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– ¿Qué haces? -preguntó Fitz, preocupado. No quería ser testigo de una nueva discusión.

– Estoy dándole al vicario una lección de moda -respondió Alba.

– ¿No te parece que deberías…?

– No -respondió ella bruscamente-. Me da igual lo que piense el Búfalo, Por el amor de Dios, tengo veintiséis años. -Fitz no pudo discutir con ella-. Así podrás mirarme las piernas -añadió con una sonrisa-. Quiero sentir cómo las miras.

Alba le dedicó la más tentadora de las sonrisas y él no pudo evitar sonreírle a su vez. Era una joven irresistible. Fitz sintió que el corazón se le paraba en el pecho e intentó olvidar la sensación de vacío que poco antes le había invadido. Quizá si volvían a hacer el amor las cosas serían distintas. Quizás ella había estado nerviosa y todos esos gemidos y sacudidas no eran más que un intento por disimularlo.

– No te preocupes. No voy a pensar en otra cosa que en tus piernas -respondió Fitz mientras cruzaban la enorme puerta de madera y avanzaban por el pasillo central de la iglesia.

El templo estaba lleno. Tan sólo el banco delantero, reservado para los Arbuckle, como todos los domingos, estaba vacío. Thomas se hizo a un lado para ceder el paso a su esposa y a sus dos hijas menores, que pasaron por delante de él en fila y tomaron asiento. Asintió luego hacia Fitz con la clase de inclinación que un hombre dedica a otro, una inclinación de silenciosa complicidad, tras la cual se sentó, dejando libres los dos sitios restantes para él y para Alba.

Esta se sentó y el abrigo abierto dejó a la vista sus muslos. Admiró el diseño de las medias color almendrado que se había comprado por cuarenta peniques en la Army and Navy Store. Sintió sobre ella la mirada de Fitz y volvió a vivir el encuentro amoroso de esa misma mañana con él. Sin embargo, lo que más recordó fue su beso. En cierto modo, había sido más tierno que cualquiera de los besos que le habían dado hasta entonces. Se había sentido avergonzada. Había sido demasiado íntimo. La había asustado. Aunque a la vez le había gustado. Quizá Fitz volvería a besarla así. Si lo hacía, quizás ella podría controlar la insoportable sensación de una cosquilla molesta en el estómago, como le ocurría siempre que pasaba a demasiada velocidad por el puente de Kings Worthy.

El reverendo Weatherbone hizo su entrada en la nave. Avanzaba con paso firme al tiempo que la sotana volaba tras él como si un vendaval soplara por el pasillo del templo. Tenía una mata de pelo gris, salvaje y largo, que bailaba como la sotana a merced de un viento imaginario. El entusiasmo le iluminaba el rostro, tenía los ojos encendidos y la boca ancha y sonriente. Alba se había criado con el adusto y engreído reverendo Bolt. No había esperado que el sustituto del antiguo pastor tuviera todo el aspecto de un científico loco. La voz del reverendo era fascinante y rebotaba contra los muros de la iglesia en una ristra de vibrantes ecos. Nadie se movía. Era como si les hubiera hechizado a todos con su alucinante presencia. Alba se cubrió las rodillas con el abrigo apresuradamente. El se volvió a mirarla y ella resolló bajo el peso de su mirada.

– ¡Oh, Dios! -exclamó.

– Gracias por el nuevo feligrés, señorita Arbuckle -dijo el reverendo, y una ligera risilla nerviosa se apoderó de la congregación. Alba se sonrojó. Tragó saliva y miró a su madrastra.

La expresión de Margo revelaba una profunda e indefectible admiración. «Helo aquí, ante estos buenos vecinos -pensó presuntuosamente-, ¡y almorzará con nosotros!» Tenía que decirle a Mabel que el reverendo estaba invitado a su mesa. «Naturalmente, no tiene nada de malo -se tranquilizó, consciente de dónde estaba-. No hay pecado en una simple muestra de rivalidad infantil.»

