– ¿Te gustaría ir a la playa? -preguntó Antonio mientras conducía de regreso.
– Sí. Claro que sí -respondió con sincero entusiasmo.
– Tengo una casa en Acapulco. Tiene estupendas vistas al mar y una extensa playa privada de arena fina y dorada. Es muy bonita, aunque no sé si tanto como la tuya… Pero estoy seguro de que podría gustarte -dijo girando la cara hacia ella.
– Por supuesto que me gustará. Adoro el mar…
– Pues iremos este fin de semana.
Elena le devolvió una radiante sonrisa.
Llegaron a la puerta de su dormitorio y se detuvieron en el umbral. Elena se apoyó en la pared, comprobando la elevada estatura de Antonio muy cerca de ella.
– Buenas noches… yo… estaré en la puerta de al lado…
Se acercó a ella e inclinó la cabeza muy despacio. Alzó la mano hacia su rostro hasta posarla en su mentón y obligarla a levantar la barbilla. Esta vez la besó en los labios muy despacio. Elena cerró los ojos y recibió aquella caricia casi sin aliento. Al principio se sintió insegura y confusa, pero después cerró los ojos y posó sus brazos alrededor de su cuello, enterrando los dedos en el pelo y haciendo que el beso se hiciera más intenso. Tras unos dulces momentos bajó el rostro para separarse, aunque su mano se había detenido en la mejilla de Antonio.
– De acuerdo… hasta mañana -dijo Elena sin atreverse a levantar la vista.
Él tomo su mano y besó su palma, después la rodeó con sus brazos y la mantuvo quieta durante unos instantes. Elena sintió un nudo en el pecho al notar aquellas manos grandes y fuertes sobre su espalda estrechándola con ternura y se dejó arrastrar por una fuerte emoción.
– Buenas noches. -Antonio la soltó con disgusto y besó su frente, realizando un esfuerzo para no tomarla en brazos y conducirla hacia su habitación.
Fue una noche intensa y confusa para Elena. La fuerte atracción que sentía hacia él se fundía con un sentimiento de culpa. Se sentía en deuda con su familia, estaba a punto de claudicar con el hombre para el que ellos trabajaron. Tantos sacrificios por la separación, tanto sufrimientos por su ausencia… Y estaba dejándose seducir por él. Su madre debía de estar inquieta en la tumba y Agustín se sentiría avergonzado por aquel comportamiento. Pensó en su abuela Isabel; tampoco ella estaría orgullosa.
Iba a traicionarles, a todos.
Estaba aturdida e indecisa, daba vueltas en la cama pensando en aquel hombre que le mostraba respeto de forma honesta y considerada. Siempre había creído que hacer el amor era más que un simple rato de placer entre dos personas, era una muestra de amor sincero, de confianza en un futuro común; quizá por no haber hallado nunca a alguien que le hiciera abrigar aquellos sentimientos aún no se había iniciado en el sexo. Nunca entendió a la gente que tenía aventuras fugaces o que cambiaba de pareja como de zapatos. Creció con sus abuelos, una pareja que se amaba y se respetaba mutuamente, y ese fue el ejemplo que ella había seguido.
Si atravesaba aquella puerta no habría vuelta atrás; hacer el amor con Antonio establecería un antes y un después que se traduciría en una entrega total por su parte. Y decidió que antes debía poner en orden sus caóticos sentimientos.
Capítulo15
Amaneció nublado. El cielo ofrecía un ambiente de color plomizo y la humedad se hacía sentir. Antonio había salido temprano, hacía un buen rato, y Elena se dispuso a preparar el equipaje para el proyectado viaje a la playa. El entusiasmo por aquel nuevo proyecto le hizo olvidar los prejuicios que la abordaron la noche anterior. Miró hacia la ventana y vio reflejado en ella el rostro de una mujer diferente, una mujer que estaba a punto de dar un giro radical a su vida, dispuesta a tirar por la borda su pasado y ponerse el mundo por montera. Ella nunca había recibido tantas atenciones y concluyó que Antonio sería el hombre con quien iba a compartir por primera vez su intimidad, y Acapulco era el lugar ideal para dar rienda suelta a sus íntimos deseos.
