La guerra continuaba e iba a peor. Otros miles de hombres buenos como Lofty, Colin, Kris y Ted tendrían que morir antes de que acabara la contienda. Si conseguía reincorporarme, también yo podía morir. Durante cierto tiempo, la guerra había parecido necesaria e inevitable pero, ahora que lo había oído, no podía dejar de pensar en Rudolf Hess y su plan de paz.
La BBC nunca volvió a mencionar a Hess. Después de una oleada de excitación, la historia de su vuelo a Escocia había desaparecido de los periódicos. Aunque una oferta de paz de la alta jerarquía del régimen nazi no podía ser desaprovechada, ¿no?
Yo continuaba recordando a Hess, y el modo en que lo había conocido.
10
La primera salida fue válida; los seis botes cruzaron limpiamente la línea de partida. En los primeros segundos y sin esfuerzo aparente, la pareja alemana se situó a la cabeza del grupo. Animado a dar el máximo ppr el feroz ritmo de Joe, remé como no había remado en toda mi vida. Todos nuestros pensamientos sobre el control de los tiempos, nuestro plan de un sprint en el último cuarto del recorrido, quedaron desbaratados. Nos exigimos al límite y remamos al máximo desde la primera a la última palada. Conseguimos el tercer puesto, ¡una medalla de bronce para Inglaterra!
Los alemanes ganaron con un tiempo de ocho minutos dieciséis segundos; detrás de ellos llegaron los daneses, que lo lograron con ocho diecinueve; Joe y yo llegamos en ocho veintitrés. La regata fue lenta; habíamos estado remando con viento de proa.
Después de cruzar la línea de meta, nos derrumbamos hacia atrás en el bote durante varios minutos, tratando de normalizar la respiración. Terminada la regata, el bote quedó a la deriva junto con los otros, mientras las lanchas de los jueces navegaban en círculo alrededor de nosotros y nos urgían a que lleváramos las embarcaciones a la orilla. Yo tenía la mente en blanco; apenas pensaba —si pensaba en algo— en la medalla que habíamos ganado. Por supuesto, nuestro objetivo era ganar el oro. Ésa había sido la fuerza que nos había llevado adelante. Sin embargo, cuando vimos a los otros equipos entrenando en Berlín, nos dimos cuenta de la enorme tarea que nos esperaba. En los últimos días, Joe y yo nos habíamos sentido angustiados por el temor de llegar últimos. Pero ¡terceros! Para nosotros era un resultado fantástico, mucho mejor que cualquier cosa que nos hubiésemos atrevido a esperar.
Por fin, nos recuperamos lo bastante, cogimos los remos y nos acercamos a la orilla con remadas precisas y elegantes. La primera persona que nos felicitó mientras bajábamos a tierra fue el entrenador, Jimmy Norton, quien estrechó vigorosamente nuestras manos, nos dio palmadas en la espalda y nos trató como si fuéramos héroes.
Unos cuarenta y cinco minutos después, tras haber descansado un poco, bañado y puesto ropa limpia, a Joe y a mí nos condujeron a un edificio detrás de las tribunas y nos pidieron que esperáramos. Nos encontrábamos en una pequeña habitación, con los otros dos equipos que habían ganado medallas. Más allá de la presentación formal a nuestra llegada a Berlín y de lo que nos habíamos visto durante la semana transcurrida, mientras entrenábamos, no nos conocíamos. Era difícil saber qué debíamos decirnos en ese momento. Joe y yo tratamos de felicitar a los dos alemanes que habían obtenido el oro, pero la única respuesta que obtuvimos fue un gesto desdeñoso.
Por fin llegaron tres oficiales que nos guiaron a buen paso por la hierba del recinto donde estaba el podio olímpico. Éste se hallaba frente al estrado ocupado por el canciller Hitler y los demás jerarcas, pero en un primer momento no vimos a ninguno de ellos.
