– ¿Es usted así de ingenua o solo es una pose? -Había un destello burlón en sus ojos-. ¿Sabe?, aunque no lo crea, la estoy protegiendo. La policía está informada de su llegada, acaba de conocer al responsable de la investigación hace un rato. Es usted sospechosa de encubrimiento de un asesino y le aseguro que está mucho mejor bajo mi tutela que ahí fuera -dijo señalando la puerta de salida.
– ¿Puedo irme ya? -volvió a preguntar, vencida y sin fuerzas para levantar la vista.
– No.
– ¿Tardará mucho en matarme?
– ¿Cree que voy a acabar con usted?
Ella asintió con la cabeza.
– Señor Cifuentes, no sé si estoy en condiciones de pedirle algo -dijo con humildad-, pero le ruego que sea una muerte rápida.
– ¿Tiene alguna predilección especial? -Estaba sorprendido por la serenidad que mostraba ante la muerte.
– Un disparo en el corazón. Creo que es más rápido y limpio que en la cabeza.
– ¿Habla en serio? -preguntó entre impresionado y divertido-. Creía que iba a suplicarme que la dejara vivir.
– Sé que no va a hacerlo. Tiene que cumplir su venganza y veo en usted demasiado odio para perdonar. Sabe que soy una víctima inocente, pero también lo era su padre, y ahora está muerto.
– Pretende impresionarme con bonitas palabras… -Ella sostuvo las pupilas frente a las suyas-. Tiene una mirada muy interesante… Y estoy realizando un gran esfuerzo por olvidarme de su hermano… -Pero decidió no dejarse arrastrar por el hechizo de aquellos hipnotizadores ojos rasgados-. No debe preocuparse por su muerte. Tardará en llegar. Ahora puede marcharse.
– Gracias.
La duda sobre la veracidad de lo que contaba ensombrecía su bella imagen mientras la veía alejarse. Todo podría tener sentido, podría ser creíble… hasta que había surgido el espinoso asunto de su padre. ¿Acaso ella ignoraba quién era el padre de Agustín González? ¿Quién era ese hombre rubio de origen español? Trinidad González nunca vivió en un pueblo cercano, pasó toda su vida en la hacienda con su hijo. ¿Y si realmente aquella no era su familia? los miembros de aquella vieja foto podrían ser otras personas… Sin embargo habían tenido contacto y ella aseguraba que Trinidad González era su madre. Debía de tener serios motivos para aquella certeza.
– Procure recordar mañana todas las mentiras que me ha contado hoy, porque la interrogaré de nuevo.
– Yo no he mentido, señor Cifuentes -respondió con voz firme volviéndose hacia él.
Elena se mantuvo despierta durante horas en la madrugada hasta comprobar que el dueño de la casa no cumpliría su amenaza y que nadie la visitaría aquella noche. Invocó en sus oraciones a su abuela para agradecer la serena soledad que le había regalado, librándola de una violenta agresión. Pensó en Agustín y rezó por él; deseaba con todas sus fuerzas que no fuese el monstruo que le había descrito aquel despreciable hombre, y rogaba a Dios una oportunidad para verle. Ella conoció su alma atormentada y el inmenso amor que le profesaba; estaba segura de que no podía ser un criminal.
Agustín González había heredado los genes maternos: cabello negro azabache, pómulos altos, ojos rasgados y piel aceitunada. Había nacido en las tierras de los Cifuentes, y al cumplir los nueve años, Trinidad le contó, feliz, que había conocido a un hombre extraordinario y que estaba dispuesto a ser su padre. Se habían casado en secreto, estaba embarazada y pronto dejarían aquel miserable barracón para vivir dignamente en una bonita casa. Pero un aciago día su suerte cambió: aquel hombre murió repentinamente y él supo que nunca dejarían aquellas tierras. Todos los planes de futuro se esfumaron, y el espejismo de una nueva vida se desvaneció para siempre.
