– Esto -le dijo con emoción señalando el tronco en el que había grabada una vieja señal, apenas perceptible, de una circunferencia de unos treinta centímetros de diámetro.
– ¿Qué es? -indagó pasando su mano por aquella marca.
– Yo jugaba aquí con mi hermano y sus amigos. Este círculo era una diana y ellos lanzaban las navajas hacia el centro… ¡Dios santo! De repente me vienen a la memoria muchos nombres… Chiqui, Pedro, Evelio… ¿Te suenan? Puede que sean hijos de algunos de tus trabajadores y sigan aquí… -dijo excitada.
– ¿Y qué quieres de ellos? ¿Vas a preguntarles con quién estuvo enredada tu madre? Ella está muerta y debes dejarla descansar en paz…
– Tú sabes algo más, lo presiento -le censuró, mirándole con desconfianza.
– El presente es lo único que importa… -dijo, aprisionando sus brazos y acercándola a él para enfrentarse a una mirada ausente y enojada.
Después la soltó y regresó a la montura, impotente ante la tibia respuesta de aquella mujer que aparentaba frialdad para disfrazar su extrema fragilidad. La sentía vulnerable y a la vez intuitiva, difícil de convencer o de engañar.
– ¿Qué ha pasado con las cabañas? -preguntó de regreso al descubrir un solar desierto en el lugar donde se ubicaban las antiguas viviendas de madera.
– Voy a construir nuevos establos sobre estos terrenos. Pronto comenzarán las obras.
– Vaya. Todo ha desaparecido. El rastro de mi pasado se va esfumando poco a poco. Parece que lo has hecho aposta… -dijo dirigiéndole una mirada de reproche-. Vayamos al antiguo establo, aún queda algo en pie.
– ¡No! -ordenó tajante.
– Por favor, déjame visitarlo por última vez antes de que se convierta en un montón de escombros.
– Regresemos.
Pero ella no le escuchaba y cabalgaba veloz hacia allí, seguida por su irritado acompañante, quien no pudo evitar que desmontara y se adentrase a gran velocidad entre los restos del establo. Los trabajos de demolición aún no habían concluido y apenas quedaban en pie la puerta de entrada y las primeras cuadras.
De nuevo Elena sintió la misma inquietud del primer día.
– ¡Vamos, sal de ahí! -ordenó él desde la puerta-. Esto puede derrumbarse en cualquier momento.
– Por favor, déjame enfrentarme a mis miedos. Tengo que recordar qué pasó aquí.
– ¡Carajo! ¿Por qué eres tan terca? ¿Acaso vas a resucitar a los muertos? Regresa de una vez a la realidad. -Estaba a su lado, tirando de su mano hacia el exterior.
Elena presentía que aquel lugar era el punto oscuro de su memoria. Algo extraño había ocurrido allí, y el esfuerzo de Antonio por hacer desaparecer las huellas aumentaba su certidumbre de que ocultaba algún secreto que no estaba dispuesto a compartir con ella.
– Lo haré cuando descubra toda la verdad. ¡Te juro que no descansaré hasta saberlo todo! -le retó con la mirada indicándole que no aceptaba su autoridad.
– ¡Ya sabes la verdad…! -exclamó irritado.
– ¡No es cierto! Tú no me ayudas; al contrario, me despistas con mensajes confusos…Veo que mis inquietudes te interesan muy poco… pero no voy a dejar que me manipules.
– ¿Es eso lo que crees? ¿Así de simple? ¿Por quién me has tomado? -le increpó con enojo-. Eres injusta. Solo pretendía hacerte ver que el pasado no debe condicionar tu presente. Estas repentinas pesadillas y visiones están afectándote demasiado. ¿Es que no lo ves? Se están convirtiendo en una obsesión… Yo solo pretendo protegerte de ti misma.
– Yo necesito saber la verdad, Antonio -dijo más calmada acercándose a él-. Necesito saber quién era mi padre, por qué mi madre me abandonó, por qué mi abuelo la maltrataba, quién es el padre de Agustín. No puedo continuar sin saber antes por qué estoy aquí ahora.
– No podrás avanzar hasta que no hayas superado ese escollo del pasado. Debes aceptarte por lo que eres hoy, no por lo que podrías haber sido si tu vida no hubiera cambiado hace veinte años.