Pero a través del cristal vio algo que le hizo reconsiderar todo el arrojo que había mostrado minutos antes: la reja de entrada estaba abierta de par en par. Se detuvo en seco, acercó su nariz a la ventana y aguardó un buen rato. La puerta no se movía, y nadie parecía haber advertido aquel detalle. El jardín estaba desierto y el empleado de seguridad había desaparecido de su campo de visión. Bajó la escalera y caminó despacio hacia la reja para no despertar sospechas. Al llegar al límite con la calle se detuvo y sintió que sus pies flaqueaban, negándose a seguir avanzando. Pensaba en Antonio, pero el recuerdo de sus abuelos aguijoneó sus remordimientos. Debía regresar a casa, a España. Sí. Era su deber. Tenía una oportunidad de escapar y no podía desaprovecharla.
Inició unos tímidos pasos por la acera. Seguía pensando en Antonio. Estaba indecisa. Avanzó un poco más y se detuvo; volvió la vista hacia la casa que acababa de abandonar. Era su futuro lo que debía decidir en aquel instante. Antonio le estaba ofreciendo amor, compañía, seguridad… Y ella estaba sola… ¿Merecía la pena arriesgarse para regresar a un hogar solitario y vivir torturada el resto de sus días por haberle abandonado? «No», se dijo. No dejaría escapar otra oportunidad. Por primera vez reconoció que sus sentimientos hacia él no eran provocados por el encierro; era algo más profundo: le amaba, y sentía auténtica necesidad de estar a su lado, en aquel hogar… Sí… iba a regresar con él, y esta vez para siempre. Era una difícil decisión y rezaba para no equivocarse.
De repente un coche frenó bruscamente a su lado y dos jóvenes ataviados con uniforme marrón descendieron del vehículo y se situaron frente a ella impidiéndole el paso. El guardia de seguridad de la mansión también la había seguido y se acercó con rapidez.
– Disculpe, señora… Debería volver a la casa -dijo azorado sin dejar de mostrar respeto.
– Claro. He salido a dar un paseo, pero ya regresaba… -dijo girando sobre sus pasos e iniciando el camino de vuelta.
Esperó a Antonio en el dormitorio junto a la ventana; advirtió la llegada de su coche antes de la hora habitual y supuso que le habrían informado de su intento de fuga. Estaba muerta de miedo por su reacción. Y la conoció enseguida.
Un portazo a su espalda le anunció su presencia en la alcoba. Elena se volvió y se enfrentó a un rostro contraído por la furia que avanzaba con pasos seguros hacia ella.
– Antonio… Lo siento…
– Yo también -dijo quieto frente a ella.
– Tuve un impulso de salir, pero después decidí volver… No pretendía marcharme… Quiero quedarme aquí…
– Sí. Vas a quedarte en México, de eso no tengo dudas porque ya he tomado medidas -dijo abriendo la puerta para indicarle que saliera.
– ¿Qué vas a hacer?
– Impedir que vuelvas a cometer otra torpeza -replicó con frialdad-. ¡Vamos!
Salieron de la sala en dirección a la puerta exterior. El motor del coche aún estaba en marcha y uno de los empleados de seguridad se sentó junto al conductor. Antonio abrió la puerta indicándole que subiera. Elena esperaba que él lo hiciera a su lado, pero cerró de un golpe desde fuera y ordenó con un gesto al conductor que partiera. A través del cristal cruzó por última vez sus ojos con los suyos. Su mirada desprendía decepción y tuvo la desagradable sensación de que había tirado por tierra una oportunidad de ser feliz, pero se dio cuenta demasiado tarde.
La incertidumbre sobre su destino le hizo estremecer. ¿La enviaba a la cárcel? ¿Sería capaz de aquella crueldad? La mampara de cristal opaco estaba elevada, impidiendo así la comunicación con los silenciosos guardianes que viajaban con ella. Durante más de una hora recorrieron numerosas calles y circunvalaciones hasta salir de la ciudad, y al cabo de unos cuantos kilómetros de caminos sin asfaltar se tranquilizó al reconocer el lugar de destino: la hacienda Santa Isabel.