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Era de madrugada, pero Elena aún estaba despierta. Escuchó sonidos en la habitación contigua a la suya. Él había regresado. De repente oyó un clic en la puerta común y se cubrió con la colcha dando la espalda a la puerta. Percibió un pequeño haz de luz y sintió pasos que se acercaban a su cama. Apenas se atrevió a mover un músculo, con los ojos cerrados y el cuerpo en tensión, temerosa de sus intenciones. Tras un largo silencio, los pasos regresaron hacia la puerta y de nuevo la oscuridad invadió la sala.

Estaba ya levantada cuando a la mañana siguiente la sirvienta le trasladó la petición del señor de acompañarle en el desayuno. Era la primera vez que ocurría. Había vigilado las salidas matutinas de Antonio; solía marcharse temprano. Quizá había decidido quedarse a descansar ese día debido a las altas horas en que había regresado la noche anterior, pensó.

Se puso un vestido de color azul y maquilló su rostro. Después volvió a recogerse el pelo.

– Hola. Estás muy linda -le dijo sonriendo mientras se levantaba para recibirla en el porche.

Se sentó frente a él observando cómo abría una caja plana forrada de terciopelo negro, de la que sacó un ancho brazalete de platino con incrustaciones de diamantes negros y blancos formando un zigzag.

– Tengo un regalo para ti -dijo sonriente mientras alcanzaba su mano derecha sobre la mesa y se lo colocaba en la muñeca-. ¿Te gusta?

– Es muy bonito. Gracias. -Le miró sin demostrar entusiasmo.

– Conseguirás más si te portas como hasta ahora.

– No tienes que hacer esto -dijo señalando la valiosa joya.

– Lo hago con gusto.

– ¿Así te sientes mejor? -reprochó con suavidad.

Antonio acusó en aquella pregunta su vivo rencor.

– Me sentiré mejor cuando tú te sientas mejor.

Hubo un breve vacío que ninguno quiso llenar. Fue ella quien rompió el silencio al cabo de unos incómodos minutos.

– ¿Por qué haces esto? ¿Por qué eres amable conmigo? -le preguntó a quemarropa-. ¿Crees que así vas a ganar mi confianza y te conduciré hasta Agustín?

– No hay ningún plan, creo en tu sinceridad. Sé que eres inocente y no te he tratado con el respeto que mereces.

– ¿Es eso todo? ¿Remordimientos?

– No, hay algo más…

– ¿Te has enamorado? -preguntó con frialdad.

– ¿Y si fuera así?

– Me encantaría. Sería un placer verte sufrir -respondió con una mirada cargada de aparente rencor, aunque era aprensión lo que realmente sentía hacia él.

– Veo que me odias apasionadamente.

– No es odio lo que siento. Podrás cubrirme de oro, podrás tratarme como a una princesa, pero yo nunca olvidaré quién eres, jamás confiaré en ti.

– Estoy tratando de reparar mi error…

– Si realmente quieres compensarme, devuélveme el pasaporte y llévame al aeropuerto. Así quedaremos en paz -replicó con dureza.

Sus miradas se cruzaron, una desafiante y la otra paciente. Regresó el silencio, pleno de resentimiento y de deseo contenido.

– Sabes que eso no es posible, Elena.

– Pues entonces no juegues a ser un caballero andante tratando de ayudar a una dama en apuros; ese papel no te va.

Le estaba provocando, quería ver hasta dónde llegaría el límite de su paciencia con ella.

– De acuerdo. -Continuó tomando el desayuno frente a ella, pero no volvió a pronunciar una palabra. Intuyó, con disgusto, que iba a ser más difícil de lo que creía traspasar el muro de hostilidad que Elena había colocado entre ellos, pues se daba de bruces contra él cada vez que intentaba un acercamiento.

Elena se arrepintió enseguida de aquella salida tan brusca. Su carcelero había cambiado y ahora era un hombre cordial y generoso; sin embargo, ella no supo valorarlo y le pagó con una actitud ruda e insolente. Pero no rectificó, y tampoco abrió la boca hasta que le oyó despedirse y la dejó sola.