– Pues no voy a rendirme. Lo siento. Vine a México para averiguar qué pasó, y pienso hacerlo con tu ayuda o sin ella.
Antonio soltó el aire muy despacio y la miró a los ojos. En su rostro había un rictus de crispación contenida con gran esfuerzo.
– ¿Sabes lo que creo? Que tienes miedo de aceptar el presente porque crees que vas a convertirte en otra persona. Necesitas aferrarte a un pasado que no existe ni existió nunca para ti; ese es tu escudo protector.
Elena miró al suelo y durante unos instantes permaneció quieta, reflexionando sobre las palabras de Antonio. Después le dio la espalda y montó en el caballo. Cabalgaron en silencio y al regresar a la mansión se dirigió sola hacia su dormitorio.
Elena admitió con pesar que le costaba confiar en Antonio. Intuía en sus silencios una sombra de misterio, una deliberada intención de ocultar algún secreto. Le observaba mientras ella narraba recuerdos de su niñez: él se interesaba por sus relatos y los escuchaba con atención. Demasiado, creía Elena; pero en vez de aclarar sus dudas, solo conseguía enredarla más, insinuando hechos y datos que decía haber comprobado y desdiciéndose más tarde de sus afirmaciones. ¿Acaso creía que podía engañarla? ¡Qué poco la conocía…!.
– ¿Aún sigues enfadada? -Antonio había entrado con sigilo desde la habitación contigua.
– No. Estoy dolida. Te empeñas en hacer que me olvide de mi pasado y acepte una versión diferente cada día para que no siga hurgando en él…
Antonio emitió un suspiro manifestando su disgusto.
– ¿Quieres saber toda la verdad? Pues vas a conocerla. Ven -dijo alargando su mano-. Tienes una visita que podrá aclararte todas tus dudas.
– ¿Yo? -preguntó extrañada-. ¿De quién se trata?
– Ven y lo verás.
Antonio la condujo hasta el salón y allí la dejó sola, cerrando las puertas al salir. Elena descubrió, junto al ventanal, una silueta algo gruesa y de baja estatura que se le hizo familiar: era Regina Gutiérrez, la primera y única persona que le había hablado allí de su familia. Su corazón dio un vuelco mientras se dirigía hacia ella, ávida de respuestas. Pero la dulce mirada que Elena recordaba de aquella mujer se había esfumado, dando paso a una actitud de inseguridad y temor; su incomodidad era visible en todos sus gestos.
– Señorita, qué bueno volver a verla -dijo esbozando una tímida sonrisa y desviando su mirada hacia un punto de la estancia.
– Siéntese, por favor -dijo Elena, emocionada-. Gracias por venir, Regina, necesitaba tanto hablar con usted…
– La señora Lucía… -dijo con voz insegura.
– ¿Fue ella la que pudo localizarla?
– Si… Yo me fui a vivir con una hermana… no tenía dónde vivir. Nací aquí, este fue mi único hogar.
Durante su larga conversación Regina confirmó las sospechas de Elena: Trinidad González mantuvo una larga relación con José Peralta, su abuelo, fruto de la cual nació Agustín; pero años más tarde conoció a Rafael y se enamoraron perdidamente. José montó en cólera al tener conocimiento del romance entre ella y su hijo. Hubo entre ellos desagradables diferencias, con el consecuente deterioro de las relaciones. Sin embargo, José aceptó aquel matrimonio, fruto del cual nació Elena. Rafael murió antes de que ella naciera y pocos años después José Peralta decidió regresar a España; entonces pidió a Trinidad que le entregara a su nieta para llevarla con él.
– Pero… usted me contó que mi madre me envió voluntariamente con mis abuelos… -señaló desconcertada.
– Ella estaba segura de que usted estaría mejor con ellos, pero aún así es muy duro para una madre desprenderse de un hijo. Su abuelo no era una mala persona, pero no le dio opción… -La mirada de Regina Gutiérrez era esquiva y su voz sonaba insegura.
Elena se reunió con Antonio tras el encuentro con la antigua sirvienta. Estaba satisfecha porque había conocido al fin los pasajes oscuros de su infancia y sabía a ciencia cierta quién era su verdadero padre y las circunstancias que rodearon la separación familiar.