Abajo, mientras íbamos dando tumbos hacia el oeste sobre el mar del Norte con rumbo a Inglaterra, vislumbré la irregular y negra línea del litoral alemán.
Algunos minutos más tarde, Kris volvió a activar el intercomunicador y dijo que pensaba que Sam se recuperaría. Había sido herido en la cabeza pero respiraba bien. Luego dijo que iba a tratar de recostarlo más cómodamente en el suelo, cerca de la escotilla.
Ordené a Kris que regresara a su puesto en la torreta de cola y que mantuviera los ojos abiertos por si nos perseguía algún caza. Era frecuente que patrullaran sobre el mar, a la búsqueda de algún bombardero que regresara a casa fuera de formación. En los momentos siguientes, pude sentir que la tripulación se movía torpemente por el fuselaje detrás de mí; sus cambios de posición afectaban a la estabilidad del avión. Nadie decía nada, pero yo podía oír la respiración de mis compañeros en los auriculares del intercomunicador que llevaba en mi casco de vuelo.
Cuando por fin se quedaron quietos, nuestra altura había bajado hasta menos de tres mil setecientos metros y continuaba disminuyendo lentamente. No había manera de conseguir más potencia en los motores. Los alerones estaban tan rígidos que a duras penas podía mover la palanca de mando. La tripulación empezó a arrojar al mar la munición que no habíamos utilizado; el mismo camino tomaron las herramientas, las bengalas y todo lo que no estuviera fijado. El frío aire nocturno penetraba en el avión no sólo por los agujeros hechos por la metralla sino también por la escotilla abierta detrás de mí.
Continuamos nuestro vuelo en una larga trayectoria descendente tratando de demorar todo lo posible su inevitable desenlace. Transcurrió una hora, una hora en la que empecé a engañarme con el pensamiento de que, después de todo, quizá lográramos salir con vida. Para entonces, nuestra altura era de mil doscientos metros. El motor de babor empezó a vibrar y a recalentarse.
Colin Anderson, el operador de radio, apareció en el intercomunicador diciendo que pensaba que ya podíamos romper el silencio de radio para enviar una petición de auxilio, y me preguntó qué me parecía.
—Todavía estamos bastante lejos de la costa —dije—. Debemos tener cuidado. De todas maneras, ¿qué te hace pensar que dejaré que este cacharro se estrelle?
—Perdona, J.L.
Todos queríamos volver a casa. Continuamos volando en silencio.
Pero un minuto después, más o menos, el motor de babor empezó a fallar. Cambié de idea y ordené a Col que enviara el SOS. A novecientos metros de altura, con un mar negro como la noche que, cuando un agujero en las nubes lo permitía, veíamos pasar por debajo de nosotros, encendí la luz de emergencia y ordené a mis hombres que cogieran los botes inflables y los chalecos salvavidas y saltaran. Ellos se negaron a hacerlo, por lo que tuve que gritar para decirles que aquello era una orden. Les rogué, vociferé que saltaran. Era su única esperanza de salvación. El intercomunicador estaba silencioso. ¿Estaban todavía a bordo mis hombres cuando el avión se estrelló o habían saltado cuando les di la orden? No tenía tiempo para comprobarlo; faltaban pocos segundos para hundirnos en el mar. El impacto, cuando se produjo, fue un enorme golpe; muy bien podríamos habernos estrellado contra el suelo. De alguna manera, me las arreglé para trepar a un bote neumático; estaba casi inconsciente y helado hasta el tuétano. Vi que Sam Levy estaba conmigo en el bote. El tiempo no había pasado.
Debía de encontrarme en estado de shock. En aquel momento estaba confuso, también lo estaba cuando más tarde traté de recordar lo sucedido. Ahora que han pasado tantos años, todavía lo estoy.
—¿Dónde está la cometa? —dije, y me di cuenta de que, por alguna razón, no podía hablar en voz alta. Cuando vi que Sam no reaccionaba, volví a preguntar, esta vez haciendo todo lo posible por gritar.
