Eran las 10.30 de la noche cuando el coche policial se acercó al cruce hacia la zona noreste de Torremolinos. Siguiendo un impulso súbito, Bernal dio órdenes al conductor de que le llevara a la avenida del Lido.
– Pare en los apartamentos de la plaza del Lido.
Los Apartamentos Lido parecían bastante desiertos a aquella hora y, al entrar en el jardín, la fuerte brisa hizo estremecerse ligeramente a Bernal. Vio luz en la oficina a la derecha y allá se encaminó. El encargado de noche, que resultó ser un andaluz de cabello oscuro con el ojo derecho muy desviado, estaba viendo en un aparato portátil el programa de televisión Ahí te quiero ver, presentado por la animada actriz catalana Rosa María Sardá.
– No quite la televisión -dijo Bernal, enseñándole la placa de comisario-, baje sólo un poco el sonido. Y ahora hábleme de este joven alemán que alquiló una habitación aquí el viernes pasado por la noche -golpeó el mostrador con la fotografía de la Interpol.
– ¡Pero si no le he visto en mi vida, comisario! Ya se lo dije al cabo que fue a mi casa.
– Pero el joven telefoneó a sus familiares y les dijo que se alojaba aquí. ¿Cómo lo explica usted?
El encargado enrojeció cuando Bernal le clavó su mirada inquisitorial.
– Pues se equivocaría. Desde luego aquí no vino estando yo de servicio.
– Hábleme de la habitación catorce. ¿Está ocupada hoy?
– No, señor.
– Entonces coja la llave y vamos a echar un vistazo.
El individuo cogió con evidente disgusto la llave, atada a una etiqueta de plástico verde y blanco, de un tablero de la pared y precedió a Bernal por el pradillo a oscuras.
– Está a continuación del bar del restaurante.
El sonido del baile flamenco se intensificó a medida que se acercaban al chalé, cuya parte delantera consistía en un pequeño mirador separado de sus vecinos por una partición de madera de unos dos metros pintada de verde. Más allá de las dos sillas pintadas de blanco que había en el minúsculo patio había una puerta de madera, dividida horizontalmente en dos, como la puerta de un establo, situada entre dos ventanales cubiertos de cortinas de aspecto astroso. En el interior, todo el mobiliario consistía en una cama doble, un armario empotrado y un tocador. Al fondo, una puerta de cristal daba a un cuarto de baño sin ventanas, que Bernal inspeccionó detenidamente con la linterna, buscando rastros de manchas de sangre.
– ¿Ha estado ocupada esta habitación en los últimos días?
– No, señor. No desde el pasado viernes.
El portero se mordió la lengua. Pero Bernal no dio señales de haber advertido el desliz. Se puso a abrir cajones y armarios, iluminando su interior con la linterna.
– Puede volver usted al despacho y esperar. Esto me llevará un rato.
Cuando Ángel volvió a su habitación, después de quedar con Elena para coincidir por casualidad como dos desconocidos en presencia de otros huéspedes, se encontró con Jimmy, que estaba llamando a su habitación, con aspecto nada desmejorado.
– ¿Qué te parece si vamos de juerga a la plaza de la Costa del Sol, Ángel?
– Vale.
En aquel momento, la chica francesa apareció tambaleándose sobre sus zapatos de tacón alto por la escalera del fondo, trabada por una falda muy estrecha de piel negra de imitación y les alcanzó en el patio.
– ¿Vienes con nosotros? -le preguntó Jimmy. Ángel se fijó en que tenía las pupilas muy dilatadas y toda la pinta de estar «colocado».
– No sé… -la chica les miró, vacilante-, con vosotros dos…
Y en este preciso instante, Elena hizo su entrada espectacular bajando la escalera principal, con un vestido blanco hindú de falda de volantes y un ramito de camelias blancas artificiales en el cabello recién teñido.
Jimmy lanzó un silbido de admiración.
– Oye, mira eso. ¿La conoces?
– En mi vida la he visto -dijo Ángel, volviéndose a sonreír animoso a la chica francesa, que, tras echar un vistazo a la competencia, le miró aleteando las pestañas postizas-. Comment vous appellez-vous? -le dijo él, que al fin consiguió recordar una frase en francés.