Durante los primeros años cuidó de aquella linda niña de piel rosada y cabellos dorados; pero años más tarde unos desconocidos se la llevaron al extranjero. Trinidad estaba segura de que su vida lejos de allí sería más digna que la que ellos podrían ofrecerle, pues las condiciones de vida eran duras, sin agua potable ni luz eléctrica. Agustín resistía como un hombre la injusticia y la miseria en aquella finca. Había perdido su niñez trabajando para unos amos que empleaban más dinero en cuidar a los caballos que en adecentar las viviendas de los jornaleros. Sintió la marcha de su pequeña hermana y aceptó con resignación la decisión tomada por Trinidad, aunque apenas tuvo tiempo para reproches; diariamente se dedicaba a limpiar y alimentar a los caballos que el patrón había ido adquiriendo; fue testigo del fuerte ascenso de la finca, de las exageradas ampliaciones y del desmedido imperio que los Cifuentes fueron amasando a lo largo de aquellos años; pero ni él ni su madre fueron beneficiarios de tan grandes logros. Habían abandonado aquella cabaña de madera y se trasladaron a unas pequeñas habitaciones construidas en ladrillo con agua corriente y luz eléctrica, pero sus jornadas de trabajo seguían durando quince horas y el trato recibido por los patrones no mejoró ni en dignidad ni en comodidad.
Agustín era un hombre sensible y bueno, callado y trabajador; se sentía orgulloso de su condición de indio y le humillaba ser llamado «cocacolita», apodo con que designaban de forma peyorativa el resto de los trabajadores blancos a los de rasgos indios, morenos y de baja estatura. Era un empleado de segunda categoría a quien se podía encomendar cualquier tarea por humillante y dura que fuese. Su madre le conocía bien y le animaba en sus momentos más bajos; solo se tenían el uno al otro y asistía impotente a las denigrantes escenas que el déspota del dueño les hacía padecer. La ex esposa de Antonio Cifuentes también solía vejar a Trinidad y a todo el servicio durante sus visitas a la hacienda junto a sus numerosos y distinguidos invitados. Era grosera y soberbia, y dispensaba un trato descortés a los empleados.
– Lucía, ¿conoció usted bien a Trinidad González? -requirió Antonio Cifuentes al ama de llaves mientras esta servía el desayuno al día siguiente.
– Ella vivió y trabajó en esta casa desde muy joven, señor.
– ¿Recuerda si tuvo otro hijo después de Agustín?
– Pues… -Se quedó pensativa-. Recuerdo que tuvo un bebé muchos años después de su hijo, pero no sé qué fue de él. Ella apenas faltó a su trabajo, ni durante el embarazo ni después de dar a luz.
– ¿Tiene usted noticia de que hubiese contraído matrimonio?
– ¿Trinidad? -preguntó sorprendida-. No. Estoy segura, señor.
– ¿Alguna vez vivió fuera de la hacienda?
– No -repitió tajante-. Ella vivió aquí hasta su muerte.
– ¿Recuerda si tuvo una relación estable con algún hombre?
– No lo sé, señor. ¿Por qué tiene tanto interés?
– Necesito saber qué ocurrió con su segundo hijo.
– ¿Guarda relación con la joven que tiene encerrada arriba?
– Dice que es hermana de Agustín González. Asegura que su padre era de origen español, rubio como ella, y que se casó con Trinidad.
Durante unos instantes, la mujer se detuvo tratando de hacer memoria.
– Déjeme recordar… Había un artesano español en los alrededores. Fabricaba sillas de montar con excelentes repujados en cuero. Venía por la hacienda a tratar los encargos con don Andrés. Tenía un hijo rubio como él, y le acompañaba en sus visitas…
– ¿Qué fue del muchacho?
– Creo que murió muy joven, y a partir de entonces el padre no volvió más por esta casa. Posiblemente regresó a España.
Capítulo5
José Peralta trabajaba junto a su padre en una fábrica de zapatos y estaba afiliado a un sindicato de izquierdas. Era joven y apasionado; creía en la fuerza de la unión de los trabajadores y en la República. Conoció a Isabel Ramos una templada tarde de marzo de 1936 junto a un escaparate. Era una linda joven y llevaba un elegante vestido azul largo hasta los tobillos con un gracioso tocado a juego. La observó despacio para constatar que no era de su clase y lamentó no llevar en aquellos momentos el único traje oscuro de anchas solapas que utilizaba en las reuniones con los patrones, aunque confió en su encanto personal, del que sabía sacar partido. Era apuesto, de cabello rubio y abundante, con anchas espaldas y elevada estatura; entre sus armas de seducción estaban la fácil sonrisa y sus grandes ojos que cambiaban de un tono gris a verde según la luz.