Miró el reloj: eran las seis y subió a su dormitorio. Una hora después le oyó en la habitación contigua. Antonio llamó con los nudillos y accedió a la estancia por la puerta común tras recibir su respuesta. Elena estaba sentada frente al tocador.
– Hola. Te he traído un regalo -dijo él abriendo un estuche de cuyo interior extrajo un collar de diamantes y platino.
Lo tomó él mismo y se lo colocó en el cuello mientras la contemplaba ante el espejo, donde sus miradas se cruzaron.
– ¿Te gusta? -preguntó posando las manos sobre sus hombros. Aquel contacto provocó en Elena una extraña agitación.
– Sí, es precioso -agradeció con una sonrisa.
– Baja a cenar. Te espero en el jardín.
Elena se puso un vestido de color rojo oscuro con escote en uve que hacía destacar el valioso collar que había recibido como regalo. Sabía sacar partido a su rostro y se maquilló a conciencia. Después se recogió el pelo con una cinta… pero cuando estaba en el umbral de la puerta lo pensó mejor y decidió dejar suelta la rubia melena.
La noche había caído y una leve brisa envolvía la terraza junto a la piscina, donde Antonio la observaba con aparente descuido; Elena estaba ausente, con la mirada perdida.
– ¿En qué piensas? -le preguntó sentado frente a ella. Una vela encendida en el centro de la mesa iluminaba sus perfectas facciones.
– En nada importante. Solo son recuerdos.
– Cuéntamelos. Me gustaría saber qué tienes en tu memoria.
– Hay una zona oscura en mi mente que día a día va viendo la luz y me envía nuevas e inquietantes imágenes.
– ¿Tienen algo que ver con el viejo barracón y las cuadras?
– Desde que llegué a este país comencé a recordar a diario cosas, lugares, olores… -dijo afirmando con la cabeza-. No sé a qué edad me marché, pero estoy segura de que viví en aquella cabaña. He soñado con ella toda mi vida, recuerdo con exactitud todos los muebles que había allí, incluso el color de las cortinas… pero nunca había personas, solo deseos obsesivos de regresar. Ahora mis recuerdos vuelven a través de los sueños y estoy segura de que han sido vivencias reales.
– ¿Y las pesadillas? ¿Crees que también son reales?
– Hay una que se repite con más frecuencia y es muy inquietante.
– ¿Qué pasó exactamente? -Estaba intrigado-. Cuéntamela.
– Sucedió en el viejo establo. Mi sueño siempre es el mismo: un laberinto de estancias cuadradas y sin salida, una sombra que me persigue con unas enormes manos… Yo me refugio en un rincón y escucho golpes y gritos de dolor, como si alguien estuviese recibiendo una paliza… Entonces despierto aterrorizada.
Elena no advirtió la conmoción que Antonio sintió al oír aquello. Quedaron en silencio durante unos segundos y después continuó la charla con aparente normalidad.
– Puede que fuese un juego de niños.
– No. Estoy segura de que fue real -afirmó rotunda-. Es demasiado repetitivo para que solo se tratara de un juego.
– Quizá tus abuelos te contaron alguna historia, algo que te impresionó de pequeña.
– Ellos nunca estuvieron allí.
– ¿Cómo lo sabes?
– Porque yo les hablé muchas veces de aquella cabaña, incluso la dibujé sin omitir ningún detalle, pero ellos no la reconocieron.
– ¿Qué te contaron exactamente?
– Muy poco, en realidad. Después de morir mi abuelo, mi abuela empeoró en su enfermedad, sufría Alzheimer. Un día, en un momento de lucidez, comenzó a hablarme de mi madre como si estuviera viva, decía que tenía que ir a verla y me indicó el lugar donde guardaba una caja con fotos y cartas que yo hasta entonces desconocía. Ellos habían tenido contacto durante varios años después de regresar de México. Tuve que comprobar las fechas para convencerme de que decía la verdad… -Hizo una pausa. Su mirada estaba perdida.
– ¿Qué te dijo de Agustín?
