– ¿Dónde te alojas?
Ángel señaló la Casa España.
– ¡Qué casualidad! Yo también. ¿Has visto a unas chicas suecas, Ángel?
Pronunciaba «Ángel» como si fuera una palabra inglesa, con una ge palatal.
– ¿Andan siempre por ahí sin ropa?
– Sí, casi siempre, pero siempre están «colocadas» con smack.
– ¿Smack? ¿Qué es eso?
– No sé cómo le llamáis aquí. Es una mezcla de coca y «caballo». También tienen «polvo de ángel», de vez en cuando -le dio un codazo significativo-. Oye, debías probarlo, porque se llama como tú. Se calienta en papel de aluminio y se esnifa.
– ¿Pero dónde se compra, Jimmy?
Jimmy miró a su alrededor con cautela.
– Aquí, allá, en cualquier sitio. Muchos marroquíes lo venden. Creo que lo traen por Algeciras. También hay cantidad de yerba, muy barata, además, aquí en la costa.
Mientras Jimmy seguía parloteando, Ángel observaba por las ventanas de pequeños paños, para ver llegar a Elena. Al principio no la reconoció, hasta tal punto había adaptado su aspecto al medio. Se había aclarado el pelo, lo cual le daba un aire completamente distinto. Llevaba pantalones cortos, con una blusa y gafas de sol de montura grande a juego. Caminaba inclinada por el peso de una pesada mochila. Ángel la vio vacilar a la puerta de la Casa España frente al letrero de «Habitaciones libres», y posar luego su carga en el suelo y entrar al poco rato en aquel extraño establecimiento. Decidió darle diez minutos para instalarse.
Cuando el comisario Bernal habló con el oficial al mando de la Guardia Civil en el aeropuerto de Rompedizo, se permitió al coche de la policía pasar la barrera y parar al borde de la pista frente a la terminal de vuelos nacionales. Le habían informado de que el vuelo vespertino de Iberia de Madrid llevaba sólo cinco minutos de retraso. Le asombró el número de aviones extranjeros que había en la terminal internacionaclass="underline" parecía que despegara o aterrizara un avión cada seis o siete minutos.
No tardó en ver un Boeing-727 que entraba bajo desde el mar, deteniéndose casi al aterrizar al fondo de la pista principal. Los reactores rugieron al dar marcha atrás. El resplandeciente aparato frenó bruscamente y rodó luego por la pista en dirección al terminal. Cuando se apagaron los motores, Bernal salió del coche y se encaminó hacia la escalerilla portátil que el personal de tierra colocaba ya junto al aparato. En cuanto empezaron a salir los viajeros de primera, Bernal localizó la calva del doctor Peláez y sus gafas de gruesos cristales que brillaban a la luz ambarina de las lámparas de arco, encendidas ya. El patólogo les saludó con un gesto y luego dio unas palmadas animosas a Bernal en la espalda.
– ¡Muy bien, Luis, me has librado del engorro de tener que acompañar a mi mujer a Santander! ¿Dónde está el cadáver?
– Calma, calma, Peláez. Te hemos reservado habitación en el mejor hotel de Málaga. Primero iremos allí para que te instales, luego buscaremos un sitio donde cenar y analizar el caso. Ya podrás despiezar mañana el cadáver. No se va a escapar.
– Ya sabes que me gusta verlos lo antes posible, y que no los haya tocado nadie antes. Supongo que a éste ya le habrán metido mano, como siempre, ¿no?
– Me temo que sí, pero el colega local no sabe decimos cuál es la causa de la muerte.
– ¡Ajá! Creo que el viaje merecerá la pena. Quizá sea un nuevo caso para el próximo volumen de mi repertorio de casos. ¿Ya sabes que estoy publicando todos mis casos interesantes por orden cronológico?
– He leído la publicidad en la prensa. Apuesto a que se vende como rosquillas. ¿Cuánto te han pagado?
– Eso es secreto de Estado, pero hasta ahora no mucho. Anda, cuéntame qué está pasando aquí.
Ángel decidió que tenía que dar a Elena tiempo suficiente para cerrar el trato, así que regresó a la pensión paseando con el incontrolable Jimmy.
– ¿Qué te parece si salimos luego y cobramos algunas pájaras, Ángel?
