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—Señor, creía que volvía a las operaciones, con mi escuadrón.

—Regresará pronto. Éste es un destino temporal. La promoción también es temporal, pero me atrevería a decir que si en las próximas semanas su desempeño es bueno, no volverá a su grado anterior.

De pronto, la conductora apretó el freno del coche y lo hizo girar bruscamente a la izquierda, como si hasta ese momento no hubiese visto la curva que allí había. Al mismo tiempo que era lanzado a un costado en mi asiento, vi a la luz de los faros delanteros unos altos pilares de ladrillo y unos portones de hierro forjado. A cada lado de los pilares había unos agentes de policía uniformados, que nos saludaron mientras pasábamos. Más allá de la entrada propiamente dicha se veía un clásico puesto militar de control con un cuartel próximo a él. Ahí, el coche se detuvo y un sargento armado se inclinó junto a la ventanilla y examinó la documentación de todos moviendo cuidadosamente su linterna. A mí me resultaba casi imposible darme cuenta de qué estaba sucediendo. Strathy y el jefe de escuadrilla Dodman esperaron pacientemente. Yo no llevaba papeles: mi identificación militar había quedado destruida o se había perdido cuando el Wellington se estrelló en el mar. Sin embargo, parecía que no había ningún problema en relación con mi identidad.

Recorrimos el camino sin iluminar, entre árboles añosos. El sendero estaba marcado con unas piedras pintadas de blanco —que brillaban brevemente al pasar— situadas a intervalos a cada lado.

Recuerdo vívidamente ese momento. Nadie en el coche dijo una palabra desde que cruzamos la barrera hasta que estuvimos dentro de la famosa casa llamada Chequers. Esto me permitió componerme y prepararme para lo que estaba por venir.

Cuando escribo estas líneas, han pasado muchos años desde el final de la segunda guerra mundial. Vivo en una época en la que, en ciertos círculos, está de moda el cinismo ante el patriotismo, la valentía, el liderazgo político, los objetivos nacionales. Yo mismo lo siento así algunas veces. ¿Quién no lo sentiría en una modélica democracia escéptica? En 1941, las cosas eran diferentes, pero no soy un apologista de aquellos tiempos.

Entonces, Winston Churchill era una figura incomparable, casi única en la historia británica. Para los que vivíamos en ese tiempo, los pocos afortunados, Churchill era la persona que había dado forma al espíritu nacional cuando todos esperaban la derrota. Nos enfrentamos solos a la Alemania de Hitler, la potencia militar más poderosa del mundo. El resultado de eso, unos años más tarde, fue la victoria final de los Aliados, a pesar de que en 1940 y 1941 eran muy pocos los que habían dado la victoria por segura, y ni siquiera por probable. Cuando terminó la guerra, en 1945, todo el mundo se sentía tan aliviado por poder dejar aquello atrás que la gente dio la espalda a lo que había vivido hasta tan poco tiempo antes. La guerra había acabado. Lo que había sido importante de repente ya no lo era. Churchill cayó del poder espectacularmente y languideció en la oposición mientras mucho de lo que él había predicho empezaba a suceder. Durante un corto período, en 1951, volvió a ser primer ministro, cuando ya estaba físicamente muy disminuido por la edad. También es verdad que durante muchos años antes de que llegara al poder, en 1940, Churchill había sido una figura polémica y marginal, poco popular en algunos sectores, de quien desconfiaban la mayor parte de los políticos contemporáneos. Pero apareció en el momento oportuno. En esos largos y peligrosos meses antes de que Estados Unidos, la Unión Soviética y Japón entraran en la guerra, Churchill pronto se convirtió en una leyenda para la mayoría del pueblo británico. Parecía encarnar cierto tipo de espíritu de la nación, simbolizaba la voluntad de lucha británica, algo que quizá nunca antes se había manifestado, hasta que la necesidad la hizo surgir.

