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– Bien -respondió bajando sus ojos con timidez.

Él seguía con su mirada inmóvil sobre ella. Fue un momento embarazoso en el que se maldijo a sí misma por no saber qué hacer ni qué decir.

– ¿Sigues enfadado? -preguntó al fin elevando su rostro.

– No. ¿Y tú? -respondió veloz Antonio. Su mirada era cordial, parecida a la que tenía en la ciudad, cuando era amable y comunicativo con ella.

Elena movió la cabeza hacia los lados indicándole que ella tampoco.

– ¿Quieres… cenar conmigo?

Elena hizo un gesto alzándose de hombros para indicar que sí. Pero él no lo entendió así.

– No debes sentirte obligada. No soy tu carcelero ni tienes que esforzarte por agradarme.

Esta vez alzó la cara y fijó los ojos en los suyos sintiendo un leve remordimiento.

– Me gustaría… cenar contigo…

Él asintió complacido exhibiendo una sonrisa.

– Bien, entonces vayamos a la terraza; hace una tarde estupenda.

El sol se había despedido, agazapado tras las lejanas cumbres de color canela, y una cálida brisa les acompañó mientras cenaban a la luz de las velas.

– Estás muy ocupado… -insinuó Elena para iniciar una inocua conversación.

– Sí, en estos días he tenido que resolver personalmente algunos problemas.

Elena hacía esfuerzos para no preguntarle si el auténtico motivo de su repentina marcha había sido ese o la discusión que había mantenido con ella.

– ¿Y tú? ¿Qué has hecho estos días?

– Leer… nadar… aburrirme… -Terminó con un gesto de resignación.

– Mañana me encargaré de animarte el día.

– ¿No vas a ir a la ciudad? -preguntó tratando de ocultar su entusiasmo.

– He dejado solucionados los asuntos más urgentes esta mañana, cuando llegué de Cancún.

– ¿Has estado en la playa? -Ahora su decepción era patente. ¿Habría ido en viaje de negocios o de vacaciones?

– Sí. La cadena Veracruz Hoteles está inmersa en un gran contencioso legal y me desplacé hasta allí para conocer de cerca todo lo referente al caso.

– Vaya… -Respiró más tranquila-. Tienes un ritmo de vida muy estresante.

– Bueno… no siempre es así. Por suerte no todos los días surgen grandes complicaciones como esta. Pero ya está resuelto y tendré más tiempo libre para dedicarme al gran problema que ahora me preocupa: tú. -La miró mientras cruzaba los brazos sobre la mesa.

– ¿Yo? -preguntó desconcertada.

– Sí, tú. Dices que te aburres mucho y me has creado un conflicto. Quiero resolverlo cuanto antes. Dime qué necesitas, qué debo hacer para que seas un poco más feliz.

– Estoy bien… -dijo alzándose de hombros-. Y te agradezco todo lo que has hecho por mí.

– ¿Pero…? -La miró esperando a que continuase hablando.

– Pero lo que yo necesito no puedes dármelo.

– ¿Qué es?

– Estabilidad, seguridad, memoria…

– ¿Memoria? -La miró frunciendo su frente.

– En los últimos días me vienen a la mente ráfagas de recuerdos, caras, gente moviéndose por aquí y por allí… Y ya no solo pasa en mis sueños, también los tengo cuando estoy despierta.

– ¿Has visto a alguien que conozcas, además de a mí?

Elena le miró con sentimiento de culpa al recordar una de sus pesadillas. Después afirmó con un gesto mirando hacia la mesa.

– ¿A quién?

– No tiene importancia. -Se encogió de hombros.

– Sí la tiene -insistió-. ¿Quién es?

– Mi abuelo, José Peralta.

– ¿Le ves aquí? ¿Por qué?

– No lo sé… -De nuevo quedó con la mirada extraviada.

– ¿Por qué no te sientes segura? -preguntó tras otro silencio mientras la observaba con atención.

– ¿Lo estarías tú si de pronto te vieras retenido en un país extraño, sin perspectivas de volver a casa y sin saber qué puede pasar mañana mismo?