– Nada. Pero yo leí las cartas y en ellas mi madre hablaba de su hijo, y encontré la foto en la que estábamos los tres… Yo acepté como un hecho que se trataba de mi hermano, pero no obtuve una información más concreta… -Tras una pausa preguntó-: Antonio, ¿por qué Agustín hizo aquello? ¿Sabes si tenía algún pleito pendiente con tu padre? ¿Había mala relación entre ellos?
– No lo sé. Creo que ya conoces lo que pasó: Trinidad se cayó por la escalera, él fue a la casa para ayudarla y acusó a mi padre de ser el responsable. Después le golpeó hasta matarle…
– ¿Agustín era un hombre violento?
– Yo apenas conozco a los trabajadores de la hacienda… -se excusó, alzando los hombros-. ¿Y tú? ¿Hablaste alguna vez con él?
– No. Les escribí varias cartas… Mi madre me contestó solo una vez para pedirme que me olvidara de ellos. -Sonrió con tristeza.
– Él también te escribió -afirmó Antonio.
– Sí. Una vez -dijo con temor, retirando los ojos de su inquisitiva mirada.
– ¿Le respondiste?
– Seguí enviándoles cartas, pero no obtuve respuesta.
– ¿Sabían ellos que vendrías a verles?
– No lo sé. A primeros de julio les envié la última anunciándoles mi visita para el mes agosto. Pero creo que no debieron recibirla ya…
Volvió el silencio. Antonio apoyó los codos sobre la mesa mientras ladeaba la cabeza, mirándola sin prisas; observaba a Elena por encima de la llama de la vela, procesando su tono de voz, sus gestos. Definitivamente se convenció de su sinceridad.
– Antes estabas sonriendo ¿Qué has recordado exactamente?
– Nada importante -respondió pensativa-. Algo divertido de mi niñez, quizá pasó en tu finca.
– Cuéntamelo -insistió.
– Recuerdo que paseaba con mi hermano y varios niños junto a una cerca y en el interior había mucho ganado pastando en la dehesa. Alguien encontró un hueco y pasamos adentro. De pronto un enorme toro negro se levantó al vernos y se dirigió lentamente hacia nosotros. Entonces salimos gritando despavoridos, corriendo hacia la valla y saltándola a toda prisa. Llegamos a casa con las ropas destrozadas por los alambres de espinos y llenos de arañazos por todo el cuerpo. -Sonrió. Él la miró también divertido.
– Debiste de tener una infancia feliz. Me alegra comprobar que no todos tus recuerdos de la hacienda son pesadillas.
– Desde que llegué a la hacienda sentí… no sé cómo explicarlo… Eran sensaciones, olores, sonidos… La primera vez que puse un pie en la cabaña donde me encerraron tus obreros tuve el presentimiento de que ya había estado antes allí.
– ¿Te gustaría volver? -preguntó tirando de su mano para llevar a Elena hacia uno de los sillones junto a la piscina. La penumbra de aquel lugar animaba a las confidencias y deseaba seguir obteniendo información sobre su recobrada memoria.
– No lo sé. Ya encontré todo lo que vine a buscar. Identifiqué los lugares con los que soñaba desde que era niña, y en cuanto a mi familia… Me encuentro como al principio.
– No estoy de acuerdo. Has conseguido saber qué pasó realmente con ellos.
– ¿Y de qué me ha servido? Solo para crearme un problema tras otro. Al final aprendes que no ha valido la pena tanto esfuerzo. He perdido demasiado en esta aventura.
– ¿Qué has perdido que tanto te duele?
– Todo: mi vida, mi futuro, mi playa… -Se alzó de hombros con la mirada perdida.
– ¿Añoras tu playa?
Por primera vez hablaban de tú a tú, como dos amigos que compartían confidencias.
– Daría media vida por volver. Allí está todo lo que tengo y la gente a la que quiero.
– ¿Hay alguien especial en tu vida?
– Hay alguien que me da buenos consejos. Si los hubiese seguido, quizá no estaría aquí ahora.
– ¿Está vivo?
– Sí, y no es mi madre. -Le miró con una cómplice sonrisa.