Yo pertenecía a ese mundo, a esa generación. Cuando estalló la guerra, estaba sirviendo en la RAF, con el rango de oficial de vuelo. Nuestros primeros intentos de lanzar ataques de bombardeo diurno encontraron una feroz resistencia. Sufrimos terribles pérdidas y las incursiones pronto fueron interrumpidas. Los Blenheim con los que volábamos eran muy lentos y vulnerables para operaciones diurnas y carecían de la autonomía necesaria para penetrar profundamente en vuelos nocturnos; así pues, durante la mayor parte del primer invierno y la primera primavera de la guerra, restringimos nuestras operaciones al rastreo de barcos en el mar del Norte, y rara vez entablábamos combate, o ni siquiera nos veíamos con el enemigo.

Con la invasión de Francia, la guerra entró en una fase más seria, y la seguridad de Gran Bretaña empezó a estar en peligro. A medida que ese peligro se hacía más patente, la reputación de Neville Chamberlain —ligada al concepto de apaciguamiento de Hitler— hizo de él un líder de guerra poco adecuado. Su gobierno cayó, lo sucedió Churchill, y un nuevo espíritu se propagó por toda la nación. El peligro nunca había sido mayor, los británicos nunca habían sido un pueblo tan dispuesto a enfrentarlo. Cualquiera que hubiera estado allí, que hubiera vivido ese momento, habría sentido un respeto reverencial por Churchill. No hay otra expresión que lo defina mejor, y respeto reverencial era lo que yo sentía mientras el coche rodaba lentamente hasta la entrada principal de la residencia del primer ministro.

Después de todo un día de viajar en coche, me sentía entumecido; necesité estar un buen rato de pie sobre el suelo de gravilla para relajarme y acostumbrarme a andar con mi bastón. Los dos hombres con quienes había viajado me miraban con simpatía, pero yo estaba decidido a arreglármelas solo. Agudas punzadas de dolor me recorrían las piernas y la espalda.

Poco a poco el dolor fue cediendo. El jefe de escuadrilla Dodman se puso a mi lado en el momento que traspasábamos la puerta, con su mano sostenía suavemente mi codo derecho. Nos recibió un hombre vestido con pantalones negros y camisa blanca, pulcramente ataviado, en absoluto informal. Nos saludó a los tres llamándonos por nuestros nombres y luego nos pidió que tuviéramos la amabilidad de esperar un momento.

Fuimos conducidos a una habitación lateral, una amplia y débilmente iluminada cámara con las paredes cubiertas de paneles de madera. A cada lado se veían oscuras pinturas de paisajes campestres, trofeos y estantes con libros. Una mesa ocupaba el centro de la habitación y alrededor de ella había un buen número de sillas cuidadosamente colocadas. Las ventanas tenían pesados cortinajes y tras ellos era visible el material de oscurecimiento que cubría los cristales. Los tres, formando un nervioso grupo, nos quedamos junto a la puerta, esperando —al menos yo— conocer, en los próximos minutos, el motivo de la convocatoria.

Dos horas más tarde todavía estábamos allí; para entonces, habíamos tomado asiento junto a uno de los extremos de la mesa. Durante nuestra espera, varias personas entraron y salieron de la casa, algunas únicamente entregaban o recogían algo, otras llegaban en lo que parecía ser una misión urgente y eran conducidas directamente a otras dependencias de la casa. Más o menos una hora después de nuestra llegada nos trajeron té y galletas. Apenas conversábamos; el largo viaje y la expectativa de que en cualquier momento podrían llamarnos nos impedían relajarnos.

Finalmente, unos quince minutos después de medianoche fui convocado.

Rígidamente otra vez, me puse de pie. Dejé a mis acompañantes en la sala de espera y salí cojeando detrás del hombre que había ido a buscarme; sentía que debía darme prisa para que el primer ministro no tuviera que esperar, pero no me vi presionado a ello.

Cruzamos el vestíbulo donde habíamos sido recibidos y después avanzamos por un corto y oscuro corredor. Fui conducido hasta una habitación donde cuatro mesas sostenían grandes máquinas de escribir; en dos de ellas, trabajaban unas mujeres. El lugar estaba escasa y tristemente amueblado: suelo desnudo, sin cortinas, aparte de los inevitables estores de oscurecimiento; potentes luces en el techo; incontables archivadores, teléfonos, bandejas, cables y papeles por todas partes. Una vez más se me pidió que esperara. El trabajo de secretaría continuaba a mi alrededor; las dos dactilógrafas no me prestaron la menor atención. El reloj que colgaba de la pared marcaba las doce y veinte.