– Esto es más complejo de lo que creía. -Tras un corto silencio la miró de nuevo-. ¿Tienes alguna sugerencia?

– Sí -respondió tras una pausa-. Prométeme que esta situación no va a empeorar.

– Te lo prometo.

– ¿Palabra de honor?

– Palabra de honor -concluyó con una sonrisa.

– Es suficiente.

Tras la cena se dirigieron hacia el salón, donde el retrato de Andrés Cifuentes sobre la chimenea parecía dominar con su presencia todo el espacio. Antonio se sirvió una copa y ofreció otra a Elena, pero esta la rechazó con un gesto. Después se acomodó frente a ella para contemplarla bien.

– ¿Por qué me miras así?

– Estoy recordando la primera vez que te vi. Quedé impresionado…

– ¿En aquella cabaña?

– No. En el aeropuerto de Washington. Compartíamos la sala de espera, pero tú no reparaste en mí, ni siquiera te dignaste a volver la mirada cuando te ofrecí ayuda… -Sonreía divertido al ver el gesto de asombro de Elena.

– ¿Tú estabas allí? Pero… ¿sabías quién era yo…? -preguntó con los ojos abiertos por la sorpresa.

Antonio negó con la cabeza.

– Fue una casualidad. Lo supe cuando llegué a la hacienda aquella noche. Tenía intención de invitarte durante tu estancia en México; quería conocerte mejor. Lo que nunca imaginé es que iba a ser tan fácil tenerte cerca…

– Para ti ha sido muy sencillo, pero debes ser consciente de que no estoy a tu lado por voluntad propia.

Antonio le dirigió una mirada indescifrable. Y ella se arrepintió enseguida de haber hecho aquella observación. La jovialidad que habían compartido se había esfumado de nuevo.

– Bueno, es medianoche. Me voy a dormir -dijo Elena tras unos incómodos minutos.

Capítulo19

De madrugada, un gemido alteró bruscamente la silenciosa calma. Antonio corrió al dormitorio de Elena y la vio agitando las manos y gritando de terror. Acarició con suavidad su cara, pero ella comenzó a golpearle para defenderse. La abrazó sujetando sus brazos para tratar de calmarla hasta conseguir que abriera los ojos y recuperase la consciencia.

– Tranquila… tranquila. Ya pasó todo. Ha sido otra pesadilla -susurraba en su oído. Lentamente los temblores remitieron al abrigo del cálido abrazo.

– Ha sido… horrible… Creo que voy a volverme loca…

– Cuéntame, dime qué te preocupa.

– Necesito saber qué pasó con mi madre y mi abuelo… necesito despejar muchas incógnitas…

– ¿Cuáles? ¿Qué has soñado?

– Era otra vez mi abuelo… Él estaba aquí, en esta hacienda…

– ¿Estás segura de que era él? -Hablaba en voz baja acariciando su espalda. Elena confirmó con la cabeza.

– Sí. En el sueño yo estaba en la cabaña, con mi madre; ella le vio llegar y me obligó a esconderme en una caja de madera debajo de la cama. Estaba muy oscuro, y yo escuchaba cómo gritaban y discutían; él le estaba haciendo daño y yo… estaba muerta de miedo, inmóvil y a oscuras…

Elena no pudo apreciar la crispación que sufría Antonio mientras la escuchaba.

– Puede que solo fueran temores infantiles; es una simple pesadilla, no debes darle importancia.

– Desde que sueño con mi abuelo, vivo atormentada por las dudas. Le veo a menudo en esta casa, como si viviera aquí, pero se comporta de forma extraña.

– ¿Hablas con él en tus sueños?

– No. Al contrario. Me inspira miedo. Y esta noche… mi madre me protegía de él. Creo que pasó algo entre ellos…

– ¿Qué crees que pudo haber pasado?

– Quizá él era mi auténtico padre, por eso me llevó a España.

– Tu padre no era tu abuelo, sino el hijo de este -le dijo separándose para mirarla.

– Entonces ¿por qué no le recuerdo a él?

– Porque murió antes de que tú nacieras. En eso no te mintieron.

– ¿Por qué estás tan seguro? -Le miró con ansiedad.