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Pero aquella primera noche de paz era algo especial para todos: el Día de la Paz en Europa. Aunque fuera por una vez había que desmelenarse.

Después de que se marchara el jefe de escuadrilla Piggott, estuve tratando de decidir si llamaría a mis padres (quienes no tenían la menor idea de dónde estaba ni de qué había estado haciendo en las últimas semanas) o dejaría de lado mis planes para la noche y encontraría el modo de atravesar el país para ver a J.L. en el hospital. Vi una cabina telefónica en el vestíbulo del hotel y marqué el número de mis padres. No me contestó nadie. Supuse que habrían ido a ver a Jack. Estaba dando vueltas indeciso junto a la recepción, preguntándome qué hacer, cuando me vio Mike Brennan, el cuáquero asesor de Pittsburgh. Después de eso, ya no hubo más dudas ni más argumentos.

En compañía de otros cinco del equipo de Estocolmo, Mike y yo salimos dispuestos a una larga celebración en la ciudad. Empezamos en un bar al lado del hotel, después seguimos a la multitud que estaba convergiendo en el centro —dañado por las bombas— de la ciudad. Daba la impresión de que toda la población había salido para una noche de juerga como no se había visto ni en meses ni en años. A medianoche estábamos en East Street, que parecía una sombría y oscura galería de arte, en medio de una apretada multitud que saltaba, gritaba, saludaba, bailaba y sudaba. En algún sitio, las campanas de una iglesia dieron las doce; todos chillamos y lanzamos hurras cuando brillaron las luces de todos los edificios, se encendieron los reflectores por última vez y una desafiante salva de la artillería antiaérea estalló en el aire.

XXX

Como era previsible, la mañana siguiente la pasé con remordimientos, quejumbroso y molesto, y con la renovada determinación de ponerme en viaje otra vez. Asombrosamente para mí, me había despertado en mi cama del hotel; evidentemente, de alguna manera había encontrado el camino de regreso, o tal vez alguien me llevara.

Me incliné sobre el pequeño lavamanos adosado a una pared para mojarme el pelo con agua fresca, después me lo sequé con la toalla. Me lavé las manos y la cara, y me las sequé también vigorosamente. Me vestí despacio y con cuidado.

A media mañana, débil pero recuperado, subí al tren que me llevaría hacia el norte. Tuve ligeras náuseas durante toda la mañana, pero a mediodía estaba un poco mejor. Hacía mucho que no tenía resaca. Me sentía aislado de la realidad, envuelto en una mortaja de adormecidas sensaciones. Cuando miré a los otros pasajeros del compartimiento, supe que yo no era el único. Había sido una noche memorable, al menos lo que podía recordar de ella.

El tren llegó a Manchester, a la estación de London Road, a últimas horas de la tarde. Bajé y me dirigí al sitio de donde salían los trenes de cercanías. Tenía mucha hambre; no había tomado nada en el hotel y luego había descubierto que en el tren no había ningún alimento disponible. El bar de la estación estaba cerrado. En la zona de andenes hacía calor y el aire estaba cargado con el olor del vapor y el del carbón de las locomotoras. Me quedaba tiempo para salir de la estación durante unos minutos, a respirar aire puro, pero el panorama de destrucción y edificios incendiados era deprimente.

Finalmente, cogí el tren regional a Macclesfield.

XXXI

Ahora empieza la parte final de mi historia, una historia casi imposible de escribir.

Debido a la noche de abundante alcohol, al largo viaje en tren, a que llevaba tanto tiempo sin comer nada y a que estaba realmente agotado, me sentía en un estado emocional bastante inestable. Tal vez lo más importante fuera el formidable tratado de paz que habíamos conseguido y el hecho de que yo había participado en su gestación. No estaba preparado para lo que venía después.

