derecha y se llevó el auricular al oído, pero lo único que oyó fue el acelerado pulso de su corazón, pues aquel aparato no emitía ninguna señal que indicara la existencia de línea telefónica.
Un marco orientado hacia el sillón principal llamó su atención: era la foto de un niño de unos seis o siete años. Por primera vez cayó en la cuenta de que no sabía nada de aquel hombre; quizá estaba casado y aquel niño era su hijo. ¿Y su esposa? A Elena le pareció que no había nadie en la hacienda ni en aquella casa que llevase las riendas…
Salió hacia el jardín por la puerta principal para examinar las posibilidades de escapar de allí y paseó despacio por el camino por donde habían accedido con el coche la noche anterior, deteniéndose a contemplar los setos y parterres, pero con la mirada fija en el muro que rodeaba la mansión. Alcanzó el final del trayecto al llegar a las rejas labradas que protegían la puerta de entrada, las cuales estaban cerradas a cal y canto.
– Buenos días, señora.
Elena dio un brinco, sobresaltada por una voz masculina que surgió a su espalda. Se giró en redondo para topar con la mirada de un hombre joven de piel y ojos oscuros que vestía uniforme marrón, en cuyo pecho izquierdo y antebrazo figuraba el logotipo de una empresa de seguridad.
– Hola… buenos días… Estaba dando un paseo… y admirando las rejas… son muy originales -dijo tratando de esbozar una sonrisa.
– Sí. Son muy…originales… -repitió el joven en señal de respeto.
– ¿Permanecen cerradas durante todo el día?
– No, al contrario -repuso el amable vigilante-. Normalmente están abiertas, pero el señor Cifuentes ha dado órdenes esta mañana de cerrarlas. Últimamente se han cometido algunos robos en la colonia.
– Yo aún no conozco bien la ciudad. ¿Qué zona es esta?
– La colonia Polanco.
– La colonia Polanco… -repitió Elena con un brillo especial en los ojos-. Bueno, ha sido un placer -dijo a modo de despedida.
¡La casa estaba próxima a la embajada española!
Elena regresó al dormitorio para trazar un plan y escapar de allí; debía estudiar los movimientos y aprovechar un descuido de su «anfitrión». Desde su ventana dominaba parte del jardín y la reja de entrada, y se dispuso a observar las ocasiones en que esta se abría. Por la tarde oyó un sonido y se acercó al cristal sin separar los visillos. Un coche de gran cilindrada acababa de acceder a través de la puerta. Miró el reloj: las seis y media. Desde su improvisado mirador advirtió que el propietario de la casa descendía y accedía al interior. La reja permaneció abierta unos segundos más, antes de iniciar la maniobra de cierre automático accionada por el empleado de seguridad. Elena concluyó que la huida sería menos complicada por la mañana, cuando él saliera, ya que podría contar con el factor sorpresa, y cuando los criados dieran la voz de alarma, ella habría tenido tiempo suficiente para alcanzar la embajada y ponerse a salvo.