– ¿Cuándo llegó a la ciudad?
– Hace dos días.
– ¿Cómo?
– En un vuelo de la compañía United Airlines con escala en Washington.
– Lo sé, y también sé que voló en primera clase. Maneja mucho dinero, señorita -dijo con ironía.
Elena deseaba explicarle que el billete fue un regalo de Jean Marc, su «hermano postizo» como se llamaba a sí mismo, su gran amigo y confidente. Pero lo pensó mejor. Aquel hombre no la creía, y convencerle de su inocencia era una tarea imposible en aquellos instantes.
– ¿Existe el detective del que me habló anoche? -insistió.
– No.
– Míreme cuando le hablo. Veamos ahora cuántas mentiras me contó ayer. ¿Fue usted adoptada?
– No… Bueno, sí. Mis abuelos me adoptaron -respondió ignorando su orden.
– ¿Sus abuelos maternos?
– No, los padres de mi padre.
– ¿Quién es su padre?
– Rafael Peralta Ramos.
– ¿Es realmente hija de Trinidad González?
– Sí.
Esta vez alzó la mirada; Elena pensó que lo más inquietante de aquel hombre residía en el rostro, en aquella expresión fría y despiadada que emanaba de sus profundos ojos, muy unidos entre sí. Su cabello oscuro y lacio peinado hacia atrás, brillante y engominado, marcaba en el centro de la frente un pequeño triángulo dividiéndola en dos. Su nariz no era perfecta, apenas hacía la curva convexa descendente en el inicio, donde mostraba unos marcados pliegues verticales junto a las cejas, tan negras como el cabello. Su barbilla también se dividía, recorrida por un hoyuelo longitudinal.
– De no ser por la foto que he visto, me costaría creerla.
– Yo heredé el parecido de mi padre, era rubio como yo. Mi hermano se parecía a mi madre.
– ¿Pretende hacerme creer que su hermano y usted tienen el mismo padre? -inquirió desconcertado.
– Pues… claro.
Durante una fracción de segundo, Elena advirtió un relámpago de sorpresa en la severa mirada de aquel hombre.
– ¿Acaso no sabe quién es el padre de su hermano?
Elena quedó en silencio, desconcertada; su ignorancia la estaba delatando y condenando. Ella no sabía gran cosa de su familia mexicana, y su abuela no le aclaró demasiado antes de morir; solo le habló de su madre, y al ver la foto que ahora estaba en poder de aquel hombre Elena entendió que eran una familia…
– Sí… Era mi padre… -dijo encogiéndose de hombros.
El secuestrador se recostó con parsimonia en el respaldo de la silla, examinándola desde una perspectiva más lejana. El vestido entallado resaltaba el escote sobre su piel morena, y estudió aquellos grandes ojos verdes que le miraban intranquilos, pendientes de los suyos, tratando de convencerle.
– Es usted una embustera. No creo ni una palabra de lo que dice. ¿Dónde está su padre ahora?
– Murió antes de que yo naciera. Apenas conozco mi pasado, solo sé que nací aquí, en México. Mis abuelos me contaron que mis padres vivían con ellos en un pueblo cerca de esta hacienda. Crecí pensando que mi madre había muerto durante el parto, pero hace poco me enteré de que vivía y que tenía un hermano -dijo tímidamente-. No sé nada más…
– Está mintiendo. Su madre siempre vivió en esta hacienda.
– ¡No! Mis padres estaban casados y vivían en la casa de mis abuelos -protestó irritada; pero enseguida bajó los ojos. No debía provocarle.
– Miente de nuevo.
Había algo que no encajaba; ella parecía relatar su verdad, pero inserta en ella había una falsedad, una imprecisión que alteraba la autenticidad de sus palabras.
– ¿Dónde están sus abuelos? ¿Por qué vivían en España?
– Ellos han muerto ya. Eran españoles y vivieron durante treinta años en México, exiliados durante la guerra civil. Mi padre nació aquí, y yo también. Después de su muerte, mis abuelos regresaron a España y me llevaron con ellos.
– Lo que faltaba -dijo con una media sonrisa-, criada entre comunistas…
Elena iba a protestar, pero decidió callar.
