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El coche se detuvo en la puerta y fue recibida por el ama de llaves. Lucía era una mujer áspera, huesuda y excesivamente delgada, con el cabello recogido y la espalda siempre recta, altiva y autoritaria. Su rasgo predominante eran los gélidos ojos grises que comenzaron a escudriñarla con una mirada penetrante y altanera, haciéndola sentir una intrusa en la mansión donde ella ostentaba el mando.

– Sígame, señora -le pidió mientras caminaba delante, erguida, con la cabeza ligeramente echada hacia atrás.

La condujo hacia la habitación donde estuvo encerrada los primeros días de su llegada y se despidió con un frío «buenas tardes». Después cerró con llave la puerta desde fuera.

El día continuó desapacible y la lluvia golpeaba con fuerza en los cristales. Elena posó su mirada en la ventana para descubrir que no era el suyo el rostro allí reflejado, sino el de una extraña que poco a poco iba perdiendo su forma, desdibujando sus rasgos y convirtiéndose en un fantasma. La persistente lluvia no dio tregua en toda la tarde y el sonido del agua sobre los cristales la sumió en una triste melancolía. Su recién hallada familia se había esfumado y el futuro al lado de Antonio se deshizo como un castillo de arena. Había perdido su confianza y estaba completamente sola. Las pesadillas regresaron con virulencia aquella primera noche de encierro. La invadieron sueños desagradables, inquietos, sin sentido. Pasó en vela toda la madrugada y amaneció exhausta. Solo con las primeras luces retomó el sueño y consiguió descansar unas horas.

Antonio regresó a la hacienda la tarde siguiente y tuvo noticias de que Elena apenas había ingerido alimentos desde su llegada y había permanecido en la cama todo el tiempo. Entró en el dormitorio y abrió las cortinas de par en par. Una resplandeciente luz exterior inundó la estancia.

– Por favor, cierre las ventanas -suplicó Elena cubriéndose la cabeza con las sábanas.

– ¿No piensas levantarte?

Su ronca y autoritaria voz le produjo un sobresalto. Después él tiró de las sábanas bruscamente.

– Vamos, arriba -dijo tomándola del brazo y conduciéndola al baño; abrió el grifo de la ducha y la miró con severidad-. Te espero fuera.

La frialdad del agua sobre la piel estimuló sus reflejos y la hizo reaccionar. Salió después con pasos vacilantes y ojos asustados. Antonio aguardaba junto a la ventana y se acercó despacio con mirada grave.

– No te saldrás con la tuya -le dijo apuntando con su dedo índice-. No voy a ceder ante este nuevo chantaje y tampoco voy a permitir que te hagas daño.

Elena se sentó en la cama con la mirada perdida, envuelta en un blanco albornoz que palidecía aún más su rostro.

– No pretendía llamar tu atención, te lo aseguro. Estoy muy cansada. Eso es todo.

Él le alzó el mentón para mirarla y observó que sus ojos habían perdido la luz que le había seducido la primera vez que la vio.

– ¿Qué te ocurre?

– Apenas he dormido. Tuve pesadillas durante toda la noche.

– ¿Son como las que me contaste la otra tarde? -El tono duro había desaparecido.

– No. Ahora son diferentes, más reales, disparates sin sentido, sombras que me persiguen para hacerme daño, sitios oscuros donde estoy encerrada… y despierto aterrorizada…

– ¿Por qué crees que quieren hacerte daño?

– No lo sé. Es solo una percepción de peligro. Ahora veo sus rostros, son más humanos que antes.

– ¿Reconoces a alguien?

– Tú eres uno de ellos -dijo mirándole con recelo.

Antonio se sentó en la cama a su lado y emitió un suspiro.

– ¿Vas a castigarme? -Había miedo en su voz.

– Estoy decepcionado ante tu falta de sentido práctico, pero jamás te haría daño.

– ¿Hasta cuándo vas a tenerme encerrada?

– Depende de ti. -Se volvió hacia ella.

– ¿Qué debo hacer?

– Convencerme de que no vas a cometer otra imprudencia. Aún espero que hagas un esfuerzo para estar a la altura y que recuperes la sensatez.