Sin embargo, al principio me sentí tranquilo. El aspecto de Macclesfield no era muy diferente del de siempre; en los últimos días de la guerra no había habido más bombardeos. Un lugar con algunas industrias manufactureras y fábricas de tejidos de seda, que miraba hacia los salvajes montes Peninos, Macclesfield tenía ese aire tan peculiar del norte de Inglaterra, con industrias y marismas; un pueblo de ancho cielo brillante y estrechas calles oscuras. A mi alrededor, la familiaridad del paisaje me envolvía confortablemente.

Salí de la estación, pasé por el túnel donde hacía mucho tiempo me habían atacado una noche y aparecí en Silk Road. Allí, en el lado opuesto, estaba la larga pendiente de Moor Road que subía hacia Rainow.

Disfrutando de la sensación de poner mis músculos otra vez en uso, caminé cuesta arriba con brío. Empecé a hacer sencillos planes para el futuro. Veía todo con optimismo en términos de curación y restablecimiento. Con la llegada de la paz, mis desasosiegos, mi temor y odio a la guerra se habían esfumado. Pronto nacería el niño; con la nueva criatura vendrían todos los impredecibles cambios en nuestra vida cotidiana. Birgit y yo podríamos tener más niños, ir a vivir a una casa más grande. Jack se recuperaría de sus heridas, después de lo cual esperaba reconciliarme con él. Con la guerra lejos de la vida de cada día, podía pensar en la búsqueda de un empleo de verdad, tal vez incluso aceptar la propuesta que me había hecho Churchill sobre un puesto gubernamental en Berlín. Otra vez, todo era posible.

Llegué al sitio de la carretera donde podía elegir dos caminos distintos: o bien continuar por la carretera, subir la colina y, después de unos cuatrocientos metros, coger el camino rural que me llevaba a donde estaba nuestra casa, o bien podía cortar camino atravesando un par de campos, y ahorrarme algunos minutos y parte de la larga subida. Yo recordaba la última vez que había atravesado los campos: había sido en una de mis alucinaciones lúcidas, de hecho, la primera de ellas. En aquella ocasión, me había detenido un momento en el portón de hierro. Las asociaciones de situaciones todavía eran muy fuertes. Temía que se me estuviera repitiendo lo que ya me había pasado antes. En busca de la normalidad, seguí adelante. Durante el tiempo que había trabajado en Manchester, siempre había ido y venido en bicicleta. La pendiente era empinada pero, después de las salas llenas de humo de cigarrillo, la forzada inactividad de los últimos días y la noche de alcohol, aspiraba el aire como si fuera un elixir. Podía sentir cómo la sangre corría por mis venas, mis sentidos estaban totalmente despiertos.

Pronto llegué a la parte más alta de la cuesta y me encontré andando entre las últimas casas de Rainow. Aflojé un poco el paso, ya que como el camino iba a partir de allí colina abajo, ya no hacía falta que me esforzara tanto. Miré a ambos lados de las casas que había dejado atrás y pensé que Rainow —que Birgit y yo habíamos descubierto por casualidad— era en realidad un lugar muy bonito para vivir. Cada vez que veía el paisaje que se extendía hacia el oeste, volvía a enamorarme de ese sitio. Quizá debíamos esperar a que se desocupara alguna de las casas más grandes y tratar de alquilarla o comprarla. O, como muchos de los problemas de nuestra casa actual se debían a sus goteras y corrientes de aire, la mayoría por dejadez del dueño, tal vez pudiéramos comprarla y ponerla en condiciones. La casa era bastante grande y cómoda y podía ser reparada muy fácilmente.

Dando vueltas a esos planes tan inocentes, dejé el sendero, cogí el callejón de nuestra casa y pasé junto a la casa de la esquina, donde vivían Harry Gratton y su madre, ya mayor. No se veía señales de ellos en la casa, a pesar de que las ventanas estaban abiertas.

Llegué a Cliffe End, la antigua y familiar casa en la que Birgit y yo habíamos vivido desde nuestra boda; tenía el aspecto de siempre. Subí por el empinado sendero que llevaba a la puerta, la empujé con la mano y vi que estaba cerrada. Saqué mi llavero del bolsillo y traté de abrirla.