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Me estrechó la mano de un modo un tanto extraño; sacudiéndola vigorosamente, aunque sus dedos sujetaban sin apretar. Después me condujo a través de la sala hacia dos grandes sillones enfrentados a ambos lados de una amplia mesa. Junto a nosotros se elevaba una librería muy alta con puertas de cristal; en su interior se veían largas hileras de libros uniformemente encuadernados. Sobre la mesa había una cafetera y un surtido de pasteles. Ninguno de los dos se sentó, sino que permanecimos de pie, algo cohibidos, junto a la ventana. Dado que la sala estaba en el lado opuesto al que nosotros habíamos estado trabajando, daba a una parte de la propiedad que yo no había visto antes. A poca distancia de la casa principal se veía una larga hilera de construcciones de una planta, tal vez fueran establos, cuyas fachadas daban a un patio pavimentado. Allí había aparcados muchos coches de grandes proporciones.

—Tenemos mucho que celebrar, ¿no es cierto? —dijo Hess.

—Sí... ha sido un gran logro.

—Y con tiempo de sobra. Esperábamos terminar a las seis pero resulta que nos ha quedado libre poco más de una hora. No quise dejar escapar la oportunidad de hablar con usted a solas. Aún hay mucho trabajo por delante, pero ahora, al menos, hemos despejado el camino para un cambio en el mundo. Gran Bretaña y Alemania volverán a ser amigas. Es una alianza importante cuyas consecuencias se dejarán sentir en todo el mundo; la fundación de una nueva Europa.

—Sí, señor.

Miré a mi alrededor; aquel hombre me ponía nervioso. Como había dicho el doctor Burckhardt, allí no había ayudantes; estábamos solos en la estancia.

—La última vez que hablamos, usted no estaba seguro de haberse encontrado antes conmigo. Supongo que recuerda nuestra conversación en Boca do Inferno.

—Por supuesto, señor.

—Decía usted que no estaba muy seguro de su condición de neutral. Un deportista inglés que compite en nombre de su país pero asegura que es neutral en todas las demás cosas. Una postura interesante. Tomemos un poco de café y unos pasteles.

Hess señaló la mesa pero, súbitamente, sentí pánico de ese hombre. A dos habitaciones de nosotros, sin duda celosamente guardado por varios grupos, había un documento de varias docenas de páginas escrito en dos lenguas, inglesa y alemana, y con resúmenes redactados en francés y sueco, que decían que dos países, el de Hess y el mío, habían acordado la paz. Pero de momento ese documento no estaba ratificado ni firmado por ninguno de los dos gobiernos. Hasta entonces, el hombre que estaba frente a mí era un miembro destacado de un régimen enemigo del país donde yo había nacido. El conflicto que él detectaba en mí —nacionalidad contra neutralidad— era en buena parte reflejo de la política agresiva de Alemania contra otros países. Él hablaba de la restauración de la amistad entre nuestros dos países, sin embargo, durante toda mi vida, Alemania había sido sinónimo de amenazas contra la paz, persecución de su propia población e invasión militar de otros países. Yo no era neutral porque no tuviera claras mis lealtades, sino porque detestaba la guerra.

Hess se inclinó sobre la mesa, se sirvió una taza de café y seleccionó dos pequeños pastelillos cubiertos con una gruesa capa de chocolate negro. Debido al riguroso racionamiento de alimentos reinante en mi país, hacía casi dos años que no veía esas exquisiteces. Hess introdujo en su boca uno de los pastelillos; mientras lo masticaba, caían algunas migajas.

—Así pues, amigo Sawyer, usted siente que por fin tenemos paz, ¿no es así? —dijo Hess, masticando todavía el dulce; entre sus dientes sobresalientes se veían oscuras migas.

—Por supuesto, me siento aliviado. Supongo que eso es lo que he estado esperando y por lo que he estado trabajando.

—Para ustedes, los ingleses, la paz significará el final de los combates. Para los alemanes será distinto. La paz trae el amanecer de una nueva era. Muchas cosas cambiarán. Tiene que ir a Alemania y ver de qué le estoy hablando.

—Se lo agradezco, señor. Me gustaría ir, quizá alguna vez en el futuro.

