Era ya casi de noche cuando llegaron al puesto de control; cuando el guardia civil vio el pase y la placa de comisario de primera de Bernal, le saludó prestamente e indicó que siguieran. Bernal le dijo entonces que quería hablar con el oficial al mando; éste se acercó a ellos de inmediato, sujetando por la correa a un perro de aspecto furioso.
– ¿Han encontrado algo sospechoso, teniente?
El oficial negó con la cabeza.
– Hasta el momento no, comisario.
– Por favor, recuerde que no sólo queremos que busquen a los etarras de las fotos de la policía, sino también explosivos y radiotransmisores portátiles.
– Estamos registrando los maleteros de los vehículos, además del interior de los mismos, comisario. Y este labrador está entrenado para detectar el más leve rastro de casi todo tipo de explosivos.
– Advierta a sus hombres, por favor, que los terroristas irán bien armados y que deben tirar a matar en cuanto crean haberles localizado. Son fanáticos peligrosos.
– Se lo diré, señor.
El inspector Ángel Gallardo examinó la primera habitación que le mostró el sudoroso propietario y vio que tenía una hilera de ventanas pequeñas con cortinas amarillas a medio echar, que daban al patio principal. El mobiliario consistía en poco más de dos camas individuales con cabezales de latón, un gran armario ropero destartalado y un lavabo de aspecto primitivo asentado precariamente en el irregular suelo de baldosas blancas y negras.
– ¿Cuánto vale ésta? Es doble, ¿no?
– Sí, pero puede quedársela por ochocientas la noche. Se paga por adelantado. ¿Cuántas noches piensa quedarse?
– Creo que unos siete o diez días. ¿Puedo ver la otra?
– Por aquí.
El corpulento encargado jadeaba sonoramente mientras guiaba a Ángel por el oscuro corredor retorcido de suelos inclinados e inesperados escalones que llevaba a la zona de fachada del edificio.
– En esta planta hay dos cuartos de baño -empujó el pomo de una antigua puerta pintada de negro que se abrió con un crujido y les permitió ver a una joven, desnuda hasta la cintura, que estaba tiñéndose el pelo de rojo veneciano, a juzgar por el líquido que caía de éste a la pileta desportillada.
– ¡Oiga! ¿Pero qué se cree?
– Lo siento, cariño -dijo bobaliconamente el viejo, rebosando lascivia-. Debías haber echado el pestillo.
– Sabe usted de sobra que no cierra, viejo cabrón.
El individuo cerró la puerta de golpe e hizo señas a Ángel para que le siguiera bajando tres peldaños hacia un corredor que torcía en ángulo recto.
– Ésta es la otra habitación. Es un poco más cara, mil cien por noche, pero tiene una vista maravillosa.
Ángel advirtió que también tenía el inconveniente de quedar a unos dos metros de la ruidosa calleja que llevaba hacia el Bajondillo. En aquel momento, la habitación parecía agradable, como de folleto turístico, pues la inundaba la luz rojiza del crepúsculo y se veían a lo lejos las olas rompiendo en las rocas, en la Punta de Torremolinos, con La Roca y el castillo románticamente contrejour. Se acercó a la ventana y comprobó que constituía también un excelente puesto de observación.
– Me quedaré con la más barata.
El individuo asintió; no había esperado otra cosa de aquel compatriota, agradable pero evidentemente empobrecido.
– Serán cinco mil seiscientas por una semana, por adelantado.
Ángel soltó los billetes con evidente desgana.
– ¿Me dará un recibo?
– Baje luego al despacho y se lo tendré preparado.
– ¿Hay teléfono público?
– Aquí no. Tenemos una línea privada que puede utilizarse en caso de emergencia, pero no tenemos contador, comprende, para dejar a todos los huéspedes utilizarlo cuando quieran. Pero hay un teléfono público en el Red Lion, al otro lado de la calleja, y al fondo de la cuesta hay una cabina telefónica.