– Paulette. Je suis de Marseille. Et vous?
– Ángel.
– Comment? C’est un ange, n’est ce pas?
– Eso mismo…, un ángel. Eso es lo que soy. Siempre me porto bien.
Paulette echó una mirada furtiva a Elena, su rival potencial, a quien, en este momento, el irlandés pelirrojo lisonjeaba al pie de la escalera, y tomó una decisión.
– Vale, saldré contigo.
– Ángel, ésta es Elena. Dice que también vendrá con nosotros.
Ángel dio cortésmente la mano a su colega inspectora, con cara inexpresiva, y Elena miró fijamente a la chica francesa.
– Es estupendo -dijo Jimmy contentísimo-. Dos parejas. Vamos a pasarlo en grande.
– ¿Qué os parece si comemos algo antes? -preguntó Elena, en un inglés bastante aceptable para envidia de Ángel.
– Sí, podríamos ir hasta La Vaca Sentada. ¿Lo conocéis? Podemos tomar unos filetes.
Elena sintió un ligero escalofrío, pero se agarró al brazo de Jimmy, mientras que Ángel cogió del brazo a la marsellesa, quien, evidentemente, encajaba a la perfección en el papel.
Cuando el coche de la policía salió de la plaza del Lido, Bernal pidió al conductor que le llevara a determinada dirección de las afueras. Después de cruzar la nacional 340 y subir a continuación las yermas colinas que quedan sobre la misma, Bernal vio las esqueléticas siluetas de muchos bloques de apartamentos a medio construir que surgían en la oscuridad entre las chillonas luces de Torremolinos y los faros de los vehículos que pasaban veloces por la vía de circunvalación de la zona alta.
Entraron en una calle sin asfaltar y sin alumbrado, y el conductor aparcó a la entrada de uno de los edificios de apartamentos baratos.
– Es aquí, señor.
– Entre conmigo, ¿quiere? Tendré que montar un pequeño número.
Contestó a la urgente llamada de Bernal, abriendo la puerta del apartamento de la segunda planta, una mujer de aire timorato que sin duda estaba intentando acostar a sus cuatro hijos. Bernal le enseñó la placa y entró con el agente de policía.
– ¿Es usted la esposa del encargado nocturno de los Apartamentos Lido?
– Sí, señor, lo soy -se secó las manos en el delantal, bastante nerviosa.
– También trabaja usted allí como camarera y se ocupa de la ropa, ¿no?
– De una parte, señor -señaló las sábanas colgadas fuera, en el balcón.
– Pues he de decirle que su marido me lo ha confesado todo -sacó la fotografía de la Interpol de Keller, el joven alemán-. Cambió usted las sábanas de la habitación catorce después de la desaparición del joven, ¿no es así? ¿Y dónde escondió usted sus cosas?
Echó una ojeada suspicaz a la estancia, mientras la mujer empezaba a sollozar y los niños se escondían detrás del sofá.
– Por favor, señor, le juro que yo no lo hice. Ni siquiera vi sus cosas, ni a él tampoco.
– Pero su marido cogió el dinero, ¿no es así? Por dos noches, ¿no es cierto? Con la esperanza de que el director no se enteraría.
– Oh, no se lo diga al director, ¿lo hará, señor? -la mujer empezó a sollozar.
– Le sucederán cosas peores si no me lo cuenta todo ahora mismo. ¿Comprende? Tendrá que acompañarnos a la comisaría para que la interroguen.
– Oh, Dios mío, no. Por favor no se me lleve. ¿Qué será de los niños?
– Eso debería haberlo pensado antes de ayudar a que se cometiera un fraude, ¿o fue un asesinato?
La mujer palideció y susurró:
– ¿Asesinato? ¿Le asesinaron? -se persignó rápidamente-. Nosotros no le hicimos nada, nada, ni mi marido ni yo; yo ni siquiera llegué a verle.
– Cuéntemelo todo.
La mujer volvió a sollozar, así que Bernal la cogió con delicadeza del brazo y la hizo sentarse en un sillón bastante astroso. Él se sentó en el brazo del mismo, a su lado.