—No, no lo he llamado para que tuviéramos una conversación de cortesía. El hecho de que quiera verlo tiene un propósito. He hablado con el doctor Burckhardt; él habla muy bien de usted. Puedo ver por mí mismo que es usted un joven refinado. Me gustaría explicarle en detalle qué es lo que está a punto de pasar en Alemania, pero por ahora no puedo. Todo lo que puedo decirle es que a partir de hoy, en cuanto la paz haya sido firmada, habrá muchos cambios. Éstos se darán en los más altos niveles de nuestro país. ¿Me explico con suficiente claridad?

—Estoy seguro de que está usted en lo cierto, Herr Hess, pero mi lugar está en Inglaterra...

—En los más altos niveles, eso debe entenderlo usted. Dentro de una semana... no puedo decir más de lo que ya he dicho. Los acontecimientos seguirán su curso. Es probable que en Berlín haya un tiempo de agitación social, y por el bien de la estabilidad necesitaré que a mi alrededor haya gente en la que pueda confiar, gente que entienda que el papel internacional de Alemania está más allá de toda cuestión. El empleo que le estoy sugiriendo es uno de tipo administrativo. Técnicamente, sería un funcionario diplomático subalterno adscrito al servicio civil, pero en realidad tendría un amplio poder ejecutivo. El título sería «Jefe de grupo de educación y moralidad». Schule und Moral es el nombre del departamento que he administrado en Berlín durante varios años; gracias a sus delegaciones en todas las regiones alemanas, he podido controlar todas las cuestiones de inteligencia. El cargo que he creado estará muy pronto disponible. Usted y yo trabajaríamos en una relación personal muy estrecha. La oficina es muy agradable; está situada en Unter den Linden, en la esquina con Neue Wilhelmstrasse. Justamente enfrente del edificio que hasta hace poco ocupaba la embajada británica. Me atrevo a decir que muy pronto la embajada volverá a asumir sus funciones anteriores. Por lo tanto, habrá una proximidad que espero que usted encuentre no sólo divertida sino también útil, como a mí mismo me lo ha parecido en el pasado.

Yo sólo atinaba a mirarlo desconcertado. Hess se llevó el otro pastelillo a la boca y lo masticó en silencio, después tomó un sorbo de café para tragárselo.

—Entonces ¿qué me dice, señor Sawyer?

—¿Me está ofreciendo un empleo en Berlín, Herr Hess?

—Yo podría dar este trabajo a uno de los miles, decenas de miles de jóvenes alemanes, y cualquiera de ellos sería leal a la gran causa. Pero estoy mirando más adelante; estoy mirando el día en que el alto el fuego sea permanente. No pasará mucho tiempo antes de que Gran Bretaña y Alemania asuman el papel decisivo de construir una poderosa Europa, en que se produzca la unión de las dos naciones dominantes de la era moderna. Imagine una fusión de las culturas que han dado al mundo genios como Goethe y Shakespeare, Wagner y Gershwin. Los desafíos que tenemos por delante requerirán que los mejores jóvenes de ambos países vayan a trabajar a las capitales de sus anteriores enemigos. Yo sólo le sugiero que usted muy bien podría estar entre los primeros. ¿Qué me dice?

Si él me hubiese preguntado qué pensaba en lugar de qué iba a decir, le habría dado una respuesta categórica: no. Pero pensar y decir son dos cosas muy distintas.

La compañía de Hess era intimidatoria, impertinente y desagradable; frente a él sólo cabía el disimulo. Mientras había durado la exposición de esas ideas de tan alto vuelo, no había cesado de masticar, de tragar y de quitarse con la uña del meñique los restos de comida que se le habían quedado entre los dientes. Además, al hablar, tenía el desconcertante hábito de acercarse demasiado. Yo podía oler su aliento y el perfume de la brillantina que se ponía en el pelo. Esta vez no llevaba el uniforme de oficial de la Luftwaffe con que lo había visto antes, sino unos pantalones de color gris claro, una camisa beige y una corbata cuidadosamente sujeta con una aguja. Tenía una manera de torcer ligeramente la cabeza hacia un lado y girar entonces los ojos para mirarme; cada vez que lo hacía, por un instante le daba la apariencia de alguien un poco desquiciado.