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Eso es. Casi cuatro mil metros de altura. Cielo claro debajo de una luna de bombardeo. Veinte minutos después de la medianoche, hora inglesa. Un avión A-Able cargado de bombas y bengalas. Ciudad de abajo: Hamburgo. Algunos minutos antes, habíamos rodeado la ciudad a más de treinta kilómetros tratando de engañar a las defensas de tierra y hacerles creer que nuestro destino era otra ciudad: Hannover o Magdeburgo o incluso Berlín. La RAF había castigado ya Hamburgo dos noches antes, y en la reunión de la tarde, antes de partir, nos habían advertido que los alemanes estaban llevando más artillería antiaérea para defender la ciudad. Los ataques durante el viaje de regreso eran especialmente peligrosos para nosotros. Nunca habíamos creído que el fuego antiaéreo alemán fuera una amenaza menor, por eso nos ateníamos a las maniobras de distracción. Utilizábamos como punto de reunión una curva del Elba fácilmente identificable; allí virábamos bruscamente y tomábamos el rumbo para realizar la pasada de lanzamiento de bombas.

Ted Burrage, nuestro oficial encargado de la mira de bombardeo y artillero de proa, se había arrastrado hasta el vientre del Wellington y estaba tendido boca abajo mirando a tierra a través del panel transparente detrás del morro del avión. Era una noche de gran visibilidad, perfecta para identificar los blancos. Pero los artilleros de las baterías antiaéreas nos divisaban con la misma facilidad a nosotros y, si andaban por allí los cazas nocturnos, seríamos visibles desde varios kilómetros de distancia.

Mientras nos aproximábamos al centro de Hamburgo, muy fácil de identificar en las noches despejadas por las curvas que describe el río al atravesarlo, el fuego antiaéreo aumentó súbitamente de intensidad. Se encendieron diez o quince reflectores, que entrecruzaron sus haces de luz delante de nosotros, al tiempo que las balas trazadoras serpenteaban en dirección a los aviones. Yo trataba de ignorar esas balas: debajo de nosotros se movían siempre con hipnótica lentitud, pero de pronto tomaban velocidad y desaparecían por encima del avión. Nunca podía dejar de pensar que las trazadoras eran apenas una parte del fuego antiaéreo, que por cada uno de aquellos luminosos colibríes que subían hacia nosotros había otros diez o quince proyectiles que eran invisibles. A proa teníamos una enorme barrera de proyectiles que estallaban en el cielo, brillantes destellos en blanco y amarillo, como una exhibición de mortales fuegos artificiales. ¿Cómo podríamos pasar sin ser alcanzados un centenar de veces?

—Oficial de bombardero a comandante. ¿Estamos haciendo la pasada de lanzamiento? —Era Ted, desde el morro.

—Sí, estamos en ella. En lo que a mí respecta, no hay necesidad de modificar el rumbo.

—La mira está funcionando. Todo calibrado y comprobado.

—Adelante pues, Ted.

—¿Qué rumbo llevamos?

—Dos ochenta y siete. Velocidad en el aire, uno treinta y dos.

—Mantente ahí, J.L. Un poco a la derecha. Gracias, así está muy bien.

Por el intercomunicador podía oír la respiración de los demás.

—Abre la escotilla de las bombas, capi.

—Escotilla de bombas abierta.

Hubo una pausa, después el avión se sacudió un poco al aumentar la resistencia.

—¿Nueva velocidad, señor?

—Uno veintiocho.

—Muy bien. Manténte ahí... ahí... diablos, los estamos machacando a los de ahí abajo, esta noche... hay humo por todas partes..., eso es..., suave... mantente ahí... ¡bombas lanzadas!

El avión dio un brinco al perder el peso de las bombas. Mi estómago se sacudió de la misma manera.

—¡Vámonos de aquí, J.L.! —La voz con fuerte acento de Kris Galasckja, el artillero de cola polaco, llegó ásperamente por el intercomunicador.

—Cada vuelo dices lo mismo.

—Es lo que quiero en cada vuelo.

—Muy bien. Allá vamos.

Dejé caer un poco el morro del avión para ganar velocidad y después viré cuarenta y cinco grados a babor, lejos del infierno que había abajo. Cerré la escotilla de bombardeo, sintiendo como el avión parecía volar solo al restablecerse sus características aerodinámicas.

