—Me alegra mucho que haya podido venir, señor Sawyer —dijo en voz bastante alta—. ¿Cuál de los J.L. es usted?
—Yo soy Jack, señor. Jacob Lucas.
—¿Ha venido también su hermano?
—Me temo que no. En el último minuto ha surgido un imprevisto.
—¡Qué pena! Bueno, al menos usted ha podido venir. Hay alguien aquí que está ansioso por conocerlo. ¿Tendrá un minuto para saludarlo?
—Claro.
Dejé mi copa de champaña y seguí al hombre mientras se escurría educadamente entre la gente. En uno de los lados de la sala habían dispuesto algunas mesas cubiertas con manteles blancos. Agrupados detrás de una de ellas, separados del resto de la gente, había algunos oficiales alemanes. Distinguiéndose entre ellos estaba el hombre que nos había entregado las medallas a mi hermano y a mí. Nos vio caminando hacia él, e inmediatamente se adelantó hacia nosotros.
—Herr Reichsführer Rudolf Hess —dijo Selwyn-Thaxted—, tengo el placer de presentarle al señor J.L. Sawyer, uno de nuestros medallistas olímpicos.
—¡Buenas noches, señor Sawyer! —dijo Hess inmediatamente, e hizo un jocoso gesto en dirección a la medalla que colgaba sobre mi pecho—. Por supuesto que lo recuerdo. Le ruego que nos haga el favor de tomar una copa con nosotros.
La mesa al lado de la cual se hallaban reunidos estaba cubierta de vasos y jarras de cerveza con tapa. También había varias enormes copas de cristal con un líquido oscuro lleno de espuma; asimismo, había dos camareros listos para servir lo que hiciera falta. Hess chasqueó los dedos perentoriamente, y uno de los camareros llenó una jarra.
—Esto le gustará —dijo Hess.
Cogí el pesado pote, levanté la tapa y bebí un sorbo del espumoso líquido. Era dulzón, estaba frío y tenía un sabor fuerte pero agradable. Me di cuenta de que Hess no tomaba aquella bebida y que en su mano había en cambio un pequeño vaso de zumo de frutas.
—Muchas gracias, señor. Es una bebida agradable.
—¿Ya había probado el Bismarck?
—¿El Bismarck?
—Me han dicho que es muy apreciado en Oxford. Quizá usted lo conozca por su nombre inglés: allí se llama «Terciopelo negro».
—No, jamás lo he probado. Como me estaba entrenando para los Juegos, sólo bebía alguna cerveza, y en modestas cantidades.
—En Alemania, el Bismarck es muy popular. A muchos les gusta beberlo cuando nos visitan los británicos, como hoy. Ustedes tienen también una buena cerveza negra, que llevan de Irlanda. Se llama Guinness, creo. Nosotros mezclamos la Guinness con champaña francés. ¡De esa manera, todos en Europa somos amigos, como nos ha aconsejado su embajador!
Mientras continuaba aquella trivial conversación, Selwyn-Thaxted permanecía a mi lado con una atenta sonrisa.
—Tengo que atender a otros invitados —me dijo, hablando suavemente en inglés—. Si necesitara algún consejo, me encontrará fácilmente.
—¿Un consejo?
—Nunca se sabe. Por favor, discúlpeme. —Hizo un gesto de gran cortesía en dirección a Rudolf Hess—. Es un gran honor contar con su presencia esta noche, Herr Hess. Es usted bienvenido. Si necesitara algo, hágamelo saber, a mí o a alguno de mis colaboradores.
—Muchas gracias, caballero. —Al despedirse de Selwyn-Thax-ted, Hess se volvió directamente hacia mí. Para entonces, Hess se había quitado la chaquetilla y se había quedado en mangas de camisa; una de color caqui metida en unos pantalones grises. De su cuello colgaba la Cruz de Hierro. Acercó a mí su fornido cuerpo—. ¿Por qué no ha traído a su hermano? —me preguntó con su desconcertante voz de tenor.
—No ha podido venir. —Al percibir la reacción de Hess, me di cuenta de que la respuesta no lo había satisfecho. Entonces, agregué—: Esta tarde está entrenando solo. La invitación sólo podía ser aprovechada por uno de nosotros.
—Es una pena. Estaba deseando verlos juntos otra vez. ¡Los cuerpos de ustedes son tan saludables y musculosos! ¡Y son tan parecidos! Se trata de un maravilloso engaño y una gran novedad.