Capítulo13

Antonio tampoco volvió a casa para la cena aquel día; Elena apenas salió del dormitorio y se fue a la cama temprano. Las pesadillas regresaron aquella noche: soñó que estaba encerrada en un espacio estrecho y oscuro, sin apenas sitio para moverse. Escuchaba gritos y amenazas en el exterior, y la sensación de agobio en aquella estrechez le usurpaba el aire para respirar. Gritó llamando a su madre y despertó envuelta en sudor frío. Se incorporó apoyando su espalda sobre el cabecero de la cama y encendió la luz de la mesilla. Al fin pudo llenar los pulmones sin dificultad y su respiración volvió lentamente a la normalidad. Sus miedos a la oscuridad y a los espacios cerrados habían regresado.

La puerta contigua se abrió de repente y divisó la silueta de Antonio en la penumbra. Estaba descalzo y medio desnudo, solo cubierto por un pantalón largo de pijama.

– ¿Te encuentras bien? -preguntó sentándose en la cama frente a ella.

– Sí. Ahora sí. He tenido un mal sueño.

– Observo que sueles tener pesadillas.

– Desde que estoy en México se repiten algunas de mi niñez. De pequeña sufría muchos desórdenes, pesadillas y crisis de ansiedad; tenía miedo a la oscuridad y a los espacios cerrados y di muchos quebraderos de cabeza a mis abuelos, pero fueron espaciándose conforme fui creciendo.

– Espero que este país no estimule tus malos sueños.

– La situación en que me encuentro no me permite ser demasiado optimista.

– Intenta relajarte -dijo tomando su mano entre las de él-. A mi lado estás segura.

– ¿Tú conociste a mi madre? -preguntó tras un silencio.

– ¿Has soñado con ella?

Elena afirmó con la cabeza.

– ¿La conocías? -insistió.

– Pues… no lo sé. Ella trabajaba en la hacienda y yo apenas viví allí. Mi hogar es este. Mi padre, y ahora yo, delegamos en Lucía, el ama de llaves.

– ¿Y a él tampoco le trataste? -No necesitó mencionar su nombre.

– Elena, no pienses más en el pasado. -Le hablaba en tono conciliador-. Déjalo estar y mira hacia el futuro. Déjame cuidar de ti; quiero ofrecerte mi amistad, mi protección, mi… -Alargó su mano con intención de acariciar su mejilla, pero ella la detuvo en el aire.

– Aceptaré todo eso si dejas de perseguir a Agustín -repuso con frialdad.

– Él asesinó a mi padre. No intentes chantajearme -dijo enfadado.

Elena se quedó en silencio y retiró su mirada.

– Lo siento. No tengo derecho a pedirte clemencia para Agustín. Cometió un crimen atroz y debe ser castigado. Pero también perdió a su madre, y su hogar, y su futuro. Merece que al menos alguien rece por él…

– Hazlo tú -replicó mientras se levantaba y la dejaba sola.

Antonio partió temprano en la mañana y Elena ocupó el tiempo con la lectura mientras tomaba el sol en la terraza junto a la piscina. Empezaba a profesar un especial afecto por su carcelero y la animadversión hacia él se diluía en un confuso deseo de agradarle. Estaba padeciendo el síndrome de Estocolmo, estaba segura. Ella no podía enamorarse de un hombre como aqueclass="underline" era demasiado mayor, demasiado soberbio, demasiado seguro de sí mismo… ¿Entonces? ¿Qué era exactamente lo que sentía? Advertía una caótica emoción al escuchar el familiar sonido de las rejas que anunciaban el regreso y esperaba impaciente su saludo. Sentía mariposas en el estómago cuando se acercaba a ella y la envolvía con aquella voz ronca y amable; era una sensación desconocida para ella… «¡No…! -se decía mientras se sacudía de sus fantasías-. Es absurdo… Tengo que regresar a casa, debo intentar escapar otra vez. Necesito romper esta tela de araña antes de que sea demasiado tarde…»