—¿Qué hay, J.L.? ¿Vamos a casa? —Era otra vez Kris.

—Todavía no. Tenemos que hacer otra pasada.

—¿Estás bromeando, capi?

—Claro. Tranquilo. Pero todavía nos queda salir de aquí.

—¿Alguien ha visto a qué le hemos dado? —preguntó Sam Levy, que no veía el exterior desde el cubículo donde estaba el tablero de navegación.

Justo en ese momento hubo una fuerte explosión directamente debajo de la proa del avión. Fui arrancado de los controles y lanzado hacia atrás; caí hacia un lado sobre el suelo de la cabina de mando. Mi pierna izquierda, todavía amarrada, tenía una dolorosa torsión. El avión estaba inclinado hacia la izquierda y empezaba a caer en picado. Oí que el sonido de los motores cambiaba, como si un piloto invisible hubiera ocupado mi lugar y estuviera acelerándolos hacia tierra. Durante un momento estuve tan impactado por lo repentinamente que iba cayendo todo a mi alrededor, que no fui capaz de hacer un movimiento. Pensaba: ¡Ha pasado! ¡Nos han derribado!

Mi casco de piel estaba todavía en su sitio, aunque había sido en parte arrancado y lo tenía en una incómoda y desconcertante posición sobre la coronilla. Alguien chillaba por el intercomunicador. Yo podía oír la voz en los auriculares, pero como el casco no estaba en su sitio no entendía qué decía. La comunicación se cortó, y el silencio resultante era todavía más sobrecogedor. Mi brazo izquierdo estaba inutilizado por el dolor; ahora sentía que algo húmedo me recorría la frente desde el interior del casco de vuelo. Pensé: ¡Me han dado en la cabeza! ¡Me desangraré hasta morir! Por fin conseguí cambiar de posición y tocarme la coronilla con la mano derecha. La cabeza estaba lastimada pero parecía intacta. La sangre continuaba saliendo. Tiré del casco para recolocármelo, llevándolo hacia delante sobre la herida, dondequiera que ésta estuviese. Sentí un súbito e intenso dolor en la parte lastimada, pero después de eso ya no noté nada más.

El avión se balanceó otra vez y se inclinó hacia el otro lado; ahora tenía el ala izquierda arriba y momentáneamente recuperó estabilidad. Yo no había hecho nada; los controles estaban fuera de mi alcance y el dolor me impedía todo movimiento. Sin embargo, el cambio de posición del avión canceló súbitamente la fuerza centrífuga de la barrena. Antes de que ésta volviera a empezar, me levanté como pude. Apoyando mi peso sobre el codo derecho, giré hacia un lado; después conseguí colocar la pierna buena debajo del cuerpo. Con otro doloroso movimiento, logré trepar a mi asiento ante los controles. Así resultaba más fácil; de esa manera, no forzaba el lado izquierdo de mi cuerpo, que era el que estaba dañado. Apenas podía ver nada a través del parabrisas, algo lo había atravesado y partido en mil fragmentos; lo había vuelto opaco. Un chorro de aire helado soplaba directamente en mi dirección.

Cambié por completo la posición de los alerones y con inmenso alivio comprobé que el avión salía del tirabuzón del picado. La palanca de mando parecía pesar una tonelada, pero apoyando la pierna derecha en el timón conseguí corregir el giro y contrarrestar la fuerza de la gravedad producida al salir del picado.

Vi que algo aleteaba en la parte superior del fuselaje, delante de la cabina de mando, pero no pude distinguir de qué se trataba. Mientras el avión se estabilizaba, primero, y después subía, recuperando algo de la altura perdida, empecé a hacer una frenética comprobación de los elementos de vuelo. Ambos motores funcionaban todavía, aunque la presión del aceite en el de babor estaba por debajo de lo normal. Los instrumentos no detectaban ningún fuego a bordo. Los controles iban muy duros pero funcionaban; el avión derivaba hacia la izquierda, pero este defecto podía corregirlo con el timón. El nivel de líquido refrigerante estaba bajo. En el sistema eléctrico no había problemas.