Ángel volvió a la primera habitación y echó la mochila en la cama más próxima. Se sobresaltó al ver dos enormes cucarachas que huían aterradas de debajo de ésta. Muy bien, suspiró, tendría que ser aquel cuchitril. Era de esperar que hubiera cucarachas en un edificio tan viejo. Compraría un insecticida en la tienda que había visto pasado el segundo bar, el Britannia.
Cerró la puerta de la habitación e inició el descenso de la escalera interior. En el mirador del otro lado del patio se quedó embelesado al divisar a dos rubias escandinavas sentadas a la puerta de su habitación, desnudas al parecer. Les lanzó besos y les gritó, en españoclass="underline"
– Eh, chicas, ¿no me invitáis a subir a tomar una copa?
– ¿Hablas inglés? -una de ellas se incorporó sin la menor vergüenza y Ángel comprobó que llevaba sólo un diminuto monoquini.
– Tomaremos luego una copa contigo. Ahora refrescamos.
Ángel recordaba lo suficiente de su inglés mal aprendido para comprenderlas y contestar:
– Ya lo veo, preciosas. ¿Queréis que os frote, abajo, en la ducha?
– ¡Ja! Sólo una ducha, ¿entiendes? -y señalaron la palmera de abajo-. Mucha cola. Esperas mucho rato.
Ángel se fijó entonces en siete u ocho jóvenes de distintas nacionalidades y en diversas fases de vestido, que portaban toallas, pastillas de jabón y frascos de champú, haciendo cola junto a la pared del fondo del patio y por la ventana abierta de la caseta le llegó el persistente susurro del agua corriendo.
– Sólo caliente una hora -añadió una de las chicas escandinavas-. Date prisa.
Ángel no tardó en llegar a la conclusión de que, después de todo, en tan extraño establecimiento habría compensaciones por las cucarachas. Se paró en el zaguán para hacerse amigo del viejo San Bernardo, que le olisqueó receloso un momento y luego se echó de lado y le lamió el dorso de la mano.
– ¿Cómo te llamas, perrito, eh? Tengo que averiguarlo. Podrías ayudarme cualquiera de estas noches oscuras.
Al pasar junto a la ventana del despacho, la coloradota propietaria, que estaba doblando una sábana, le saludó cordialmente. Cruzó la concurrida calleja y entró en el Red Lion, atestado de jóvenes turistas que bebían jarras de cerveza inglesa importada y gritaban como si estuvieran riñendo, más fuerte que el disco de Donna Summers que sonaba a todo volumen.
Ángel vio el teléfono en el rincón, pasada la barra, y se abrió paso hasta él; metió dos duros en la ranura metálica y marcó el número del Hotel Paraíso. Se tapó el oído derecho con el índice para oír al recepcionista con el izquierdo, y pidió la habitación de Elena.
– ¿Has comprado todo lo que necesitabas?
– Sí, Ángel. ¿Dónde estás?
– No muy lejos, calleja abajo en dirección al Bajondillo. Queda pasada la primera bocacalle grande hacia el camino del acantilado. Se llama Casa España. Hay una habitación libre, si te das prisa. Tiene una vista preciosa de la bahía.
– Muy bien. Tardaré unos diez minutos.
Ángel se abrió paso hacia la barra, decidido a probar la cerveza inglesa; se quedó sorprendido por el precio de la misma. En los sitios que él frecuentaba en Madrid, una caña de Águila costaba veinticinco pesetas, y aquí un vaso tres veces más grande de esta cerveza importada, costaba trescientas pesetas. En medio de aquella animosa y casi incomprensible multitud, empezó a desear haber sido más constante en su asistencia a las clases nocturnas del Instituto Británico de la calle de Almagro, pero no había podido soportar las formas verbales, que parecían ser la clave de todo. Sin embargo, con su extraordinaria capacidad para la gesticulación y la mímica, se las arreglaba bien. Pronto había entablado una confusa pero animada conversación con un irlandés pelirrojo, que bebía a su lado en la barra.
– Me llamo Jimmy. ¿De dónde eres tú, Ángel?
– Madrid. Estoy pasando aquí diez días.