Sam estaba allí, al otro extremo del pequeño bote. Su cabeza parecía moverse como si estuviese hablando.
—¿Qué? —exclamé.
—Se hundió —oí que decía—. Por ahí.
—¿Cómo diablos hemos salido?
—Con el impacto, la escotilla desapareció. Yo estaba tendido junto a ella, y seguramente tú has debido de arrastrarte fuera. ¿No te acuerdas?
Dentro de mí, el único recuerdo era el caos que había en la cabina de mando del Wellington. Oscuridad total, frío intenso, la entrada de agua helada cuyo nivel subía a mi alrededor. En un instante, la cabina se convirtió en un lugar incomprensible. Toda señal de orientación había desaparecido. ¿El sector que tenía ante mí era arriba o abajo? ¿Estaba acostado o de pie? ¿O todavía estaba sentado ante los controles? ¿Estaba cabeza abajo? La pierna me dolía intensamente. No podía respirar porque mi cara estaba bajo el agua y estaba en estado de shock. La máscara de oxígeno de mi casco de vuelo se había enredado alrededor de mi garganta. Entonces, el avión dio un bandazo y el agua corrió espectacularmente alrededor de mi cabeza. Vi una débil luz que llegaba desde alguna parte. Vi dos piernas que desaparecían por el agujero de la escotilla. El aparato volvió a sacudirse.
Después, la oscuridad y un violento esfuerzo. Brazos y piernas sacudiéndose en el agua. De alguna manera me había subido al bote neumático, al refugio de suelo de caucho lleno de agua del bote, tratando de darme la vuelta para colocarme boca arriba, con mi traje de vuelo forrado de piel pesado por el agua absorbida, y la máscara de oxígeno colgando inútil de mi cuello.
—¿Tienes idea de dónde estamos? —pregunté, después de lo que me pareció una media hora de dolorosa resistencia. Yo continuaba mirando en la oscuridad hacia el sitio donde suponía a Sam. Hubo un largo silencio, tan largo que me hizo pensar que éste se había desmayado o había muerto o había caído al mar, fuera del bote.
—No tengo la menor idea —dijo por fin.
—Pero tú eres el navegante. ¿No has tomado la posición?
—Calla, J.L.
La noche, aparentemente interminable, continuó. Pero por fin empezó a clarear y las primeras luces del sol empezaron a iluminar el bote y el mar gris y helado; las olas nos empujaban. El bote se movía como si estuviese adherido a ellas, subiendo y bajando y, aunque nos sacudía continuamente, en ningún momento amenazaba con volcar. Sam y yo estábamos tirados sobre el resbaladizo suelo de goma con las muñecas sujetas a las cuerdas del bote. No teníamos nada que decirnos; la mayor parte del tiempo, Sam parecía estar dormido, y con las manos y la cara muy blancas por el frío. Las ropas de ambos estaban manchadas de sangre, pero ésta iba desapareciendo lentamente debido al agua de mar que caía sobre nosotros a cada momento. Estábamos en mayo. Aunque lo peor del invierno había pasado, íbamos a morir congelados.
Entonces, después de varias horas, nos encontró una lancha de salvamento del Servicio de Rescate.
Eso era todo lo que podía recordar mientras me hallaba tendido en una cama del hospital de Warwickshire.
Estaba en la niebla de la amnesia. Lo que acabo de describir es una versión elaborada de una serie de imágenes inconexas. Sólo momentos, destellos, todo ello en una desesperante deriva, fuera de mi alcance, como los fragmentos de un sueño.
Poco a poco, al mismo tiempo que lo que veía a mi alrededor empezaba a cobrar sentido, fui saliendo de esa confusión de recuerdos fragmentados. Un día, en medio de mucho dolor, me sacaron de la cama y me sentaron en una silla. El equipo médico iba y venía. Supe que mi madre me había visitado, supe que habíamos estado hablando, pero era incapaz de recordar nada de lo que habíamos dicho. Cuando volví a mirar la silla donde ella había estado sentada, ya se había marchado.
Empecé a retroceder en mi memoria, aprendiendo a hacerlo sobre la marcha.