Pudimos ver el hidroavión en los últimos momentos de su maniobra de amerizaje. Se deslizaba hacia nosotros a pocos metros sobre los árboles y después bajó el morro para posarse sobre la quieta superficie del lago. Me daba la impresión de que volaba demasiado lentamente, pero tan pronto como los patines del avión tocaron el lago, una enorme cortina de agua pulverizada surgió a cada lado del aparato; las hélices transformaban esas rociaduras en largos vórtices cilindricos. Finalmente, después de muchas sacudidas y salpicaduras, la velocidad del avión disminuyó tanto que, aunque con cierta torpeza, pudo navegar como si fuera un barco.
Podía ver a los pilotos, pero debido a sus cascos de vuelo era incapaz de identificarlos. Miraban desde sus asientos hacia el morro del avión para guiarlo con seguridad hacia el muelle. El hidroavión, con los motores rugiendo, se bamboleaba a izquierda y derecha mientras maniobraba cada vez más cerca del amarradero. Allí, dos hombres lo esperaban con un bichero en la mano, pero no fueron necesarios. El experto comandante detuvo su avión de modo que la salida quedara justamente en el extremo del muelle. Su ala de estribor formaba un palio sobre la pasarela de madera. Rápidamente, la portezuela se abrió desde dentro. Se echaron unos cabos, y los hombres en el muelle los amarraron sin demora.
Mientras los motores se detenían y las hélices dejaban de zumbar, nos acercamos para ver mejor quienes eran los pasajeros. En el techo del fuselaje, inmediatamente a popa de la cabina de mando, surgió una pequeña asta de bandera; en ella flameaba la Union Jack. Hasta que desde el avión se bajó la escalerilla y fue colocada y asegurada al poco estable muelle, hubo cierta demora. Mientras esto sucedía, se oyó el sonido del motor de un coche: era un Daimler descapotable que se acercaba rápidamente por el camino que discurría a lo largo de la orilla del lago. Levantando bastante gravilla, se detuvo junto al extremo de tierra del amarradero. Rudolf Hess, resplandeciente con su uniforme de la Luftwaffe, bajó del coche. La Cruz de Hierro que colgaba de su cuello brillaba a la débil luz del sol del atardecer.
Dos hombres de su guardia personal, vestidos con sus negros uniformes de las SS, lo flanqueaban.
Los dos pilotos del hidroavión se habían quitado el casco de vuelo. Desde la cabina de mando, también ellos estaban mirando en dirección a tierra, hacia el muelle, para ver a los pasajeros a medida que desembarcaban. Yo podía ver claramente la cara de ambos. Ninguno de ellos era mi hermano Jack.
Unos segundos después, precedido por un alto oficial de alto rango de cada una de las tres ramas de las Fuerzas Armadas y seguido por un grupo de civiles, Winston Churchill puso un pie en el muelle. Sin mirar ni a izquierda ni a derecha, caminó lentamente por la pasarela de madera hasta encontrarse con el duque de Kent, que estaba allí para recibirlo. Churchill se quitó el sombrero, se inclinó ante el duque, y ambos intercambiaron unas palabras.
Rudolf Hess y Winston Churchill se sentaron uno junto al otro en la sala de conferencias. Ninguno de ellos reconocía la presencia del otro mientras miraban directamente a los fotógrafos. El lado de la mesa frente al que estaban sentados era el que antes habían ocupado los negociadores de la Cruz Roja y los países neutrales. Se habían quitado las otras dos mesas, pero el arreglo floral continuaba en su sitio. Ante cada uno de los mandatarios había un ejemplar del tratado, abierto en la primera página. Todo parecía indicar que estaban a punto de firmarlo; para ello se habían dispuesto dos nuevas estilográficas cedidas para la ocasión por la Cruz Roja.