Alba tan sólo había ido a la iglesia para irritar al Búfalo con su falda corta y para presumir de su «novio». No tenía la menor intención de escuchar. Ni por un instante. Dios no era alguien que quisiera en su vida. Si alguna vez pensaba en él, lo hacía sin duda bajo el peso de la culpa. Como todos los habitantes de la pequeña comunidad rural de Beechfield, se había criado con Él. Sin embargo, Dios se le había quedado pequeño. Por supuesto, era consciente de que existía una suerte de poder superior. Su madre estaba en algún lugar ahí arriba. No quería ni oír hablar de que pudiera estar muerta en un ataúd, enterrada en el suelo para que se la comieran los gusanos. Existía cierta vida espiritual, aunque jamás se hubiera permitido preguntarse sobre ella durante mucho tiempo, básicamente porque si su madre podía verla, sin duda estaría en claro desacuerdo con la vida promiscua y decadente que llevaba, lo cual la dejaba, momentáneamente, muy infeliz y embargada por el odio a sí misma. No, mejor vivir el presente. Sin embargo, el reverendo Weatherbone llamó su atención. No apartó un segundo los ojos de él. El párroco recorría la nave a grandes zancadas, agitando los brazos, con la sotana al viento y el pelo sacudiéndose de un lado a otro como si tuviera vida propia, haciendo gala de un carisma tal que hasta ella, la más escéptica de la congregación, creyó que Dios debía estar hablándole por boca de él.

Se olvidó del sexo. Ni siquiera siguió pensando en el beso de Fitz. Por primera vez en su vida, Alba Arbuckle pensó en Dios.

12

Cuando el servicio tocó a su fin, el reverendo Weatherbone se plantó en el porche del templo a estrechar la mano de los parroquianos a medida que éstos iban saliendo. Margo se vio de pronto detrás de Mabel Hancock. Se tensó en un arrebato de clara competitividad en cuanto oyó que el reverendo congratulaba a Mabel por las flores que había arreglado la semana anterior y se vio obligada a interrumpirle, desesperada por hacer saber a Mabel que el reverendo iba a almorzar en Beechfield Park.

– Oh, sí. No sé que haría sin ella.

– Ni sin usted, señora Arbuckle -dijo diplomáticamente el reverendo.

– Magnífico servicio -dijo Margo, correspondiendo al cumplido del reverendo.

– Me alegra que Alba haya venido.

– Sí, ha venido a pasar el fin de semana con su novio. Todos esperamos que éste sea el definitivo. Me alegro de que pueda hablar con ella durante el almuerzo. Venga cuando termine. -Margo sonrió a Mabel, triunfal.

– Es increíble cómo visten los jóvenes hoy en día -dijo Mabel mientras se alejaba, meneando la cabeza.

Margo se volvió y vio a Alba saludando al vicario con el abrigo abierto y aleteando al viento, dejando a la vista su corta falda y las medias estampadas. Se acercó con paso airado para intervenir. Tendría que bromear sobre la situación. ¿Por qué la muy boba no se había abrochado el abrigo que le había prestado? Sin embargo, cuál fue su perplejidad cuando, al acercarse, se dio cuenta de que la conversación de su hijastra y del vicario versaba sobre el tan temido desliz de la tela y que el vicario manifestaba su aprobación a voces y con gran entusiasmo.

La escueta falda de Alba había despertado también el interés de los invisibles campaneros: Fred Timble, Hannah Galloway y Verity Forthright. En cuanto hubieron puesto fin a su labor altamente cualificada, labor que, como bien lamentaban, pasaba totalmente desapercibida para la mayoría de los miembros de la comunidad, se sentaron en los bancos de madera, muy por encima de los cada vez menos numerosos congregantes, para tomar aliento y hablar del servicio. Sin embargo, no perdieron el tiempo diseccionando el sermón ni admirando las flores, ni tan siquiera hablando de los personajes del pueblo, cuya familiaridad provocaba en ellos una especie de desprecio afectuoso, sino que se concentraron directamente en Alba Arbuckle.

– Habréis visto la mirada reprobatoria en el rostro de la señora Arbuckle -comentó Verity, que jamás tenía nada bueno que decir-. Hasta con ese largo abrigo podía verse la falda y esas botas. ¡Y en la iglesia, nada menos!