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Mientras llevaba el avión de la zona de aparcamiento al punto de despegue, tuve la sensación de que el aparato pesaba más de lo habitual, pero sabía que llevábamos carga completa de combustible y de bombas. Aceleré y desaceleré los motores para que aclararan la voz, moví el timón a izquierda y derecha, y sentí que el avión respondía con lentitud. La de esa noche era una de esas misiones que el Mando de Bombardeo llamaba «de máximo esfuerzo». Mientras avanzábamos pesadamente junto a él, un supervisor de pista me hizo la señal de pulgares arriba, después se volvió con la cabeza inclinada y las manos sujetándose la gorra. El aire que movían nuestras hélices lo golpeaba con fuerza. Delante de nosotros estaba M-Mother, con Derek Anton en los mandos; conocía a Derek desde los tiempos del Escuadrón Universitario. Detrás y junto a nosotros avanzaban laboriosamente sobre la pista lateral otros Wellingtons listos para despegar. Al otro lado de la pista principal pude ver otra procesión de aviones que se movían lentamente, un despliegue de potencia, preparados para partir. Pasamos junto a la caravana donde trabajaba el controlador del aeródromo. No se veía ninguna luz.

Como era habitual, un pequeño grupo se había reunido junto al extremo de la pista principal para saludarnos: policías militares, mecánicos, oficiales de la base, todos atentos a nuestra partida. Todas las tardes había alguien allí, al lado de la valla circundante, donde un grupo de árboles se apretaba junto al borde del aeródromo. M-Mother avanzaba delante, giró hacia la pista principal con las hélices zumbando, aplanando y sacudiendo la hierba detrás del aparato. Derek dio gas y empezó a moverse lentamente. Otro Wellington que estaba en la pista lateral opuesta avanzó para ocupar su lugar. Por fin llegó nuestro turno. Hice avanzar el avión y giré para encarar la larga pista de hormigón. No había viento.

Miré la oscura silueta de la caravana del controlador del aeródromo: desde mi posición podía ver una luz roja fija, la luz que me retendría hasta que el espacio aéreo estuviera franco. Esperé y esperé con los motores girando y el avión vibrando y estremeciéndose. La mano que tenía sobre los controles oscilaba con el avión. Trataba de permanecer tranquilo. Por fin la luz se puso verde. Los que nos miraban desde la valla nos saludaron alegremente.

Solté los frenos, aceleré los motores, ajusté el cabeceo y empezamos a movernos sobre la pista, al principio lentamente, tanto que sentíamos cada bache del hormigón vertido con prisas. Las alas se balanceaban. Después, la velocidad aumentó gradualmente; los instrumentos me decían que íbamos más de prisa de lo que parecía. Cuando llegamos a la velocidad de vuelo, con la cola ya casi despegada del suelo, tiré hacia atrás la palanca de mando y el Wellington inició su larga y lenta ascensión en el cielo de la tarde.

Mientras subíamos por el cielo tranquilo, volando en círculo sobre los campos tan conocidos para ganar altura antes de poner rumbo al mar, miré hacia abajo, los prados y los desordenados grupos de árboles y sus sombras, que se alargaban hacia el este. Vi las torres de las iglesias, los grupos de casas de los pequeños pueblos, las irracionales curvas de los caminos y el humo borroso que salía de las chimeneas. La catedral de Lincoln apareció a algunos kilómetros hacia el sureste, su alta y negra aguja recortándose en el azul del cielo del anochecer. Debajo y junto a nosotros había otros aviones a la vista: Wellingtons de nuestra propia base, pero más lejos también, a unos cuantos kilómetros, unos pequeños puntos negros que despegaban desde sus propios aeródromos, volando en círculo para ganar altura alrededor del amplio punto de reunión, buscándonos unos a otros, tratando de formar un ancho río capaz de defenderse para encarar el largo vuelo sobre el mar del Norte.

Por fin llegó la señal de radio del controlador de tierra, la autorización final para empezar la misión de bombardeo. Subiendo constantemente, viramos por última vez hacia el este, alejándonos del brillante sol poniente hacia la oscuridad. Los artilleros hicieron algunos disparos de prueba con balas trazadoras, que se perdieron abajo en dirección al mar. Cuando estábamos a mil quinientos metros, empezó a hacer frío en el interior del avión; en realidad, antes de que nos mordiera el frío helador de la altura, durante algunos minutos nos sentimos más a gusto que en tierra. A dos mil doscientos metros de altura, ordené a mis hombres que se pusieran las máscaras de oxígeno.

La tarde era un espejismo de tranquilidad y belleza, con el cielo oscureciéndose poco a poco sobre nosotros y una llanura de nubes debajo del avión, con algunos cúmulos que se hinchaban hacia arriba, todavía iluminados por los últimos rayos del sol poniente. Alemania estaba ahí enfrente. Durante una hora más volamos ganando altura lentamente.

De pronto, la voz de Ted Burrage se oyó en el intercomunicador; estaba en los cañones de proa.

—¡Aviones enemigos debajo de nosotros, J.L.! ¡Se acercan rápidamente!

—¿A qué distancia?

—Bastante lejos.

—¿Los tienes a tiro?

—Todavía no.

—No dispares todavía... quizá no nos han visto.

Entonces, yo mismo vi los aviones. Estarían entre unos seiscientos o novecientos metros debajo de nosotros, cruzando nuestra trayectoria de sur a norte. Se los veía muy bien sobre la gris llanura de nubes iluminada por el último resplandor del anochecer. El avión que iba en cabeza era un bimotor. Parecía un Messerschmitt Me-110, algo que fue confirmado inmediatamente por el resto de la tripulación, que también lo habían visto. Detrás de ese aparato y mucho más de prisa volaban cuatro cazas Me-109. Comprobé que Ted hacía girar su torreta en el morro del Wellington para que sus cañones estuvieran en posición de disparo, pero en cuestión de segundos estuvo claro que ninguno de los aviones de la Luftwaffe estaba interesado en nosotros.

Los cazas se lanzaron en picado sobre el Me-110. Vi balas trazadoras o disparos de cañón en el breve espacio que había entre ellos. Uno de los depósitos de combustible del Me-110 estalló con una espectacular llamarada que lanzó el avión hacia atrás. Inmediatamente, los Me-109 se apartaron virando bruscamente a cada lado del avión atacado. Hubo una segunda explosión, y esta vez se desprendió un ala del avión. El aparato había perdido velocidad y empezaba a caer, con el vientre hacia arriba, en dirección al mar. Desapareció entre las nubes. Un segundo después, todo lo que pude distinguir fue una llamarada anaranjada. Luego ya no vi nada más.

Los Me-109 continuaron sus giros sobre las nubes y luego enfilaron hacia el sur, el rumbo por donde habían llegado. En ningún momento percibieron nuestra presencia.

—¡Mierda! —dijo Ted. Y repitió—: ¡Mierda!

—¿Quéha sido eso?

Durante un momento, el intercomunicador estuvo lleno de voces. Sam Levy y Kris Galasckja no habían podido ver lo que había pasado. Lofty, Colin y Ted describían lo que habían visto. Yo trataba de decirles que no bajaran la guardia. Cuando volábamos sobre el mar del Norte, los aviones enemigos podían aparecer en cualquier instante.

Como para confirmar mis palabras, vi más aviones alemanes que venían hacia nosotros. Esta vez, volaban de este a oeste y estaban a unos dos kilómetros a nuestra izquierda.

Grité a los artilleros para que estuvieran preparados:

—Más bandidos. ¡A las nueve!

—¡Los tengo, J.L.! —exclamó Ted—. ¡Son los mismos de antes!