En actitud de espera frente a la plataforma de los ganadores había un pequeño grupo de hombres de las SS con sus negros uniformes. Mientras subíamos al podio y tomábamos posición en los correspondientes escalones, uno de los SS avanzó unos pasos. Era un hombre corpulento, bien parecido, de impresionante figura, y altos pómulos con ojos profundos y espesas cejas negras.
En primer lugar, se acercó a la pareja alemana y, cuando inclinaron la cabeza, puso una medalla de oro en el cuello de cada uno. En las tribunas hubo un fuerte estallido de saludos y aplausos, y aunque el SS dijo unas palabras a los remeros, no pude oír nada. Los cámaras de la prensa se afanaban alrededor de los deportistas alemanes. Una cámara de cine, montada sobre el techo de una furgoneta, registraba toda la ceremonia.
El oficial de las SS entregó también las medallas al equipo danés. Después, fue nuestro turno.
—Alemania lo saluda —dijo ceremoniosamente, primero a Joe, después a mí, mientras nos inclinábamos para que nos colocara la medalla en el cuello—. Lo ha hecho muy bien por su país.
—Gracias, señor —dije.
El aplauso fue un mero acto de cortesía y acabó pronto.
El oficial de las SS se irguió y nos miró atentamente a los dos.
—¡Gemelos idénticos, por lo que parece! —Tratándose de un hombre tan fornido, su voz era inesperadamente suave, casi afeminada.
—Sí, señor.
En la mano izquierda llevaba una hoja de papel. La levantó y la consultó con exagerado cuidado.
—Ya veo —dijo—. J.L. y J.L. ¡Incluso tienen los mismos nombres! Qué curioso. —Nos miró otra vez a uno y a otro con sus oscuras cejas arqueadas en una teatral y socarrona expresión. Sus ojos verdosos no parecían enfocarnos a nosotros, como si tuviese la cabeza en otra parte o fuera incapaz de pensar en algo más que decir. Fue un momento incómodo, con las cámaras rodeándonos, mientras aquel oficial nazi se interesaba tanto por nosotros, mirándonos fijamente a la cara. Finalmente, dio un paso atrás—. ¡Deben de hacer divertidas bromas con sus amigos! —dijo.
Estuvimos a punto de dar la respuesta habitual a ese tan conocido comentario, pero en ese momento la banda atacó con fuerza los compases del himno nacional alemán. El oficial de las SS se acercó rápidamente a un micrófono dispuesto sobre un pequeño estrado y pidió atención.
Todo el mundo se puso de pie mientras se izaban las banderas de nuestros respectivos países en los mástiles que estaban a nuestras espaldas. En el centro, la roja, blanca y negra con la esvástica flameó en el más alto. Llegó a la cima del mástil en el preciso instante en que acababa la música. El oficial estiró el brazo derecho en diagonal en dirección a la bandera con tanta tensión que le temblaban las yemas de los dedos.
—Heil Hitler! —gritó al micrófono, su voz distorsionada por la megafonía en forma de un fuerte alarido. El saludo fue respondido instantáneamente con un fortísimo rugido de la muchedumbre.
Con un movimiento rápido y presumiblemente estudiado con el que se aseguraba de que el micrófono estaba todavía delante de él, el oficial de las SS se volvió hacia la multitud. Su cara brillaba enrojecida al sol. Con un sincronizado movimiento y un concertado golpe del pie derecho, los otros hombres de las SS se dieron también la vuelta.
—Sieg heil! —aulló el oficial al micrófono, girando el brazo desde una tensa posición horizontal frente al pecho hasta el conocido saludo nazi.
La gente respondió con un grito ensordecedor. Muchos de los espectadores, la mayor parte de ellos, también alzaron el brazo.
—Sieg heil! Sieg heil! —gritó otra vez el oficial, saludando nuevamente, sus ojos llameantes mirando a la muchedumbre, mientras se balanceaba adelante y atrás sobre los talones.