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– Se parece a su madre -dijo Thomas.

– Pero tiene los ojos de su padre. No hay duda de quién es su padre. -Immacolata pasó los dedos por el rostro del bebé-. Mira, tiene los ojos de color azul celeste. Como el mar cuando está tranquilo. Tómala en brazos -añadió, haciendo una señal a su hija con la cabeza. Valentina ofreció el bebé a Thomas. Él nunca había tenido en brazos a un bebé tan pequeño y no estaba seguro de saber cómo cogerlo. Sorprendentemente, no fue tan difícil y la pequeña Alba no se echó a llorar-. Ya lo ves -dijo Immacolata-. Sabe que eres su padre.

Thomas clavó la mirada en los rasgos de su hija, prácticamente incapaz de creer que la pequeña llevaba sus genes y los de su familia, incluido Freddie. No se parecía a él en nada. E, indudablemente, nada había en ella que recordara a los Arbuckle, exceptuando los ojos, que a todas luces eran idénticos a los de él. Le pareció un ser muy vulnerable. Totalmente indefenso. Pero lo que le llevó a quererla fue que se pareciera tanto a su madre. Era una parte de Valentina y por ello preciosa como nada en el mundo.

– Os casaréis en la capilla de San Pasquale -prosiguió Immacolata-.Invitaré al padre Dino a comer mañana para que le conozcas. ¿No eres católico? -Thomas negó con la cabeza-. Eso no será problema. Cuando se trata de la voluntad de Dios, nada es un problema. Estáis unidos por el amor y eso es lo único que cuenta Te alojarás aquí, en la trattoria, hasta después de la boda. Arriba tengo una habitación muy cómoda. -Thomas apartó los ojos de la pequeña Alba para mirar a Valentina, cuyos suaves y musgosos ojos marrones le sonrieron con ternura. En ese instante de silenciosa comunicación, se dijeron todo lo que tenían que decirse.

Lattarullo estaba sentado fuera como un perro guardián, presto a morder a cualquiera que osara intentar entrar a la trattoria. El agente musitaba para sus adentros que la trattoria Fiorelli no tardaría mucho tiempo en vibrar con la música de la celebración. El pueblo entero estaría invitado y habría baile. A Valentina le encantaba bailar. El pequeño café no bastaría para dar cabida a todos, y a buen seguro terminarían desparramándose hasta la calle y bailando allí fuera, bajo la luna llena. Immacolata escogería un día prometedor para la boda, junto a ese mar que los había unido.

Valentina puso a Alba en su pequeña cesta y Thomas la llevó hasta el carruaje que los esperaba a la sombra de la acacia, y al que estaba uncido un caballo grande y dócil. Lattarullo se ofreció a llevarles, al tiempo que anunciaba con orgullo que estaba en posesión del único coche del pueblo, pero Thomas rechazó su oferta de forma educada. No quería compartir a Valentina con nadie, en especial con Lattarullo, que sudaba copiosamente.

– Puede venir a buscarme después de cenar -le dijo al mugriento carabiniere, que asintió, desconcertado.

Se despidieron de él con la mano en cuanto el caballo empezó a alejarse cor paso cansino. No había prisa. No había nada urgente a lo que regresar. Tenían todo el día por delante, si así lo deseaban!; El lento repiqueteo de los cascos del caballo reverberó en el aire quieto y cálido, despertando al pueblo adormecido de sus descaradas miradas. Hasta los niños interrumpían sus juegos para ver alejarse el carro, que desapareció en el sombrío callejón que ascendía hacia la colina. Lattarullo se mordió el labio inferior y se secó la frente con un pañuelo húmedo. No podía entender que hubieran rechazado el coche; Esperaba que nadie hubiera oído al caballero inglés declinar su ofrecimiento. Che figura di merda! Era simplemente una cuestión de orgullo, de apparenza.

Valentina tomó la mano de Thomas en la suya y se la llevó a la mejilla, besándola afectuosamente.

– Por fin solos.