– No volveré a hacerlo, te lo prometo.

– No es suficiente, ya no confío en tu palabra -replicó con gravedad.

Elena se volvió hacia él con timidez y colocó la mano en su rostro. Antonio quedó inmóvil al recibir aquella inesperada caricia. Elena se acercó despacio dirigiendo la mirada a sus labios y los rozó con suavidad. Él respondió con entusiasmo, abrazándola con fogosidad y empujándola hacia atrás sobre la cama. Estaba sobre ella, desabrochando el albornoz y recorriendo con las manos su piel fresca y perfumada. Elena cerró los ojos y se dejó llevar.

– Harías cualquier cosa por salir de aquí, ¿verdad? -preguntó en voz baja interrumpiendo aquel contacto. Estaba sobre ella, dominándola con su cuerpo y mirándola con severidad. Después rechazó despacio los brazos que aún estrechaban su cuello y se puso de pie con lentitud.

Los sentimientos que Elena había liberado se agolpaban en tropel, pero sus labios se negaban a abrirse para decirle que le quería, que deseaba ser su mujer; pero en vez de eso, un indeciso…

– … No volveré a hacerlo -emergió como una letanía.

– Nunca sé cuándo eres sincera.

Se quedaron en silencio durante unos largos instantes.

– Vístete. Hay novedades. Te espero en mi despacho -ordenó mientras salía de la alcoba dejando la puerta abierta.

La tarde por fin mostró los primeros rayos de sol tras el largo aguacero. Olía a tierra mojada y el patio iluminaba la gran escalinata que conducía a la planta baja. A pesar de su encierro, Elena se sentía como en casa, había algo allí que la atraía como un imán.

El despacho estaba situado frente a la puerta de entrada de la casa, bajo los soportales de arcos apuntados que rodeaban el patio. Llamó con unos tímidos golpes a la puerta y recibió una respuesta firme desde el interior. Antonio estaba sentado tras una enorme mesa de madera labrada y a su izquierda se situaba el ordenador, en cuyo teclado trabajaba en aquel momento.

– Siéntate -le pidió señalando un sillón de cuero frente a él. Después colocó los codos sobre la mesa y cruzó sus manos sobre ella-. Me han informado de que alguien denunció tu desaparición ante la embajada española y han solicitado información oficial a la policía de México.

Esperó una reacción, una respuesta. Pero Elena no se inmutó.

– ¿No vas a preguntarme quién ha sido? -preguntó con gravedad.

– Ha sido Jean Marc. Jean Marc Detroux, ¿no es cierto?

Él afirmó en silencio.

– ¿Estabas con él?

Ella le miró con insolencia sin ofrecer respuesta.

– ¿Te importa?

– Sí -respondió con severidad.

– ¿Por qué?

– No has contestado. ¿Estabas con él?

Ella no respondió de inmediato, hizo una larga pausa con una serenidad que a él le pareció irritante.

– Qué más da… Estoy aquí, contigo. Y para una larga temporada… -dijo con sarcasmo.

– No juegues conmigo, Elena -ordenó con gesto amenazante.

Elena se levantó con intención de dejarle solo. Quería provocarle para devolverle el desprecio que él le hizo antes en el dormitorio; quería decirle que ella no le pertenecía; no pertenecía nadie… pero Antonio alcanzó su brazo y la retuvo, obligándola a sentarse de nuevo mientras él quedaba en pie frente a ella, apoyado en el borde de la mesa.

– Aún no hemos terminado. No me has dado una respuesta.

Cuanto más la conocía, más curiosidad sentía por la vida de ella, no tanto por los recuerdos que le había relatado desde su llegada como por lo que aún no le había expuesto de sí misma.

– Jean Marc era amigo de mis abuelos. Ha sido mi único apoyo desde que murieron y se ha portado como un padre desde entonces… ¿Satisfecho? -respondió mordaz.

– ¿Se trata de la persona de la que me hablaste la otra noche?

– Sí, y me gustaría hablar con él para tranquilizarle…

Por toda respuesta, Antonio abrió un dossier, extrajo unos documentos y los volvió hacia ella.