—Nunca tratamos de engañar a nadie, señor. Joseph y yo creemos que...
—Desde luego, pero ¡estoy seguro de que se da cuenta de lo útil que puede resultarle si usted no desea estar en un sitio! O estar en algún sitio haciéndose pasar por su hermano, de modo que los que no lo conocen crean que está usted en algún otro lugar, o que está donde no parece estar.
Yo tenía dificultades para seguir lo que Hess decía. Para ocultar mi confusión, fui a beber un sorbo, pero al acercar la jarra a mis labios, aquel líquido dulzón y malteado me disuadió.
—A veces nos ven juntos —dije, pensando que esa conversación era absurda—. Entonces la gente se da cuenta de que somos gemelos. Otras veces, nos ven separados y nadie sabe nada del otro.
—¿Es cierto, señor Sawyer, que todo lo hacen juntos, incluso aquellas cosas que...?
—Llevamos vidas separadas, señor.
—¡Aparte del remo! ¡No podrían hacerlo solos!
—No, señor.
—¿Dónde y cómo ha aprendido alemán? —Se acercaba cada vez más a mí—. Lo habla perfectamente y casi no comete ninguna falta.
—Mi madre es de Sajonia, señor. Emigró a Inglaterra antes de la Gran Guerra. Es allí donde nací, pero me crié hablando inglés y alemán a la vez.
—Entonces ¡usted es medio alemán! Eso está muy bien. ¡La mitad de su medalla es nuestra, pues!
Lanzó una carcajada y repitió a sus camaradas lo que había dicho, siempre muy cerca de mí. Ellos se rieron también. Yo miré a mi alrededor para ver si el señor Selwyn-Thaxted estaba por ahí, pero no conseguí localizarlo. Necesitaba lo que él había llamado «un consejo». La charla continuó.
—Herr Speer también es remero. Quizá debería conocerlo.
—¿Herr Speer?
—Speer es arquitecto de nuestro líder. Eche una mirada cuando ande por Berlín. Él ha diseñado la mayor parte de nuestros grandes edificios y estadios. Pero es un verdadero fanático del remo.
—Me gustaría conocerlo, por supuesto —dije tan vagamente como pude—. ¿Y qué me dice de Herr Hitler? ¿Le interesan los deportes?
—¡Él es nuestro líder! —Súbitamente, Hess se puso en guardia y se irguió. Durante un momento pensé que levantaría el brazo y saludaría. A través de la sala, sus ojos profundos contemplaron la lejanía; aparentemente no se centraron en nada en particular. Luego dijo—: Después de la recepción iremos a una cena privada. ¿Querrían acompañarnos usted y su apuesto hermano?
—Mi hermano nopodrá venir en toda la noche —dije.
—Entonces venga solo. Tenemos buenas bebidas, y podrá comer jabalí por primera vez en su vida. Le contaremos muchas cosas interesantes de Alemania.
La ansiedad que sentía por escapar de aquel hombre era cada vez más acuciante. Sabía que Joe me estaba esperando en una de las calles cercanas al edificio. Cuanto más me demorara, mayor sería su enfado conmigo.
—Lo siento, Herr Reichsführer —dije—. Eso no es posible. Lo siento de verdad.
—Haremos todo lo que sea necesario para que pueda venir. ¡En el Tercer Reich todo es posible! —Su voz había adoptado un tono bromista, que le daba un matiz amenazador—. ¿Qué otra cosa tiene que hacer en Berlín? Cuando nos marchemos dentro de unos minutos, vendrá con nosotros. Se divertirá el resto de la jornada. No habrá mujeres, nadie que pueda interrumpirnos en lo que deseemos hacer. ¡No dudo que usted me entiende! Todos somos muy divertidos; usted podrá mostrarnos cómo rema. ¡Yo seré su pequeño bote!
Se rió otra vez. Durante unos segundos, sus ojos se cerraron bajo las prominentes cejas. Yo sentí una oleada de confusión, vergüenza, incertidumbre, miedo. Sus camaradas observaban mi reacción.
Hess levantó su vaso y apuró el zumo de frutas. Mientras lo dejaba sobre la mesa que estaba a mi lado, inclinándose hacia adelante para que su hombro se apretara contra el mío, Selwyn-Thaxted apareció oportunamente junto a mí.