Tras un buen rato, el suave traqueteo de un motor reverberó en el tranquilo silencio de la tarde. Thomas pensó de inmediato en Lattarullo y se le encogió el corazón. Sin embargo, no tardó en darse cuenta de que el vehículo no procedía del pueblo que acababan de dejar a su espalda, sino que bajaba hacia ellos desde lo alto de la colina. Valentina guió al caballo a un lado del camino y el carro se detuvo. El traqueteo aumentó su volumen hasta que el reluciente Lagonda del márchese apareció sosegadamente por la curva. El metal del radiador refulgió a la luz del sol y los dos focos redondos parpadearon como los enormes ojos de un sapo. Resultaba del todo imposible no sentirse impresionado por la delicada artesanía de aquel elegante vehículo. El recuerdo de la colisión que a punto había estado de tener lugar el año anterior había quedado velado y distante en el resplandor de la admiración de Thomas. El motor funcionaba al ralentí con una eficiencia tal que sonaba más como una canción que como un repiqueteo mecánico: tic-tac, tic-tac. El coche frenó. En el asiento delantero, con el rostro oculto bajo la sombra del sombrero, iba sentado el esquelético Alberto. La capota de lona del vehículo estaba bajada de modo que podía vérsele claramente en toda su gloria. Su uniforme gris estaba tan limpio como el coche y sus manos, embutidas en un par de guantes blancos, se aferraban al volante como si manejaran las riendas de una bestia magnífica y poderosa. Alzaba tanto la nariz, que su barbilla casi había desaparecido. No sonrió ni saludó con la mano, aunque a juzgar por la repentina palidez que eliminó cualquier atisbo de color de su rostro> ya de por sí macilento, reconoció a. Thomas y a punto estuvo de perder el control del coche. El inglese, había vuelto.

15

Thomas no estaba preparado para conocer al resto de la familia de Valentina. Quería llevársela junto a la vieja torre de observación donde habían hecho el amor, de modo que guiaron al caballo por el polvoriento camino en dirección al campo de limoneros. Después de haber recorrido adormilada la mitad del camino, dejando que sus cascos ascendieran cansinamente cuesta arriba por la conocida colina, la bestia despertó y miró a su alrededor presa de un vigor nada propio de ella. El olor de los cipreses, del romero y del tomillo pareció animar también sus sentidos, y de pronto echó a andar a paso ligero, resoplando en el aire fragante con evidente deleite. Thomas se sentía incapaz de reprimir su pasión. Besó a Valentina en el cuello y en el pecho, allí donde el generoso escote del vestido dejaba a la vista el mullido nacimiento de los senos, refulgentes bajo su pátina morena como la espesa miel. Pasó los dedos entre su larga y ondulada melena y aspiró el cálido aroma de los higos. Ella le premió con su risa suave y burbujeante al tiempo que fingía apartarle de su lado por si alguien les veía.

– La única persona que podría vernos es el viejo márchese -fue la respuesta de Thomas mientras hundía el rostro en la perfecta curva donde el hombro de Valentina entroncaba con su cuello. Imaginó durante un instante al afeminado márchese, con su pelo engominado y sus ojos acuosos, observándoles con su telescopio, aunque desestimó la idea al instante. Se había marchado el año anterior del decadente palazzo con una sensación de incomodidad: la imagen del rostro del anciano bastó para devolverle esa incomodidad. Valentina se tensó y se puso seria.

– No quiero que nadie nos vea, Tommy -dijo volviéndose a mirar tras ella para asegurarse de que la pequeña seguía dormida a la sombra- Me sacarás de aquí, ¿verdad? -De pronto se le llenaron los ojos de temor.

Thomas le acarició la mejilla, asintió con la cabeza y frunció el ceño.

– Por supuesto que te sacaré de aquí. En cuanto nos casemos, nos iremos a Inglaterra. ¿De qué tienes miedo?

– De volver a perderte -respondió ella con voz ronca.

– No volveré a dejarte mientras viva -dijo Thomas muy serio-. Si he sobrevivido a esta guerra, ha sido sólo porque te tenía a ti. Después llegó Alba y mi vida se volvió más preciosa que nunca. Voy a cuidar de vosotras, lo prometo.