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El dueño de la hacienda se preparó otra copa mientras aguardaba. Era un hombre singular, poderoso y soberbio, acostumbrado a controlarlo todo y a todos, con influencias en los estamentos del poder y relacionado con las personalidades más influyentes del país, entre ellos jueces, políticos y fuerzas de seguridad. Había tomado las riendas de la hacienda tras la violenta muerte de su padre, quien dirigió aquella explotación con mano de hierro hasta el final. Pero aquellas tierras no eran una prioridad para él; poseía una clara intuición para los negocios y una gran preparación: había estudiado en Estados Unidos y durante largas temporadas había viajado por Europa. Desde su intimidante despacho en la planta cuarenta del rascacielos que construyó para su holding tras el gran terremoto del año 1985, dirigía un gigantesco entramado de sociedades cuyas actividades abarcaban desde la construcción hasta el monopolio de servicios energéticos y de transportes. En sus comienzos adquirió una fábrica de cemento, a la que siguieron otras de materiales de obras, de maquinaria pesada y un largo etcétera hasta convertirse en la primera firma del país encargada en exclusiva de construir equipamientos públicos para el gobierno mexicano: puentes, carreteras, estadios y, de vez en cuando, residencias para algunos políticos, grandes amigos y socios en los negocios. Su excelente relación con la alta jerarquía le había proporcionado un desmesurado poder que provocaba respeto y temor entre los competidores, pues no se detenía ante ningún obstáculo para conseguir sus propósitos. Fue portada de la revista América Economía durante dos años consecutivos, elegido como empresario modelo, y la insignia de su holding estaba presente a lo largo de toda la geografía mexicana con un número de empleados que se contaba por miles. Todo aquel imperio había sido creado en los últimos quince años por él mismo. Vivió en la hacienda durante su primera infancia y después lo enviaron a Estados Unidos, donde creció en la soledad de un selecto y elitista internado de Washington para más tarde estudiar en Harvard. Jamás conoció a su madre, aunque sabía que vivía, y regresó a los veinticinco años a su país para demostrarse a sí mismo y al resto de sus congéneres que no necesitaba a nadie para triunfar, ni siquiera a su padre. Este aceptó con escepticismo los inicios empresariales de su carismático hijo, al que aguardaba en la hacienda para situarlo bajo sus órdenes como tuvo siempre a todos los que le rodeaban.

Andrés Cifuentes fue un hombre de áspero y despótico carácter que dificultaba la comunicación entre ellos, y Antonio era demasiado independiente para ser un segundón subordinado a su autoridad. La relación entre ellos no siempre fue cordial, ya que apenas habían convivido como una familia. Sin embargo, había heredado de su padre la soberbia del poder y el gusto por el sexo femenino. Nada escapaba a su control; era arrogante y desconfiado, y estaba acostumbrado a ordenar y a ser obedecido. Por esa razón consideró una humillación el conocer que el autor del crimen había sido un miserable mozo de cuadras empleado en la hacienda, y convirtió su captura en una cuestión de honor para él y toda su clase social. El castigo debía ser ejemplar y había determinado dar una lección a los que osaran creer que tendría compasión, deseando someter al criminal al escarnio público para satisfacer así su venganza. Le urgía encontrarle y no escatimaba ningún medio para conseguirlo; aspiraba a verle de rodillas ante él, era un privilegio que las autoridades habían prometido concederle; y ahora tenía una nueva baza: había atrapado a su hermana, una linda mujer a la que mantendría encerrada hasta conseguir que Agustín González se entregara.

Capítulo4

Los dos hombres se quedaron en silencio, observándola con detalle. Habían facilitado a Elena un vestido rojo de algodón con flores blancas y anchos tirantes que le hacía mostrar un generoso escote; su pelo estaba recogido en la nuca con una coleta.

– Hola. Buenas tardes -saludó tímidamente ante ellos.

– Esta es su hermana. -El carcelero se dirigía a su compañero de mesa, ignorándola.

El hombre de rostro delgado surcado de arrugas verticales y de negro bigote posó sus vivos ojos sobre ella, recreándose y examinándola despacio.

– Dé una vuelta -ordenó Antonio Cifuentes.

– ¿Qué? -Le miró desconcertada.

– He dicho que dé una vuelta. Queremos verla bien.

Ella se fue girando despacio, mirando hacia el suelo mientras se sometía al escrutinio de aquellos hombres. Al detenerse de nuevo frente a ellos no tuvo valor para levantar los ojos.

– Tiene razón, cuesta creer que esta linda chamaca sea hermana del indio que buscamos -dijo el visitante sin dejar de posar su vista sobre ella.

Elena seguía en pie, sintiéndose como un espectáculo de circo. Advertía en su cuerpo el desprecio de aquellas miradas y en la mente la humillación de ser tratada como un ser inferior.

– Debo marcharme, tengo asuntos pendientes. Llámeme si obtiene alguna información. Estaremos en contacto -dijo el policía mientras se levantaba. Ni siquiera se molestó en despedirse. Ella no era nadie.

Los oscuros y groseros ojos de su carcelero la desnudaron de arriba abajo, deslizando la mirada por sus piernas, por el vestido y el escote hasta detenerse en su rostro.

– Siéntese y suéltese el cabello -ordenó al quedar solo. Parecía estar escasamente complacido con lo que estaba viendo.

La joven se sentó dócilmente y se soltó el lazo sin dejar de mirar hacia el mantel de color salmón que cubría la mesa.

– Me han dicho que no ha comido en todo el día.

– No tengo apetito.

– Levante la cara -le ordenó.

Elena obedeció despacio.

No eran los ojos, sino su profunda mirada la que sobrecogía al que se cruzaba con ella. Unas veces expresiva, y otras distante, en ningún caso dejaba indiferente a su interlocutor, atrayéndole como un perfume para tratar de descubrir el origen de la luz que emanaba de ellos, una luz que podía transmitir serenidad o inquietud, frialdad o calor, orgullo o humildad. La imagen de fragilidad que inspiraba su cuerpo se dispersó al posar la mirada en Antonio Cifuentes, quien halló unos ojos serenos, fríos y orgullosos.

– Ahora va a comer, no volverá a conmoverme con sus desmayos. Merece recibir una buena lección. -Volvía a la carga con sus amenazas.

Ella no respondió y bajó de nuevo la vista.

– ¿Dónde está Agustín González? -La pregunta era una orden.

Durante un instante Elena quedó en silencio.

– Yo no le conozco.

– ¡Miente! -dijo acercándose a la mesa.

– No -respondió con suavidad sin mirarle-. Lo siento, pero está en un error. Yo no conocía a mi familia. Para eso vine a México.

– Miente de nuevo. Había una carta en su bolso enviada por él y en ella estaba escrita esta dirección. No hay duda de que mantenían contacto. Ha venido para ayudarle, ¿no es cierto?

– ¿Cuándo ocurrió…? ¿Cuando murió su padre?

– ¿No lo sabe? -interrogó a su vez, desconcertado.

– No.

Él la miró con curiosidad; no estaba seguro de su respuesta.

– Murió hace un mes, fue a primeros de julio.

– Compruebe la fecha del sobre, verá que es del mes de abril.

– ¿Pretende hacerme creer que no han vuelto a tener contacto? ¿Me toma por un estúpido?

Ella quedó en silencio, impotente. Era imposible defenderse de unas garras que se hundían en su cuello como el perro de caza que atrapaba una presa y la balanceaba de un lado a otro. Ya había sido juzgada y condenada, y temía el castigo y rezaba para que no cumpliera la amenaza de entregarla a sus hombres.