– ¿Y si realmente se ha equivocado de familia? Quizá su madre era otra Trinidad González, como me dijo anoche. -Le tendió una trampa. Había una irónica nota de provocación en el fondo de aquella pregunta.
– No. De eso estoy segura. Ellos son mi familia.
– Le estaba ofreciendo una oportunidad y la ha vuelto a desperdiciar -dijo acercándose de nuevo a la mesa para observarla de cerca-. ¿Qué versión debo creer, la de ayer o la de hoy?
– Ayer conocí todo lo que había ocurrido y sentí miedo. -Le miró con franqueza-. Le mentí para salir de aquí, pero ahora estoy diciendo la verdad.
– No del todo. Hay algo que no encaja en estas patrañas que me ha contado. ¿Para qué trajo tanto dinero?
– El dinero era para ellos, quería ayudarles, aunque pretendía convencerles de que vinieran a España conmigo.
– ¿Cómo consiguió esa cantidad? -la observaba con curiosidad mientras llenaba otra copa.
– Trabajando honradamente -respondió ofendida.
– ¿Qué clase de trabajo?
– Soy licenciada en matemáticas y trabajo como profesora en un instituto. -Intentaba impresionarle y obtener un poco de respeto por parte de él.
– Ahora dice que ha ido a la universidad… -Dejó oír su risa incrédula-. ¿Tanto dinero gana como profesora?
– No pretendo que me crea -respondió con dignidad-. Usted me ha preguntado y yo le he dado una respuesta. Llegué a México para conocer a mi familia y ayudarles, a pesar de que mi madre… -Calló de repente, arrepentida por la información que acababa de proporcionarle.
– Su madre… -Se acercó a la mesa con interés, apoyando los codos sobre ella-. ¿Qué le dijo su madre?
Sobrevino un silencio mientras él observaba las manos temblorosas de su prisionera.
– Responda -ordenó recreándose en su miedo.
– Me dijo que no debía venir -repuso vencida-. Ahora veo que cometí un error.
– ¿Por qué razón su madre le prohibió visitarla?
– Porque era muy pobre y creyó que me avergonzaría de ella.
– ¿Y Agustín? ¿Qué le dijo en su carta? ¿Él tampoco quería verla?
Elena no respondió. No quería confesarle que ansiaba conocer a su hermano, que se sentía culpable por haber recibido una vida que a él le negaron; no podía contar a aquel desconocido que soñaba con abrazarle, que sentía haber causado tanto dolor por la separación, que siempre había necesitado un hermano mayor y que deseaba reunirse con él para recuperar el tiempo perdido. Sus ojos se empañaron y una rebelde lágrima bajó por la mejilla; pero volvió de inmediato a la realidad, pues todo cuanto temía seguía frente a ella, en aquellos ojos oscuros y vengativos que la analizaban detenidamente.
– Intuyo por su llanto que ya se han visto y que él también la ha rechazado -afirmó con dureza-. ¿Sabe lo que creo? Que era su familia la que se avergonzaba de usted. Su madre era una mujer honrada y usted no es lo que pretende aparentar. Es una mentirosa redomada, no creo una palabra de lo que me cuenta.
– ¿Puedo irme ya? -suplicó con humildad.
– No. Termine de comer.
Apenas podía pasar la comida por su garganta, y bebió de un trago la copa de vino ante la divertida mirada de su carcelero.
– Y ahora confiese de una vez, ha venido a ofrecerme ese dinero para limpiar la conciencia de su familia, ¿no es cierto?
– ¿De qué sirve continuar contándole mi verdad? -protestó con vehemencia- Usted tiene ya su propia versión. Es inútil que me esfuerce ante unos oídos que no quieren escuchar. Piense lo que quiera, haga conmigo lo que le venga en gana… Pero procure matarme, porque si salgo de aquí con vida, le juro que iré a la policía para denunciarle por secuestro. -Le miró atenta, aguardando una reacción ante sus palabras.
El dueño de la casa esbozó una sonrisa y después estalló en una sonora carcajada. Sus dientes perfectos se exhibieron bajo los labios y aparecieron unos pliegues alrededor de los ojos. Era una espontánea y seductora mueca en la que el mentón prominente se suavizaba bajo su boca robándole agresividad.