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—El primer ministro lo recibirá ahora —me dijo el hombre que me había acompañado desde la sala de espera, en tanto mantenía abierta la puerta. Mientras yo traspasaba el umbral cojeando, el hombre dijo—: Señor Churchill, éste es el jefe de escuadrilla J.L. Sawyer.

Tras la brillante iluminación que proporcionaban las bombillas desnudas en la oficina por la que acababa de pasar, al principio, la amplia habitación en la que había entrado parecía estar a oscuras. Lo único iluminado era el escritorio que ocupaba el centro de la estancia, que tenía una lámpara a cada extremo. A la luz reflejada en los papeles vi el famoso semblante de Winston Churchill, inclinado sobre su trabajo. El humo de su puro flotaba en el aire. Mientras caminaba dolorosamente hacia el escritorio, él no levantó la mirada y continuó leyendo varias notas de una pila, con una gruesa estilográfica en una mano. Con la otra sostenía el puro. Sobre el escritorio, un vaso de cristal tallado casi vacío lanzaba destellos a la luz de la lámpara; junto a él, una licorera con whisky y una jarra con agua. Churchill llevaba gafas de lectura. Leía velozmente y sólo se detenía para poner su inicial al pie de cada nota, después la dejaba a un lado con la mano que sostenía la pluma. En la última, escribió además algunas palabras, la firmó y la dejó con las demás.

Colocó los papeles en una rebosante cesta de alambre que había debajo de una de las lámparas y después cogió otro montón de la bandeja de asuntos a despachar.

—Sawyer —dijo mirándome por encima de las gafas. Yo estaba muy cerca de él, pero aun así no estaba seguro de si me veía bien, tan profunda era la oscuridad en la habitación—. J.L. Sawyer. Usted es Jack, ¿verdad?

—Sí, señor.

—No es el otro.

—¿Se refiere usted a mi hermano, señor Churchill?

—Sí. ¿Qué pasa con él? Durante unos días, mi gente se ha hecho un lío con ustedes dos.

—Mi hermano murió, señor. El año pasado, en las primeras semanas de bombardeos.

Churchill parecía sorprendido.

—No sabía nada de ese horrible acontecimiento. Las palabras son siempre inadecuadas, pero permítame que le diga que estoy consternado por lo que me dice. Sólo puedo ofrecerle mis sinceras condolencias. —El primer ministro se quedó mirándome a los ojos en silencio. Durante unos segundos pareció que de verdad se hubiera quedado sin palabras. Dejó la estilográfica. Después dijo—: Esta guerra... esta maldita guerra.

—La muerte de Joe sucedió hace varios meses, señor —dije.

—Aun así. —Sacudió levemente la cabeza y apretó las palmas de las manos sobre el escritorio—. Permítame que al menos le diga para qué lo he llamado. Necesito un edecán que provenga de la RAF, y su nombre es el primero en la lista. Durante cierto tiempo, no tendrá mucho que hacer, pero puede que más adelante tenga un trabajo más interesante para usted. Por ahora, cuando vayamos a cualquier parte, quiero que usted camine detrás de mí, que se mantenga a la vista y que no abra la boca. Veo que lleva bastón. Puede caminar, ¿verdad?

—Sí, señor.

—La gente de aquí le dará los pases que necesite. Primera cosa: mañana por la mañana deberá ir al Almirantazgo, ¿quiere hacerlo?

—Sí, señor —dije otra vez.

Churchill había vuelto a sus papeles, la mano y la pluma moviéndose en el margen hacia abajo. Después de unos segundos de indecisión, me di cuenta de que la entrevista había terminado, entonces me volví y caminé tan de prisa como pude en dirección a la puerta.

—¡Jefe de escuadrilla Sawyer!

Me detuve y miré hacia atrás. El primer ministro había dejado sus papeles y ahora estaba más erguido detrás de su escritorio. Estaba vertiendo whisky y agua —más del primero y menos de la última— en su vaso.

—Me han dicho que usted y su hermano fueron a la olimpiada de Berlín y ganaron una medalla.

—La de bronce, señor. Corrimos en el par sin timonel.

—Felicidades. También me han dicho que después de eso fue presentado a Rudolf Hess.

—Sí, es verdad.

—¿Usted solo, o su hermano también estaba allí?

—Sólo yo, señor.

—¿Su hermano no lo conoció?

—Apenas, señor. Hess nos entregó las medallas en la ceremonia.

—Tengo entendido que tras la ceremonia usted pasó un rato con él. ¿Se formó alguna impresión del hombre?

—Eso fue hace algunos años, señor Churchill. Conocí a Hess en la recepción en la embajada británica. No estuve mucho tiempo con él pero diría que no me gustó.

—No le he preguntado si le gustó. Me han dicho que usted habla un perfecto alemán y que mantuvo una larga conversación con el hombre. ¿Qué opinión tiene de él?

Pensé antes de contestar; desde aquella noche, tanto tiempo atrás, yo no había pensado en lo que pasó. Después de aquello, habían sucedido cosas más importantes e interesantes.

Churchill bebió un sorbo de su vaso mientras me miraba fijamente.

—Por su forma de actuar, se podría haber pensado que estaba borracho, pero no estaba bebiendo alcohol. Llegué a la conclusión de que estaba acostumbrado a intimidar a la gente. Se hallaba con un grupo de nazis y daba la impresión de que estuviera haciendo una demostración ante los demás. Es muy difícil para mí decir si realmente me enteré de algo respecto a Hess.

—Muy bien. ¿Lo reconocería si lo viera ahora?

—Sí, señor. Nunca lo olvidaré.

—Bien. Eso puede ser muy valioso para mí. Como es posible que usted sepa, Herr Hess ha adquirido cierta notoriedad en las últimas semanas.

No tenía la menor idea de a qué se refería Churchill con su último comentario. Aparentemente, la noticia de la sensacional llegada de Hess a Escocia había sido superada por los acontecimientos. Cuando supe que Alemania estaba tratando de negociar la paz, me había quedado pasmado, pero después de la primera aparición de la noticia en los periódicos, éstos habían dejado el tema y Hess nunca era mencionado en la radio. Lo había comentado con los otros pacientes del hospital de convalecientes, pero ninguno de ellos sabía más que yo sobre el tema.

Churchill dejó el vaso sobre el escritorio, cogió la estilográfica y volvió a sus papeles. Esperé unos segundos pero una vez más estuvo claro que él había terminado conmigo. Abrí la puerta y volví a la oficina. Una de las secretarias me estaba esperando y me entregó una carpeta que contenía varias hojas y una tarjeta de identificación. Me explicó el contenido de cada documento, me indicó dónde debía firmar y cuándo se suponía que debía mostrarlos.

Unos minutos más tarde, otra vez con el jefe de escuadrilla Dodman y el señor Strathy, volvimos al coche que esperaba fuera de la casa, en el camino de gravilla. La chófer del servicio femenino estaba dormida, echada incómodamente sobre el volante.

15

Mientras nos alejábamos de Berlín, Joe estaba tenso y callado. Miraba el espejo retrovisor continuamente y se movía nervioso cuando algún vehículo nos adelantaba. Por descontado, le pregunté a qué se debía aquello. Pero, al igual que antes, no me respondió.

Habíamos dejado atrás la extensa zona suburbana de la ciudad y circulábamos por la autopista a través de la oscura campiña cuando oí unos golpes apagados en la parte trasera de la furgoneta. Me parecía que se trataba de algún problema mecánico, pero él hizo caso omiso del ruido.