Algo confuso ante esta vulgar expresión inglesa, Ángel no obstante aceptó lo que fuera. ¿Cobrar «algunas pájaras»? Seguro que el pelirrojo no se refería a ir a cazar de noche. Ángel empezó a sospechar que la presa en la que pensaba Jimmy tenía que ser humana. Al entrar en la Casa España, se toparon con el San Bernardo, que les cortaba el paso; Jimmy saltó sobre el animal y le dio unas palmaditas en la cabeza.
– Vamos, viejo alfeñique, déjanos pasar.
– ¿Cómo se llama, Jimmy?
– Creo que Remmy.
El enorme animal alzó las patas delanteras e intentó lamer la cara a Jimmy; casi le tira al suelo.
¿Remmy?, se preguntó Ángel. Ah, ya entendía. Rémy Martin, el coñac. Ahora el patio estaba vacío, al parecer todos los inquilinos se duchaban a la hora reglamentaria. Cuando subían la escalera interior, Ángel descubrió que la habitación de Jimmy estaba junto al cuarto de baño que había visto antes.
– ¿Viste al pastelillo francés, Ángel, la que no hace más que cambiarse el color del pelo? La de arriba. Está aquí sola. Casi todas van en parejas, de dos en dos, una guapa y otra fea. Podríamos ligárnosla luego.
Ángel asintió e hizo un gesto para indicarle que se despedían, de momento. Entró con cautela en la habitación, sintiendo la presencia de un intruso nada más poner el pie en ella. En vez de dar la luz, se quedó tras la puerta medio abierta unos instantes, mirando las cortinas amarillas, movidas por la suave brisa costera. Cuando su vista se acostumbró un poco más a la penumbra, captó una forma oscura entre las cortinas y el fondo de la habitación.
– ¡Psss! ¿Quieres yerba o chocolate? -susurró alguien con acento extranjero. Ángel dio la luz y cerró la puerta. El marroquí que había visto antes en el patio, le sonreía desde la ventana. Ángel se acercó a él.
– ¿Cuánto?
– Baratísimo. Doscientas pesetas el porro.
– Vale. Dame dos.
Ángel cogió los cigarrillos mal liados y los olió.
– Es buen material, de Ceuta. Siempre que quieras algo me encontrarás ahí, en el chalé número cinco.
Ángel le dio el dinero y vio la enorme figura oscura que se deslizaba con sorprendente agilidad por el patio y desaparecía en la sombra de las ramas de la palmera. Se asomó a ver cómo había podido llegar hasta la ventana. Vio una escalera en la que no se había fijado antes y que tenía que dar a la azotea en la que, según Jimmy, tenía la habitación la chica francesa, ahora pelirroja. Tendría que explorar esta insólita madriguera con más detenimiento a la luz del día.
Cerró ahora bien las ventanas y echó todas las cortinas. Se acercó a la mochila y examinó los cierres. No los habían forzado. Sacó las llaves y la abrió. Todo su equipo policial seguía intacto, incluidos la pistola reglamentaria y el transmisor-receptor. En realidad, no parecía que el traficante marroquí hubiera saltado a su habitación; quizás hubiera estado esperando en la sombras y les hubiera visto a él y a Jimmy entrar.
Ángel volvió a abrir la puerta para atisbar. Se detuvo uno o dos minutos a escuchar. Las chicas suecas de enfrente no se habían molestado en echar las cortinas de su habitación y las vio vistiéndose mínimamente para salir. Cerró la puerta de su habitación con cuidado y se encaminó por el corredor hacia el cuarto que Elena debía de haber tomado. Se detuvo en el rellano a la puerta del cuarto de baño, que estaba abierto de par en par. Se asomó y no vio a nadie, pero oyó el ruido de la música y los gritos del bar que había en la calleja de enfrente.
Luego oyó un fuerte susurro en la habitación de Jimmy y algún que otro gemido. Al principio muy suave, luego miró por el ojo de la cerradura y vio al marroquí alto de cabello rizado que sujetaba a Jimmy la cabeza contra la mesa, sobre la que colgaba una nube de humo blanco. Así que el irlandés se daba al smack o a alguna droga parecida. Bueno, aquello le mantendría tranquilo un rato.