Los dos fotógrafos se inclinaron hacia ellos; los flashes deslumbraron a todo el mundo en la sala. Después de tomar la foto, los fotógrafos se alejaron un poco de la mesa, quitaron los bulbos quemados y colocaron unos nuevos. Regresaron luego a la mesa donde esperaban Hess y Churchill. Los dos hicieron fotos parecidas, pero ahora desde otra posición. Mientras los bulbos eran reemplazados de nuevo, los negociadores y los auxiliares se colocaron detrás de Hess y Churchill, y a continuación se tomaron más fotografías, esta vez de todo el grupo. Como yo era alto, me coloqué en la última fila, hacia el extremo izquierdo, entre Martin Zane y Michael Brennan. Entre el doctor Burckhardt y yo había unas siete personas. En la fotografía aparezco sonriente, como todo el mundo; todo el mundo —hay que decirlo— excepto Churchill y Hess. La luz del flash rebotaba en las gafas de Churchill, haciendo que sus ojos quedaran escondidos detrás de dos discos de luz reflejada.
Cuando los fotógrafos se retiraron, todos permanecimos de pie detrás de los dos estadistas en calidad de observadores oficiales de la firma del Tratado de Estocolmo. Primero, Churchill firmó la versión redactada en alemán; Hess firmó la versión inglesa. Después de que se pasara papel secante sobre las rúbricas, se intercambiaron las dos versiones del tratado y cada estadista firmó el ejemplar redactado en su propio idioma. Hess dejó su pluma sobre la mesa. Churchill enroscó la tapa de la que había usado y después la metió muy cuidadosamente en el bolsillo interior de su chaqueta. A continuación se dio dos o tres palmaditas en el pecho con los dedos.
Los dos hombres continuaron sentados uno al lado del otro, mirando fijamente al frente. Un funcionario de la Cruz Roja se acercó a la mesa, cogió las copias del tratado y las abrió por la página correspondiente a las firmas de los testigos. Uno a uno, el resto de nosotros nos acercamos a la mesa y, frente a los dos estadistas, nos inclinamos sobre las copias para estampar nuestra firma. Yo escribí mi nombre al final de la lista, agregué mi firma y añadí la fecha: 12 de mayo de 1941. Estaba temblando mientras hacía esto; me embargaba la emoción por la inmensa importancia de la ocasión.
Cuando se llegó a la firma del último testigo, el doctor Burckhardt indicó a los dos estadistas que la ceremonia había terminado. Ambos se pusieron de pie. Hess era por lo menos quince centímetros más alto que Churchill.
Se volvió hacia Churchill, golpeó los talones en posición de firmes, extendió una mano y dijo en alemán:
—Primer ministro Churchill, para mí es el honor más grande firmar este histórico tratado con usted. ¡Roguemos para que estemos viviendo los primeros instantes de un nuevo destino para nuestras grandes naciones europeas!
Churchill no dijo nada y mantuvo su mano resueltamente escondida dentro del chaleco. En ese momento, yo me encontraba bastante cerca de él. Dándome cuenta de que él no hablaba alemán —o fingía no hablarlo—, le dije en inglés:
—Señor, ¿desea que le haga de intérprete?
—Si fuera tan amable —respondió Churchill, sin dejar de mirar a Hess.
Yo le traduje lo que Hess había dicho.
—Herr Hess —dijo entonces Churchill—, roguemos que este acuerdo que hemos firmado tenga más sustancia que el que han firmando con Rusia.
—¿Qué es lo que dice? —preguntó Hess.
—Dice que no le entiende, señor —traduje dirigiéndome a Churchill—. ¿Tengo que hacer de intérprete también para él?
—Resulta que yo sé que Herr Reichsführer habla inglés a la perfección.
—El Tercer Reich busca la paz de buena fe —dijo Hess en inglés, haciendo todo lo posible por parecer realmente sorprendido y confundido.
—Conozco su juego, Herr Reichsführer. En pocas semanas, cuando hayan iniciado su ofensiva del Este, todos en el mundo lo conocerán también.
—¡Eso no era necesario! —gritó Hess en inglés.
—Lo que era necesario era acabar la guerra entre nuestros países, y eso es lo que usted ha conseguido. Lo que decida hacer a partir de ahora es asunto suyo. Puedo agregar que si después de este momento, un palo o una piedra lanzados por ustedes cayeran en suelo británico o de la Commonwealth o de cualquiera de los países aliados nuestros liberados por este armisticio, les serían devueltos con una furia tal que nunca podría ser superada. —Churchill se volvió a medias y se dirigió al doctor Burckhardt en un tono completamente distinto—: Muchas gracias por lo que ha hecho, señor. Estoy seguro de que hablo en nombre del duque cuando le digo lo mucho que nos gustaría cenar con usted.